Identidad y carcajada: la lucha libre en las arenas de la academia

POR Ximena de la Cueva

Como expresión humana, el lenguaje comprende estas dos visiones y representaciones de la realidad: contenido y forma, el estilo binario del que habla Barthes en su análisis de los significados detrás de la expresión gráfica conformada en palabras. La caricatura, por su parte, cumple con la función de comunicar, pero de manera fundamental, implica un proceso de razonamiento que conduce a la irrupción de la risa.
Las tiras cómicas, como toda manifestación que se concreta por medio del lenguaje, incorporan estas dos representaciones, y son precisas y sintéticas. Las temáticas son variadas y el tratamiento de los contenidos depende, entre otras cosas, del público al que van dirigidos, que por supuesto se ubica en un contexto histórico que le da características aún más precisas.
La idea de este conjunto de datos y elucubraciones está lejos de querer hacer una breve historia o justificar la importancia del cómic, la caricatura o el chiste mismo, hoy el espacio simplemente lo ocupará El Santos, la tira creada por José Trinidad Camacho Orozco, “Trino” y José Ignacio Solórzano Perez, “Jis”, que una buena cantidad de gente seguía y cuyas expresiones empleaba (muchas veces) para ordenar la realidad. Su lectura en el diario La Jornada, a finales de la década de 1980, era casi obligada y explicaba de una forma inteligente y divertida (según muchos seguidores) los gustos, tendencias y sucesos de la época. Si somos honestos, ¿quién diremos que seguía religiosamente con todo y la ironía implícita, al Santos? De quién era héroe el antihéroe si no de los académicos, intelectuales y rebeldes mexicanos, que vivían la dialéctica con el corazón en la mano y buscaban las interjecciones semanales de este luchador en la prensa; es cierto que la producción periodística tenían buenas críticas políticas y excelentes disertaciones de toda naturaleza, pero faltaba el sabor vulgar y aparentemente despreocupado de un luchador si no social, sí depresivo y polifacético.

Realidad y recreación
La historieta surge (en parte como consecuencia) en la época en que se transmitía lucha libre a las 12:00 del día en televisión abierta, los domingos, y emulaba con un sarcasmo, al legendario Enmascarado de plata. Los personajes que lo acompañaban y enriquecían la historia y los contextos en su mayoría eran luchadores, sin que eso implicara la creación de situaciones monotemáticas; El Santos podía empezar su historia dominguera en una mesa redonda en la unam, en Bellas Artes, flotando en el espacio infinito, de paseo en su Porsche, como chambelán, en un coloquio sobre monumentos, o en el cine.
La risa partía del chiste mismo y de los detalles siempre presentes; dentro de la clasificación de Freud del chiste, los cartones del Santos entrarían dentro del tendencioso, que a la vez es hostil o agresivo y obsceno o erótico. Al parecer, la relación entre el chiste erótico y el obsceno se encuentra en la asimilación infantil de las funciones sexuales y las de defecación, y en estas tiras la agresión era una característica fundamental. Los personajes hacían uso de agresión verbal y de facto, sin que la presencia de una significara la eliminación de la otra. El Santos, además, presentaba esa “moral de utilidad” para tratar cualquier asunto cotidiano, lo que inicia en los moneros mismos y los creadores de personajes en México, que usaron para nombre de un luchador (que después se convierte en actor), una denominación religiosa; nombrar a un luchador de la Arena Coliseo El Santo, bien podría reflejar esa búsqueda de ligar la cotidianeidad con lo trascendente, además de que implica características relacionadas con “lo bueno” para convertirlo en invencible. Estas peculiaridades son transmitidas a El Santos, pero con una fuerte contraparte de lo catalogado como grosero, tosco, amoral que se representa en el lenguaje y la vida misma del personaje. En las tiras, el consumo de todo tipo de drogas (hongos, mariguana, cemento, heroína, cocaína) era habitual, el absurdo y la paradoja de hace 30 años era quién las utilizaba; además del consabido Peyote asesino, El Santos y demás protagonistas, aparecieron en estas circunstancias la Sirena Lupe, la Caperucita (que argumenta llevarlos en su canasta para su abuelita) y hasta unos leones.

Las formas de la lucha
El Santos, de acuerdo con teorías que parten de la psicología, es un ejemplo de la forma en que se expresaría el yo real, pues opera según las circunstancias y trata de adaptarse, y como persona, se crea mediante sus decisiones y desempeños cotidianos. Su autoconcepto le permite jugar una gran cantidad de roles sin ver reducida su autoestima; este antihéroe, para Díaz Guerrero, se encontraría dentro de los rebeldes activamente autoafirmativos, pues “tiende a ser peleonero, irritable, llevar la contra, ser beligerante, vengativo y tosco.”
Los lectores de El Santos aceptaban las ficciones como tales, como elementos que conforman esa otra realidad que no es inoculada “como vacuna para prevenir que desarrolle tendencias desestabilizadoras” (Bartra, 2005), sino como aceptación de una visión que involucra la comprensión de los fenómenos y su presentación gráfica a manera de burla ante la socialización como “inherentemente llena de conflicto” (Calhoun, 2000). La adjetivación más utilizada era la de evaluación, casi siempre relacionada con los sentimientos y fuentes de tristeza: la agresión, la borrachera, el insulto a la madre, la vida, la separación.
En cuanto al chiste en sí, se supone que trae consigo la consecución de placer, lo que se deduce del hecho que obedece a la satisfacción de la tendencia (hostilidad u obscenidad) y el regocijo se produce al vencer un obstáculo exterior y uno interior, “lo que obedece a una economía de gasto psíquico y al ahorro de la coerción”, y tal vez sea aquí donde encontremos una de las razones del tipo de seguidores de la tira. Como matiz de esto aparece el uso del albur, un factor de la cultura e ideología mexicana que permite “modelar a los habitantes más que otras culturas” (Rodríguez 2003); la búsqueda e interpretación mediante el juego de palabras con implicaciones sexuales incluye un complejo proceso de elección y aplicación simbólica poco común en el lenguaje de otras sociedades.
Y en otra dirección, pero a partir del mismo origen, una de las claves del proceso creativo del cartón, era eludir la censura y vencer la coerción mediante la burla constante[1]. La elaboración de cartones implica, por parte de los moneros, acciones intencionales y propositivas enraizadas en la actividad simbólica, que combinaban con las demandas y eventos culturales de la época, baste recordar que algún domingo estuvieron con El Santos lo mismo Peter Gabriel, que Carlos Monsiváis y los cronistas deportivos más famosos de la década de 1990.
Bartra, R. (1996). La jaula de la melancolía. México: Grijalbo.
Calhoun, C., Light, D. y Keller, S. (2000). Sociología. España: McGraw-Hill/Interamericana de España.
Díaz Guerrero, R. (1997). Psicología del mexicano. México: Trillas.
Rodríguez Estrada, M. y Ramírez Buendía, P. (2003). Psicología del mexicano en el trabajo. México: McGraw Hill.