Los nuevos Chucky no utilizan pilas

POR Opera Mundi
Son narcisistas, carecen de lazos afectivos y no comprenden el dolor. Son niños que asesinan sin un motivo específico, denominados por los estudiosos de la mente como “psicópatas novatos”

Desde hace mucho tiempo el crimen también es cosa de niños. En 1979, Brenda Spencer, de 16 años, recibió un rifle como regalo de cumpleaños. Lo utilizó para disparar a varios niños de un kínder cercano a su casa en San Diego, California. Hirió a nueve y mató a dos. Cuando un reportero preguntó por qué, ella respondió: “No me gustan los lunes, son muy aburridos”.
En 1993, dos cuerpos fueron hallados en un camino de tierra del condado Ellis, Texas. Uno era masculino, el otro femenino. El primero, de 14 años, había recibido varios tiros; el de la joven de 13 años estaba desnudo, violado y desmembrado. La cabeza y las manos nunca fueron halladas. El asesino resultó ser Jason Massey, quien un día decidió que sería el peor asesino en serie que hubiera caminado por Texas. Gozaba torturando animales y reverenciaba a ángeles caídos como Ted Bundy, Charles Manson y Henry Lee Lucas. Tenía nueve años cuando sacrificó por primera vez a un gato. Serían docenas con el correr del tiempo, además de seis vacas. Tenía consigo una enorme lista de víctimas potenciales y sus diarios rebosaban de fantasías de violación, tortura e incluso canibalismo de mujeres adolescentes. Massey era un solitario que creía servir a un “amo” que le otorgaba poder y sabiduría.
Jeffrey Bailey, Jr., de nueve años, empujó a su amiguito de tres en la parte más profunda de la cisterna de un hotel de Florida en 1986. Deseaba ver morir ahogado a alguien. Cuando el niño se hundió hasta el fondo, Jeffrey se acercó una silla para ver mejor. Al terminar la exhibición, Jeffrey regresó a casa. Al ser interrogado, no mostró ningún remordimiento. En cuanto a su crimen, éste le era indiferente. ¿Continuamos? La lista es más grande que la de los víveres del mercado.
Psicópatas novatos

Todos estos niños tenían como denominador común un carácter perturbado. Carecían del sentido de moralidad y menospreciaban al resto de los seres humanos. Asimismo, los incidentes descritos párrafos arriba muestran que la psicopatía cabalga en corceles veloces y que no es una manifestación exclusiva de los adultos. De hecho, estos niños son considerados como “psicópatas novatos”, los cuales se vuelven más peligrosos conforme pasan los años. No siempre se transforman en criminales, aunque lo que sí es seguro es que aprenderán a ser manipuladores y buscarán explotar a otros en beneficio propio. Generalmente se cree que por algún motivo no han desarrollado lazos afectivos que les permitan comprender el dolor ajeno. Lo que han construido son rasgos de arrogancia, deshonestidad, narcisismo e insensibilidad.
De acuerdo con el teórico canadiense David Lykken, los psicópatas son harina de otro costal . Difieren en temperamento con los otros niños y muestran una gran propensión a la delincuencia. Tras analizar durante varios años las estadísticas arrojadas por la criminalidad juvenil, Lykken llegó a la conclusión de que sólo unos cuantos niños con tendencias antisociales nacieron con dicha predisposición. Son audaces y poseen un débil sistema de inhibición. Lykken argumenta que la mayoría de las conductas antisociales en los niños es causada por una ausencia total o por una pobre presencia del padre, así como madres inadecuadas que fracasan en el proceso de socialización de sus hijos. El teórico denomina a estos niños sociópatas y cree que el número de ellos puede decrecer si se crean mejores condiciones sociales. El especialista reconoce los estudios que apoyan el punto de vista de que la criminalidad presenta un factor hereditario sustancial, pero también considera que factores como la audacia y la agresión, elementos presentes en las conductas antisociales, pueden ser canalizados apropiadamente hacia mejores causas. Es a los padres a quienes corresponde hacer esto último, pero cuando fallan, los niños con propensiones antisociales expresan su disgusto mediante la violencia.

Antes de que se marcharan

Para una mejor determinación sobre si los psicópatas nacen o si son producto de un ambiente familiar enfermo, nada mejor que apoyarnos en el caso de uno de los gentiles caballeros del terror británico, el arrogante Dennis Nilsen.
Nilsen, quien inhumó clandestinamente en la duela de su casa a 15 de sus invitados, había hecho progresos en su modo de operar. Cuando los amigos dormían o quedaban inconscientes por los humos del alcohol, simple y sencillamente los estrangulaba. Nunca tuvo sentimientos de odio o agresión hacia ellos, e incluso en ocasiones llegó a pensar que los estaba ayudando. Al describir a la policía cómo había asesinado a sus víctimas y escondido los cuerpos en armarios y debajo del piso, no mostró en ningún momento algo parecido al remordimiento. Su confesión fue hecha sin asomo de emoción.
Nilsen nació en Fraserburgh, Escocia, el 23 de noviembre de 1945, fue hijo de Betty y Olav Nilsen, quienes integraron un matrimonio repleto de conflictos y que finalmente terminó siete años después de haberse jurado amor eterno. Betty y Dennis fueron a vivir a casa de los abuelos maternos. Dennis nunca mostró furia o crueldad hacia los animales o hacia las personas, ni cualquier tipo de agresividad típicamente asociada con los desórdenes de conducta de los niños que con el paso del tiempo se convierten en asesinos. De hecho, a Nilsen le horrorizaban las crueldades que atestiguaba en otros.
Creció como un solitario, rechazando la sobreprotección maternal. Pronto comenzó a vivir solo y fue de un amante a otro. Tuvo una relación más o menos duradera con uno de sus novios pero, cuando todo indicaba que las cosas iban por buen camino, el amante se marchó. Un año después, los crímenes comenzaron. Dennis, entonces de 33 años, conoció a un joven en un pub y lo invitó a su departamento. Bebieron un rato y terminaron en la cama. Al despertar, Nilsen se dio cuenta que su amigo estaba a punto de irse. La idea de la soledad lo incomodó y decidió estrangular a su compañero ocasional. Pensó que el cuerpo era bello y primero lo escondió debajo de la cama y después bajo la duela. No experimentó remordimiento por lo que había hecho. No actuó con odio o agresividad. Incluso se bañó en la misma agua que había utilizado para lavar el cadáver.
El patrón se repitió hasta que fue aprehendido después de tapar el caño con restos de carne humana. Incluso tras las rejas daba la impresión de no tener idea de la enormidad de los crímenes que había cometido.
En el caso de Nilsen pueden destacarse algunas particularidades: un hombre que subestima toda vida humana, incluyendo la propia, que reacciona sin furia ni desesperación. También, ausencia de pesar por las víctimas, es decir, los actos no fueron consecuencia de una emoción fuerte.
Locura sin delirio

En 1941, Hervey Cleckley publicó The Mask of Sanity, una obra que se aproxima por vez primera al fenómeno de la psicopatía. En ese libro el autor expone una historia breve del concepto.
Hace dos siglos, un médico francés tuvo entre manos un caso que desafiaba las categorías hasta ese momento conocidas. El paciente carecía de remordimientos o de restricción personal. Fue clasificado como manie sans delire (locura sin delirio). Fue un intento primitivo por comprender la psicopatía. Más tarde ese comportamiento sería denominado insanidad moral, es decir, capacidad de razonamiento a pesar de existir la presencia de una enfermedad mental.
El siglo XX amaneció con una nueva denominación para estos casos, “inferioridad psicopática constitucional”, concepto que aunque pareciera guardar una relación estrecha con el gobierno federal mexicano, más bien se refiere a la “desviación y defectos físicos y mentales”. Poco después, el daño cerebral y las condiciones fisiológicas fueron separadas; no obstante, un ostensible cuerpo de problemas quedó pendiente. Por ello, el siguiente paso fue remover la palabra “constitucional” de la clasificación, legando a la posteridad el término “personalidad psicopática”. Para el porcentaje de personas no psicóticas o psiconeuróticas, pero que son capaces de llevar una vida normal y que causan daños a la comunidad, se eligió el denominador psicópata. Todo esto se modificaría con la aportación de un investigador apellidado Cleckley.
Personalidad antisocial

Con la experiencia de haber trabajado en 16 clínicas para enfermos mentales, Cleckley describió a los psicópatas como manipuladores, irresponsables, autocentrados, carentes de empatía o ansiedad y proclives a cometer más variedad de crímenes que otros delincuentes. También son más violentos, más propensos a reincidir y con menor esperanza a que respondan a un tratamiento. Pese a su contribución, la conceptualización de Cleckley todavía dejaba algunas cosas fuera de la canasta.
En 1952, en la nomenclatura psiquiátrica, la palabra “psicópata” fue reemplazada oficialmente por “personalidad sociopática”, y posteriormente dicha etiquetación ingresó a las categorías comprendidas en los “desórdenes de personalidad”. Fue en la segunda edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-II)/ Manual de diagnosis y estadísticas de los desórdenes mentales, en 1968, que la “personalidad sociopática” fue incluida dentro de los “desórdenes de personalidad de tipo antisocial”.
La publicación (actualizada en los años ochenta) del DSM-III introdujo una lista de criterios explícitos para la psicopatía como un Desorden de Personalidad Antisocial. De acuerdo con el DSM-III, el Desorden de Personalidad Antisocial se distingue por las siguientes características:
A. Un patrón profundo proclive a omitir o violar los derechos de otros, que se presenta desde los 15 años, y que es indicado por tres (o más) de los siguientes puntos:
  1. Fracaso para conformar normas sociales con respecto a las conductas legales, indicado por actuaciones reiterativas que conducen al arresto;
  2. Falseamientos, indicados por la reiteración de mentiras, utilización de alias, o para aprovecharse de otros para beneficio o placer personal;
  3. Impulsividad o fracaso para llevar adelante los planes;
  4. Irritabilidad y agresividad, indicado por ataques o asaltos físicos reiterativos;
  5. Hacer caso omiso de la seguridad propia o la de otros;
  6. Irresponsabilidad consistente, indicada por fracasos repetidos para sostener una conducta laboral u obligaciones financieras honorables;
  7. Carencia de remordimientos, indicada por la indiferencia ante el dolor, el maltrato o el robo de otros.
Una última acotación:
B. La ocurrencia de conductas antisociales no se presenta exclusivamente durante el curso de la esquizofrenia o de episodios maniacos.