Femenina mirada (aproximaciones)

POR Óscar Garduño Nájera
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Ignoro por qué me atrae tanto la mirada de una mujer y siempre descubro ahí algo nuevo, como un chispazo que viene a proporcionar un poco de certeza al camino que se anda. Con o sin maquillaje, pues no existe color que logre ocultar la miseria de mujeres que se hunden en infernales borracheras y vidas lamentables, así como tampoco lo hay que consiga opacar la alegría de la mujer infiel que llega a casa luego de haber disfrutado con su amante lo que con su esposo perdió hace mucho tiempo. Seguro que, al despertar, regala su mirada al techo cuarteado de la recámara y no a ese hombre que, plácidamente, ronca a su lado.
2
Durante muchos años pensé que en la mirada de una mujer se producía un diálogo alterno que era capaz de someter a estados dichosos o miserables a los hombres. Luego supe que era mentira: aparte de la mirada, la mujer es capaz de equilibrar cada uno de los gestos de su rostro para hacernos ver nuestra suerte, para mover los hilos de nuestro destino y conducirnos por donde ellas deseen. Frente a tal fenómeno, no hay resistencia que valga; conviene acatar las reglas y entregarse a la voluntad de la mujer, porque acaso su sabiduría y su experiencia nos quedan lejanas.
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También hay mujeres que se despiden con tan sólo una mirada. Ese lamentable instante en que algo se quiebra dentro de nosotros, mientras ella manda al carajo todas las palabras de amor para colocar, como bien dice Jaime Sabines, el adiós en sus ojos. Quizás con el tiempo lleguemos a olvidarla; no obstante, el fulgor de su última mirada permanecerá a nuestro lado a cada momento. Y será en aquellas tardes frías donde a través de su mirada consigamos encender el calor propio de los recuerdos insistentes, devastadores.
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Por supuesto que hay miradas que matan. Basta ver cómo un hombre inclina la suya cuando una mujer alza la voz.
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Otra cosa es cuando se hace el amor y, en un momento dado, uno se ahoga en la mirada fija de una mujer (aunque también las hay que ponen los ojos en blanco), hasta que se produce un relámpago que ilumina la desnudez de los dos cuerpos.
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Si nos esmeramos en reconocer las distintas facetas del encuentro sexual en la mirada de la mujer, comprobaremos que en múltiples ocasiones finge para hacernos felices.
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Sé que también hay mujeres que prefieren apartarse de todo y clausuran su mirada ante el hombre que tienen enfrente. Quizás, en el fondo, saben bien que ésta puede escupir lo que tanto se empeñan en ocultar: que en realidad no son tan felices con ese hombre, que harían bien en transformarse en la mujer del número 1, o del número 6, según sea el caso.
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Para descubrir si un hombre miente, basta con hundirse en su mirada; en cambio, tal ejercicio con una mujer es imposible, pues hábilmente saben disfrazar la mirada con mil trajes distintos. Y me encanta que así sea.
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En la mirada está un secreto de las bailarinas del table dance, me dijo en cierta ocasión un amigo, si al salir pierde su mirada en algún punto lejano, significa que sufre con cada uno de sus movimientos; y mientras ella baila, en medio de la pista, su espíritu permanece fuera de ese lugar, ajeno; en cambio, las bailarinas que clavan su mirada en la tuya son las peligrosas, ya que extraen lo poco que queda de ti para transformarte, kafkianamente, en una cucaracha que habrá de pagar por un poco de alegría y consuelo.
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Hay una mirada que todo hombre lleva dentro de sí y que sólo se alumbra cuando está frente a la tumba de su madre.
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Hay también miradas idénticas que parecen decirnos que las maldiciones y los infortunios se habrán de repetir entre un padre y un hijo.
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Me robo un poco de tu mirada para alumbrar el túnel cuando aborde el último tren.