Terry Gilliam: la locura como salvación

POR Andrea Mireille
 El director estadounidense –británico por convicción— visitó el Distrito Federal o, más específicamente, las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, para hablar de sus cintas y obsesiones con un público que, a diferencia de él, sí estudia cine
Para llegar a la charla con Terry Gilliam en el Centro Cultural Universitario tuve que sortear tantas complicaciones como él para filmar sus películas: cruzar la ciudad en hora pico, enfrentar la lentitud del transporte y el hecho de que todos ignoraban cuando les preguntaba acerca de la cátedra Ingmar Bergman. Cuando finalmente llegué, una larga fila de universitarios madrugadores abarrotaba la entrada del teatro Juan Ruiz de Alarcón. En el interior, la imagen se repetía; la sala estaba casi llena, así que de inmediato busqué un asiento “decente”, en el que mi estatura no fuera un obstáculo para ver. Después de peinar la zona decidí sentarme en la hilera de en medio, pero, como en los mejores eventos la segregación no puede faltar, dicho espacio estaba prohibido para los mortales; afortunadamente encontré lugar en la primera fila. Para matar el tiempo, me concentré en las pláticas de los “expertos” en el cine de este ex miembro de la Monty Python, así como en las estrategias a las que algunos recurrían para acercarse y tomarse la foto para el Facebook.
Los tiempos de Monty Python

La gente se rindió a Gilliam mucho antes de que siquiera pisara el teatro, pues previo a su presentación se proyectó su película más reciente, Imaginario del Doctor Parnassus, una deliciosa fábula sobre el poder de la imaginación, que cuenta con la presencia de actores como Johnny Depp, Christopher Plummer y Tom Waits, éste último en una soberbia interpretación del Diablo, la cual, de acuerdo con el realizador, es una mezcla de de La Strada (Fellini/1954) y El séptimo sello (Bergman/1957). Al terminar la película, la excitación del auditorio creció. Cuando el director apareció por el lado izquierdo del escenario, vistiendo una túnica estilo Obi Wan Kenobi, los aplausos, gritos y chiflidos se desbordaron.
Americano de nacimiento e inglés por convicción, Terence Vance Gilliam es un hombre alto, carismático y desfachatado. Su presencia incita al alboroto, al ser un viejo espontáneo y desmadroso: posee un humor corrosivo y la energía de un adolescente; gesticula, grita y es incapaz de permanecer quieto: por si fuera poco, su sencillez y honestidad son abrumadoras: más de una vez contestó  con un “no sé” o “lo olvidé”.
Durante casi dos horas habló acerca de sus experiencias en Monthy Phyton y los momentos de  tensión entre sus integrantes (Graham Chapman, John Cleese, Eric Idle, Terry Jones, Michael Palin y Gilliam) cuando intercambiaban acusaciones sobre si uno pertenecía a la derecha o a la izquierda. Pero también hubo buenos tiempos: “Fuimos muy egoístas, tratábamos de hacernos reír unos a otros, admirábamos nuestros talentos y había un sentimiento de que queríamos ir más allá de los límites; queríamos impactar a la audiencia, también aprendimos de nuestros errores”.
Al referirse a sus películas y a su carencia de un proceso creativo metódico, Gilliam afirmó que no es necesario el uso de sustancias para crear: “Tal vez pueda resultar un poco aburrido, pero de hecho soy una persona libre de drogas; cuando hacía cosas para Python, la gente pensaba que usaba drogas, pero realmente estaba trabajando mucho tiempo y eran los papeles en mi escritorio los que se movían solos a las tres de la mañana. Yo no los tocaba, ellos se movían a los lugares correctos. Es igual con lo demás: en realidad no tengo ningún tipo de orden en nada, las ideas vienen a mí sin ningún patrón”.
Cuando se trata de filmar, el director asegura no querer actuar como dictador, pero no siempre lo logra: “En el set no quiero verme como un fascista, pero muchas veces termino siéndolo; mientras se maneje todo con respeto puedes terminar odiando al equipo, tanto actores como a la producción. No necesito mucho tiempo para saber en dónde quiero colocar la cámara, el problema es cuando los actores me obligan a cambiarla (…); he tenido mucha suerte porque, a diferencia de ustedes, yo no estudié cine. La forma en que define a una película es muestra de que, pese a que uno ama lo que hace, no se está exento de tribulaciones; “la película se crea a sí misma; la película es dios y es un dios implacable, brutal. Arrastra a todos hasta que está hecha. Cuando finalmente lo está soy liberado de su cautiverio y siempre digo que no volveré a creer en esa diosa.”
La posibilidad de redención
Tan caóticas como su creador, las obras de Gilliam están llenas de elementos absurdos y surrealistas. Ficción y realidad se confunden para mostrar la condición humana y lo absurdo de ésta; locura e imaginación se revelan como elementos de salvación para escapar de un mundo hostil (Tideland, Pescador de ilusiones, Imaginario del Doctor Parnassus), todo sin perder el espíritu contestatario que lo caracteriza, pues al interior de sus películas hay parodias y críticas feroces a aquello que representa autoridad o solemnidad (Brazil, 12 monos, Miedo y asco en las Vegas).
Pese a la fantasía y extravagancia que poseen sus protagonistas –o precisamente por ello— resultan profundamente humanos. Los personajes del peculiar universo de Gilliam son entrañables, porque cualquiera puede identificarse con ellos: todos cometen errores y deben lidiar con las consecuencias hasta el final. Sin embargo, siempre existe la posibilidad de redimirse. Nadie lo sabe mejor que Terry, pues ante las numerosas  dificultades que han tenido algunos de sus rodajes –costos elevados, críticas, la muerte de su protagonista—, nada lo ha detenido para seguir adelante con espíritu imbatible. La única deuda que tiene es con el Quijote, pero incluso de ese chasco ha salido el documental Lost In La Mancha, que muestra detalladamente las razones del fracaso de la filmación.
Al término del acto en el Centro Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, una avalancha de Fans From Hell se abalanzó al escenario con películas, y papeles en mano para que su ídolo los firmara; él rayoneó lo que pudo. De repente, la seguridad del teatro prácticamente lo secuestró y desapareció, así, sin más.
A la salida se veían rostros satisfechos, felices, incluso los que no pudieron entrar lucían radiantes y hablaban de que apenas podían creer que lo ocurrido hubiera sido real. La mejor respuesta para eso la da el mismo Terry Gilliam: “La realidad es más impresionante que cualquier estimulante y lo absurdo del mundo es mucho más interesante que sus horrores”.