El misil sobre la gran California

POR Alfredo C. Villeda
Los estadounidenses empiezan a parecerse, a la vista de los consumidores de su industria del entretenimiento, cada vez más a los de los documentales de Moore que a los personajes de Bruce Willis, Sylvester Stallone y Kiefer Sutherland, tan aclamado este último en fechas recientes por su papel de Jack Bauer en la serie 24
No pocas veces la industria estadounidense del entretenimiento nubla la vista de sus consumidores, locales y foráneos, en materias que no son propias de ese negocio. El espectador, entonces, ama u odia esa cultura, ya sea por sus filmes, ya sea por sus series televisivas.
Pero, sobre todo, tiende a sobredimensionar las capacidades de ese país. Cuando el 11 de septiembre de 2001, pocos daban crédito a lo que veían por televisión. No porque fuera un hecho insólito el derrumbe de las Torres Gemelas, que ya se había consumado en más de una película, sino porque esta vez era real y, lo más importante, por un método que jamás se imaginó algún realizador: sus propios aviones como misiles.
Tampoco alcanzaba el razonamiento para entender que casi 24 horas después de los atentados, esa maquinaria de investigación a la que Hollywood acostumbró a las masas, con la CIA, el FBI, la DEA y todo el sistema de inteligencia y seguridad en acción, no supiera con precisión quién carajos ideó tan siniestro y letal embate.
Más aún: resultaba inconcebible que después de ver a Harrison Ford en el papel de jefe de la Casa Blanca rifándosela ante piratas aéreos, a mano limpia y a tiros en un tiempo y otro, el gran Michael Moore pusiera las cosas en su lugar, vía el documental Fahrenheit 9/11, con un George W. Bush paralizado por la noticia del ataque, sin saber qué hacer, y llevado a su superavión para permanecer escondido en la infinitud de las alturas.
Con sus múltiples errores en Irak y en otros países donde intervienen, convertidos en eufemismos como “daños colaterales”, los estadounidenses empiezan a parecerse, a la vista de los consumidores de su industria del entretenimiento, cada vez más a los de los documentales de Moore que a los personajes de Bruce Willis, Sylvester Stallone y Kiefer Sutherland, tan aclamado este último en fechas recientes por su papel de Jack Bauer en la serie 24.
Como en el 11-S, esta semana le tomó a su gran equipo de inteligencia 24 horas para reaccionar y dar una respuesta a una imagen insólita, captada por un helicóptero de noticias: un misil cruzando la costa de California. Su primera respuesta, dubitativa y escueta, era que el misil no salió de algún lanzador de sus fuerzas armadas, pero de forma contradictoria aseguraba, sin duda alguna, que no representaba amenaza para la seguridad interna. Peor aún: 24 horas después, el Pentágono intenta despejar las dudas de forma contundente y plantea que no se trataba de un misil, sino de un avión. ¿Qué avión? A saber, porque no dio un solo detalle, lo que alimenta la imaginación, el temor, la suspicacia.
Las confusiones con entes y objetos voladores no son nuevas ni pertenecen sólo a la época en que se conoció el invento de los hermanos Wright. Ya en el Cretácico planeaba el rey de las alturas, con sus 12 metros de envergadura de la punta de un ala a la otra, especie que con fina puntería fue bautizada por su descubridor como Quetzalcoatlus, un formidable reptil volador de la familia de los pterosaurios cuyos restos volvieron de un remoto pasado en el suelo de Texas.
Único en su clase, como aquel gigante del aire, es el albatros contemporáneo, a cuya singularidad cantó así Baudelaire:
¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!
Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,
otro imita, renqueando, del inválido el vuelo.
El poeta es igual… Allá arriba, en la altura,
¡qué importan flechas, rayos, tempestad desatada!
Desterrado en el mundo, concluyó la aventura:
¡Sus alas de gigante no le sirven de nada!
Pero la prehistoria y la poesía, coladas aquí porque jamás han necesitado invitación, son lo último sobre lo que especula el espectador, tan afecto, de nuevo por la industria del entretenimiento, a inventarse ovnis y expedientes X. Y no falta, en ese rejuego realidad-ficción, quien se pregunta cómo carajos se le fue un tiro a un submarino en aguas de la gran California.