Vargas Llosa y Pacheco en la UNAM

POR Alfredo C. Villeda


uando el fusilero escucha “Vargas Llosa” siempre evoca el título del legendario álbum que Deep Purple grabó en 1974, Stormbringer, que en una justa adaptación debería leerse como “ave de tempestades”. No hay una sola visita del novelista a México que no genere polémica y, para fortuna de los periodiqueros, nota, desde aquel coloquio organizado por Octavio Paz a principios de los años 90, cuando el peruano habló de la dictadura perfecta.
Diez años después volvió y no ocultó su simpatía con la candidatura presidencial de Vicente Fox, con quien se entrevistó de motu proprio y la foto se desplegó en la mayoría de primeras planas. Al día siguiente, el equipo de campaña del priista Francisco Labastida se movilizó, junto con el gobierno federal, para procurar una cita con el escritor. Vargas Llosa accedió y la instantánea del encuentro, pagada por el PRI, alcanzó algunas portadas. Al término de esa reunión, el narrador ratificó su apoyo al panista.
Estos días está en México para recibir su doctorado honoris causa en el centenario de la UNAM, donde ayer, en la sala Nezahualcóyotl, fue enterado por Sealtiel Alatriste de que también ha sido elegido como Premio Alfonso Reyes. Apenas minutos antes había respondido que Paz, José Emilio Pacheco y el ensayista regiomontano son sus autores mexicanos favoritos. Paz por su universalidad, Pacheco por darle sus primeros nortes sobre la literatura mexicana.
Si en 2002, cuando vino a promover La fiesta del Chivo, habló de la disciplina del escritor como fórmula del éxito, salvo genios como Julio Cortázar, ahora evocó el esfuerzo de Flaubert para dejar atrás sus obras de novato, limitadas, y los escasos ejemplos, extraordinarios, de un gran autor nato desde su juventud, como Arthur Rimbaud. Si hace ocho años contó cómo fue que logró aportar humor a sus obras, a partir de Pantaleón y las visitadoras, esta vez hizo énfasis en esos personajes oscuros, siniestros, que están detrás de todo dictador, al hablar de Conversación en la Catedral.
Y antes, hace algunos años, ya sabemos, se había peleado literal y literariamente con Gabriel García Márquez. Y hace poco con Hugo Chávez Frías. Pero ayer Sealtiel Alatriste ayudó en primer lugar a que los universitarios escucharan al invitado, y que éste se limitara al tema literario. Sin oportunidad de preguntas del auditorio, no hubo espacio para el “ave de tempestades”.
Caso distinto al de Pacheco, quien antes conversó con Ignacio Solares. Pacheco estaba de buen humor, bateó toda pregunta que consideró “abstracta”, pero no se echó para atrás al hablar de la violencia. Dijo que es el tema mexicano que más debe llamar la atención para un escritor ahora, aunque él se desmarcó, pero sí declaró que la guerra contra el narcotráfico está perdida y, con el “temor” de que lo vayan a acusar de “pervertidor” de los universitarios, propuso la legalización de las drogas como primer paso para combatir la inseguridad.
Contra lo que algunos curiosos asistentes pudieran pensar, Pacheco no quiso responder cuando se le preguntó, por ejemplo, de la trascendencia, y dijo que él es afecto a los asuntos “prácticos”. Como lo hizo más tarde Vargas Llosa, el poeta evocó a Borges y sobre la versión roquera de Las batallas en el desierto, de Café Tacvba, se manifestó agradecido, porque “tuvo muchos lectores la novela después de la canción”. Al final se dio tiempo para corregir a Solares, quien quería leer poemas del maestro en lugar de dejarlo hablar, y equiparó el exotismo playero mexicano con el exotismo glaciar de Canadá, presente en algún poema de antaño.
El viernes, dos Premios Cervantes en la UNAM.