El sexenio de la otra Muerte Negra

POR Alfredo C. Villeda


unca en la historia moderna había sido tan oportuno un Día de Muertos en cuanto a la coyuntura se refiere. Nunca, aun, en el sexenio de la peste, de la otra Muerte Negra. Hace apenas una semana seguían vivas las bravatas del flamante gobernador de Chihuahua, César Duarte, disparadas con ímpetu contra los secuestradores, a quienes emplazaba a liberar a sus víctimas en dos días, so pena de ser sujetos, en teoría, a la nueva ley estatal que los castiga con cadena perpetua.
Hace una semana, por cierto, tampoco acababan de desaparecer en el vértigo de la información las palabras de Luis Cárdenas Palomino, segundo al mando en la Secretaría de Seguridad Pública, quien desahuciaba al grupo armado juarense de La Línea, al que incluso confundió con cártel en la caprichosa clasificación criminal que, empero, respeta jerarquías: ahí también hay clases sociales.
Así, cuando estos desafíos no terminaban de madurar entre la expectante y atemorizada opinión pública, el crimen ejecutó a 14 en una fiesta de la ciudad fronteriza la madrugada del sábado pasado, a 13 en una granja de rehabilitación de Tijuana el domingo, a 15 afuera de un autolavado en Tepic, a cuatro los fusiló en Acapulco y a otros cuatro les quitó la vida, apenas ayer, en un bar que ultimaba detalles para su próxima inauguración en la misma Juárez.
A diferencia de todos esos casos, en Tepito la información va a contracorriente. El acuerdo entre el secretario de Seguridad Pública, Manuel Mondragón, y el procurador capitalino, Miguel Ángel Mancera, es dejar todo el asunto de la matanza de seis personas, del miércoles, a nivel de “narcomenudeo”, de “extorsión”, de “la banda de Los Perros”, como si la venta de droga a pequeña escala, el cobro de derecho de piso y las actividades de grupos delictivos de barrio no fueran de suyo graves o, peor, ajenos a las grandes ligas del tráfico de enervantes.
Pero cuando empieza a levantar vuelo la campaña 2012 del jefe, una matazón en el barrio bravo no va a empañarle la imagen, así que la orden de la oficina de la jefatura fue sin matices: nada de hablar de cárteles. Así se les atraviese en el camino una línea de investigación que pone detrás de los hechos a los Beltrán Leyva, en una historia que comienza con la muerte de El Barbas, en diciembre de 2010, y con la captura de La Barbie, hace unos meses, sucesos que dejaron hilos sueltos en el territorio de la colonia Morelos capitalina.
Una célula de ese grupo volvió para poner orden de nuevo en la plaza y comenzó el jaloneo, luego que se asentó el polvo por los golpes a esa organización criminal. En la semana hubo tres ejecuciones, dos mujeres entre las víctimas, ligadas al episodio que derivó en el ajusticiamiento de seis hombres, todos con antecedentes por drogas y robo, según los expedientes que ayer dio a conocer la fiscalía. Pero hay que apuntar que no sólo una de las líneas de investigación se enfila hacia los Beltrán Leyva, sino que el mapa del narcotráfico del Senado, dado a conocer en fechas recientes, puntualiza que el Distrito Federal es la única zona del país en la que operan todos los cárteles de la droga.
Cada vez con más capacidad de asombro, los mexicanos han visto al paso de siete días cómo aún pueden arquear la ceja con la nota roja. Ya no sólo se trata de marcas de ejecuciones, de récord de decapitados o de salvajismo. Ahora el crimen recurre a la cifra de víctimas por episodio para dejar su mensaje. Este virus primitivo se esparce como la peste en el reportaje fundacional del gran Daniel Defoe, en la obra homómina de Albert Camus o en la novela Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar. En el sexenio de la peste. En el sexenio de la otra Muerte Negra. En plena conmemoración del Día de Muertos.