David Berkowitz: el retorno de los brujos

POR Opera Mundi
En 1976, un hombre comenzó una serie de ataques a parejas en calles solitarias de Nueva York. Al ser detenido, El Hijo de Sam declaró que un perro le ordenaba asesinar. Investigaciones ulteriores han sembrado la duda de si las agresiones fueron realizadas por un solo individuo o todo fue parte de una conjura
La pesadilla comenzó la madrugada del 29 de julio de 1976, cuando un hombre extrajo un revólver calibre .44 de una bolsa de papel de estraza y abrió fuego en contra de un Oldsmobile ocupado por dos adolescentes que estaban estacionados en una calle residencial de Nueva York. Una de las jóvenes fue gravemente herida, la otra, Donna Lauria, de 18 años, murió instantáneamente. Por ser la urbe de hierro una de las ciudades con mayor índice de criminalidad en el mundo, el suceso pasó casi desapercibido en los periódicos del día siguiente. Sin embargo, siete meses, cuatro ataques y dos muertes después, la indiferencia había dado paso a la cacería policiaca más grande de la que se tenga memoria en la historia de Nueva York. Trescientos oficiales fueron asignados al caso, pero la juventud neoyorquina (la víctima de mayor edad apenas contaba con 26 años) continuaba aterrorizada por El Hijo de Sam, una especie de fantasma armado que deambulaba por las noches buscando apoderarse de los encabezados de los principales rotativos de Estados Unidos.
El terror se convirtió en histeria cuando El Hijo de Sam envió una carta al New York Daily News con el siguiente mensaje: “Continúo aquí, como un espíritu que merodea en la noche, sediento, hambriento”. Por alguna extraña razón aún no dilucidada, el asesino prefería a las jóvenes de cabello largo y castaño, por lo que cientos de muchachas optaron por cortarse el pelo, al tiempo que las pelucas rubias se vendieron como pan caliente. Asimismo, al momento en que el Departamento de Policía de Nueva York dio a conocer que el asesino utilizaba un Volkswagen de color amarillo, decenas de grupos de vigilantes intentaron hacerse justicia por su propia mano, atacando a un sinnúmero de personas inocentes.
Fiebre de sábado por la noche
Fueron tiempos aciagos en la gran manzana, aderezados con las voces de ardilla de los Bee Gees y sus canciones Saturday Night Fever (Fiebre de sábado por la noche) y Stayin´ Alive (Continúo vivo), dos títulos por demás irónicos para el terror que se sentía en la ciudad que nunca duerme, donde asistir a cualquiera de las discos de Queens, Brooklyn o del Bronx significaba algo más que quedarse la noche sin bailar. Para el verano de 1977, Nueva York estaba sitiada y el número de víctimas ascendía a seis muertos y siete heridos.
En agosto de 1977 finalmente la policía arrestó a David Berkowitz, un empleado postal de 24 años. En un intento por demostrar que no estaba en pleno uso de sus facultades mentales, el sospechoso declaró que su vecino, Sam Carr, tenía un perro que le ordenó asesinar. Con Berkowitz tras las rejas, la ciudad salió a celebrar en las calles, la investigación se cerró y el Departamento de Policía de Nueva York lanzó las campanas al vuelo, otorgando distinciones a los oficiales que estuvieron en el caso y aceptando sin dilación las declaraciones de David Berkowitz de que sólo él accionó el gatillo en los homicidios. Sin embargo, ahora que han transcurrido varios lustros del verano negro de Nueva York, las cosas no están aclaradas del todo y quizá El Hijo de Sam no sólo era David Berkowitz y el arresto de éste fue lo más conveniente frente a tres factores: una mayor concurrencia a las urnas para lo políticos, quienes buscaban reelegirse y a los que urgía se resolviera el caso; un culto abominable al que pertenecía Berkowitz, y que mantenía conexiones en altos niveles sociales; y la determinación de las autoridades judiciales por proteger la imagen del Departamento de Policía de Nueva York, que ignoró fuertes evidencias de complicidad en los tiroteos.
¿Asesino solitario?
En el caso que nos ocupa, el aforismo del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, “sólo donde hay sepulcros, hay resurrecciones”, adquiere una resonancia espectral, cuando una investigación policiaca en la ciudad natal de Berkowitz, Yonkers, en el condado Westchester, concluyó en 1998 que El Hijo de Sam decía la verdad cuando en alguna ocasión dijo que él no había sido el único asesino. Berkowitz, quien por muchos años rehusó a hablar de los horrores sucedidos a finales de los años 70, aduce que él fue parte de un culto satánico sofisticado que se reunía regularmente en Yonkers, a aproximadamente 15 kilómetros de Manhattan. Sostiene que fueron los miembros del grupo, incluyendo a él, quienes planearon y llevaron a cabo los ataques, y que él fue elegido por sus colegas para declararse un asesino solitario y peligroso. Sus declaraciones se sustentan en un volumen considerable de evidencias, así como por la División Especial de Investigaciones del Departamento de Policía de Yonkers, que reabrió el caso en 1996. ¿Cuáles son los objetivos de esa reapertura? Determinar si Berkowitz fue parte de una conspiración, investigar si existen crímenes vinculados al caso y descubrir si la presunta agrupación continúa activa.
Culto satánico
A mediados de 1998, la investigación en Yonkers llegó a una conclusión ominosa: hay evidencias de que Berkowitz fue asistido por otros en su conspiración. La investigación también determinó que, mientras que varios de los sospechosos han muerto y otros permanecen en el área de Nueva York, la mayoría de los autores intelectuales de la operación –que básicamente permanece intacta– se reubicó en diferentes localidades de Estados Unidos poco después de la captura de Berkowitz.
Aunque un gran hermetismo ha rodeado la reapertura del caso Berkowitz, se sabe que la lumbre llega hasta los aparejos de miembros plenamente identificados de un culto satánico originado en Inglaterra –la Iglesia del Proceso del Juicio Final–, la cual se estableció en Estados Unidos en 1967. Las fuentes dicen que el Departamento de Policía de Yonkers ha recomendado a la oficina del fiscal del distrito del condado de Westchester que se plantee la conveniencia de promover un gran jurado. A partir de entonces, por lo menos cinco personas contrataron abogados en busca de inmunidad.
Conforme la evaluación de Yonkers avanzó, el ex fiscal de distrito de Queens, Nueva York, John Santucci, desempolvó sus archivos, pues fue en su jurisdicción donde ocurrieron cinco de los violentos ataques de El Hijo de Sam. En 1979, Santucci había reabierto el caso y, en 1981, anunció: “Creo que Berkowitz no actuó solo y que otros cooperaron en la comisión de esos crímenes.” Santucci no pudo llevar el caso ante un gran jurado, principalmente porque dos de los sospechosos murieron y porque los papeles específicos de otros no fueron determinados. Bajo las leyes de Nueva York, la inmunidad es otorgada a cualquiera que testifique ante un gran jurado, y Santucci temía que alguno de los asesinos obtuviera beneficios por sus declaraciones.
Las nuevas investigaciones en Yonkers han identificado más sospechosos posibles de los que en un principio Santucci descubrió; muchos de estos sospechosos fueron actores principales en los tiroteos de Nueva York y aún están vivos.
El horror
David Berkowitz purga condena en la Sullivan Correctional Facility de Nueva York y siempre ha mostrado renuencia para hablar de lo que él simplemente llama “ese horror”. Hace pocos años “renació” en el cristianismo, asiste en sus actividades al capellán de la prisión y celebra misas por correo. Dentro de la prisión se le considera un modelo de buena conducta, un hombre tranquilo, tímido, con un sentido del humor agrio y que busca estar bien con el resto de sus compañeros de confinamiento.
En una entrevista publicada en la revista Gear. The New Magazine For Men, correspondiente al bimestre noviembre/diciembre de 1998, quizá al sentir nostalgia por aquellos tiempos en los que su actuación ocupó los titulares de los periódicos principales de Estados Unidos, El Hijo de Sam dijo algunas palabras al periodista Maury Terry: “Yo hice dos de los tiroteos en el Bronx. Hubo tres muertos y fue terrible. Estuve en otros escenarios como observador. No estoy seguro por qué pensaban que era necesario que una persona más los respaldara. Aquellos retratos que la policía hizo [una amplia variedad de rostros diferentes del asesino] eran señal de que algo no estaba bien. Después, todo mundo pareció olvidar eso y se dejaron caer en el tobogán.”
¿Qué sucedió en realidad con la historia completa de uno de los criminales más notorios de la historia moderna de Estados Unidos y cuál es el significado de los hallazgos recientes?
La investigación se reabrió en la primavera de 1996, alentada por la muerte de un hombre de negocios prominente de Nueva York y por un puñado de retratos hablados hechos 20 años atrás por dibujantes de la policía hallado en un paraje desolado del bosque de Untermyer Park al noreste de Yonkers, a menos de un kilómetro del departamento donde Berkowitz fue capturado.
Violencia, misión divina
La Iglesia de la Procesión nació en 1963 en Londres como un “culto terapéutico”, después de que sus líderes rompieron con la Iglesia de la Cienciología. Contrariamente a lo que muchos creen acerca de los individuos que se integran las sectas, los fundadores de la Iglesia del Juicio Final no eran parias de la sociedad: eran jóvenes, profesionistas inteligentes que compartían un punto de vista singular del mundo. Rezaban a tres dioses –Lucifer, Jehová y Satán–, argumentando, con una buena tajada de aberración, que Satán era el agente de Cristo en la Tierra y que al reverenciarlo se honraba a Cristo. El mensaje oscuro de la Iglesia de la Procesión, como lo ilustraban sus propios documentos y publicaciones, era la sangre, las entrañas y la perversión. Leían el Libro de las revelaciones e interpretaron que el caos y la violencia de los “días finales” conducirían al mundo a su fin, a su “juicio final”, una tesis que también mencionó Charles Manson. Para la Iglesia de la Procesión, inspirar violencia y socavar a la sociedad era misiones divinas ordenadas por la Biblia. Era también una forma de racionalizar la perversión sexual y de colocar un delgado velo a actividades terroristas.
La Iglesia de la Procesión
En el otoño de 1967, más de una docena de miembros de la Iglesia de la Procesión, con sus perros mascotas alemanes Sheperd, llegó a Estados Unidos. Buscaron vincularse inmediatamente con las agrupaciones ocultistas existentes, así como reclutar personajes de la burguesía, a jóvenes y a los desclasados de las mecas de la contracultura del Greenwich Village de Nueva York, el Sunset Strip de Los Ángeles y del enclave hippie Haight-Ashbury de San Francisco, donde una ramificación de la secta residía a sólo a dos cuadras de donde Charles Manson vivía. A principios de 1968, la secta también se asentó en la zona francesa de Nueva Orleans, lugar en el que lograron arreglos con el estado de Louisiana y obtuvieron la exención de impuestos como “iglesia” ligada a lo oculto. Con el tiempo abrió capillas en Toronto, Dallas, Chicago y a la sombra de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts.
La solicitud que hizo el periodista Maury Terry de los archivos que el FBI poseía de la Iglesia de la Procesión le fue negada bajo el argumento de que contenía reportes considerados de seguridad nacional. En la misma línea de investigación, el buró mantenía archivos de la Iglesia de la Procesión junto con el del caso de Robert F. Kennedy, pues había testimonios de que el asesino Sirhan Sirhan, un ocultista, participó por lo menos en un ritual sexual de la Iglesia de la Procesión en Los Ángeles.
La conspiración

El nombre de la Procesión también salió a flote en otra investigación mayor. El fiscal de Los Ángeles, Vincent Bugliosi, llegó a mencionar que Charles Manson perteneció a esa secta a finales de los años 60. Por otro lado, y como se señaló anteriormente, la descripción hecha por el artista Billy ubicó a Ken –un  reclutador de la Iglesia de la Procesión– en el corazón del Untermyer Park con otros miembros del grupo de El Hijo de Sam, encabezados por un guía apodado Moloch, en junio de 1976; es decir, un mes previo a la masacre de la calibre .44. (El grupo había reclutado a Berkowitz, un rechazado del ejército en busca de amigos, un año antes.) Esta nueva evidencia puede añadirse al reporte del Departamento de Policía de Nueva York elaborado en 1977, en el que una mujer dijo a los detectives que vio a Berkowitz en la iglesia de la Procesión de Manhattan.
Pese a todo, aunque ha visto los retratos robot de 1976 y verificado que él era el elemento de la Iglesia de la Procesión que estuvo en Manhattan, Berkowitz no habla de otros sospechosos del caso. Su aversión a tocar el tema puede ser explicado –en parte– por un incidente en la prisión de Ática, en Búfalo, Nueva York, en 1979, donde un reo le rebanó la garganta; Berkowitz requirió 56 puntadas y fue un milagro que sobreviviera.
No obstante, la información que Berkowitz ha vertido a cuentagotas durante varios años, aunada a los nuevos hallazgos de los investigadores en Yonkers, revelan una gran cadena de evidencias de que El Hijo de Sam fue una conspiración y no sólo un individuo. Las evidencias parten desde el momento mismo de la contradictoria confesión de Berkowitz (1977) hasta las descripciones de testigos, que vieron diferentes gatilleros y vehículos en las escenas de los crímenes.