Beso

POR Óscar Garduño Nájera
Vuelvo otra vez a tu incondicional amiga la lengua, pues es esta la que baila un danzón para que tu esencia quede traspasada en una perpetuidad juguetona; una vez que los pasos de allá para acá en medio del paladar anuncian el inicio de la fiesta, construyes puentes que vienen a unir la circulación de dos bocas entreabiertas
A través de la tensa humedad de tu cuerpo reconozco tu duración (en un tiempo por demás enigmático) y entre más te empeñas en nadar sobre saliva, más me llega la certeza que sólo tus olas provocan: el desequilibro de los sentidos y las emociones. Podrías andar por ahí con tus pasos pintados de bilé, o agazapado debajo de barbas y bigotes, sin embargo, prefieres alzar la frente arropado con suspiros y deseos.
Costumbre es que se te exhiba en lugares públicos y tiernas parejas hacen contigo un banquete que únicamente el entusiasmo amoroso provoca. Repentinamente cambias de humores y de geografías y apareces, empujado por las prisas, en medio de cualquier cama, compartiendo tu calor con la desnudez de hombres y mujeres fieles de ti, pues acaso te constituyes como una tímida deidad que acecha en los bolsillos de quien tiene su primera cita.
Como tantas otras cosas, ignoro los misterios que se ocultan tras de ti y admiro a los que sin pudor alguno te muestran en medio de la oscuridad tenebrosa de cientos y cientos de labios que aún carecen de tus ensueños, que aún sienten envidia cuando te ven entre los demás y llegan a proferir insultos o sentirse ofendidos por supuestas faltas a una moral que harían bien en tirar al fondo del mar.
Te sabes vestir con mil prendas distintas y en ocasiones una terca lengua viene a dar el último toque a ese atuendo tuyo tan antiguo, como cuando pernoctaste en los labios de un caballero de nombre Judas para simbolizar la traición.
Infinidad de adjetivos (beso francés, beso seco, etc.) te han puesto e incluso te otorgan beneficios, como que estimulas la parte del cerebro que libera oxitocina en el flujo sanguíneo, creando una sensación de bienestar tanto en el besado  como en el que besa.
Vuelvo otra vez a tu incondicional amiga la lengua, pues es esta la que baila un danzón para que tu esencia quede traspasada en una perpetuidad juguetona; posteriormente, una vez que los pasos de allá para acá en medio del paladar anuncian el inicio de la fiesta, construyes puentes que vienen a unir la circulación de dos bocas entreabiertas.
Conozco hombres que te buscan sin parar en las primeras citas y se desesperan cuando regresan a casa con los labios vacíos, acaso ignorando que mientras más larga sea la espera, mejor recompensa les habrás de otorgar (porque en esto de las recompensas eres experto). También sé de mujeres ingratas que sin más te obsequian a cuantos labios encuentran abiertos, como quien obsequia palomas que huyen en cuanto se abren las manos, palomas con alas de arena que sepultan los tantos y tantos olvidos que en tu nombre se pronuncian, pues tras aparecer por primera ocasión, una vez que dos bocas se enfrentan, tejes pacientemente victorias o fracasos.
Tengo presente una anécdota en la que Efraín Huerta le pidió, con todo y el cáncer maldito que ya para entonces lo aquejaba, permiso a un amigo para que tú mediaras entre su bella esposa y él. Y cuando mi amigo lo consultó con su esposa, esta dijo que sí, y en las penumbras moribundas del poeta, nuestro cocodrilo, apareciste tú, brillante, tan sólo para dejarle en la memoria resquicios de lo que pronto habría de dejar acá, entre los vivos, pues bien sabido es que los muertos no se pueden besar.
Prefiero recurrir a ti sin prisas y con el respeto y las reverencias que te mereces. No miento si digo que alrededor tuyo he dado saltitos de alegría, aunque también he dejado caer una que otra lagrimita cuando huías en los labios de una mujer que me decía adiós, cuando te extraviaste durante varios meses, hasta aparecer en otra, con lo que nuevamente llegaba a mí la alegría (y los saltitos).
Horroroso y detestable cuando, tras una larga espera, tras sacrificar todo lo que se tiene con la ilusión en los huesos de la mirada, apareces tú para tender una toalla y tomar el sol de una sonrojada mejilla (¡estúpida mejilla!). He de confesarte que cuando haces eso, cuando te apoderas de las emociones ajenas como si por dueño sólo te tuvieran a ti, sinceramente te odio, como lo hago cuando entras de puntitas en las salas de urgencia de los hospitales y sin dar tregua a nada apareces entre las camas de hombres y mujeres que no alcanzarán a ver la luz del día siguiente, cuando los familiares se despiden por última ocasión del enfermo y te plantan a ti en una cuarteada frente. O cuando apareces luego de un adiós para burlarte, con tantas lenguas de fuera, de los que de manera ingenua buscan inmortalizarte, mientras dos miradas se amarran para reinventar el mundo por última vez. Entonces, amigo, te odio con la mitad del odio que conservo para mí, porque cosechas el silencio entre los hombres y las mujeres, porque las alegrías y las tristezas son tu firma por excelencia. Sin embargo, en ocasiones cierro los ojos al amparo de la noche y hasta mí llega un rumor con tu aroma, tan sólo para comprender que tú realizas el mejor de los milagros de estar vivo y que una vez que apareces nada más se puede pedir (mejor aún: se puede pedir una vez que apareces).