La obsesión por las celebridades

POR Ben Walters
 “El público quiere creer en Santa Claus y en las estrellas de cine” fue el grito de batalla de las revistas de admiradores, ejemplos primitivos del frenesí de la fama y el poder de sus resplandores en un público que amaba ser salpicado por el lodo de los escándalos de Hollywood
El 23 de junio de 1933, la revista Variety informó sobre una nueva e inquietante tendencia. Fotografías de Claudette Colbert y Fredric March tomadas ilícitamente en los estudios Paramount habían sido publicadas en las páginas de una revista de fans. “Con pequeñas cámaras inocentes es posible tomar fotos sin que los objetos (personajes) o los espectadores se percaten de la proximidad de un fotógrafo”, señaló el artículo. Las cámaras no oficiales se prohibieron rápidamente en los estudios, aunque la dinámica en conjunto continúa. Si los fans quieren ver a las estrellas en la pantalla, también las quieren ver fuera de ella. El personal de Paramount difiere de las fotos de los actores de Gossip Girl en un comedor en Greenwich Village, tomadas con cámaras de teléfonos celulares y publicadas en Gawker, casi al mismo tiempo en que los fans apretaron el botón de sus comunicadores.
Como lo señala el nuevo libro de Anthony Slide, Inside the Hollywood Fan Magazine: A History of Star Makers, Fabricators, and Gossip Mongers, las publicaciones de dmiradores no sólo abastecen a la economía de la celebridad, sino que ayudan a crearla. “Las películas presentan la estrella al espectador”, afirma Slide, “pero la revista del fan puede llegar más allá de la imagen visual, y examinar y revelar la ‘verdadera personalidad.’” Slide no se detiene en este desarrollo tanto como podría. Esta noción de identidad como actuación en sí mismo –y la consiguiente relegación de trabajo para que se haga algo al servicio de la persona— puede decirse que define la celebridad moderna, después metastasisada en un vehículo para desplazarse atomizado, digitalizado en la sociedad del capitalismo tardío.
Acceso a las estrellas
Las revistas de admiradores formaron parte del paisaje de la tierra del cine desde un principio. La Motion Picture Story Magazine fue fundada en 1911 y, a partir de entonces, siguieron más de 260 títulos –Photoplay, Picture-Play Weekly y Modern Screen, entre otros—, alcanzando a cientos de millones de lectores antes de su desaparición a finales del siglo pasado. No obstante, incidentes como el de la Paramount fueron la excepción: las primeras revistas de aficionados dependían por voluntad propia de la aprobación de la industria, presentando su copia al estudio, incluso antes de la introducción, en 1934, de un sistema de acreditación formal que evitaba la excomunión, y el cual se prolongó por dos décadas.
Esta configuración se debe en parte a un sentido de autopreservación profesional –así como a la necesidad de acceder a las estrellas; muchos escritores y editores de revistas también trabajaban para los estudios como agentes de prensa o guionistas—, aunque también es una función del mercado. “Las personas no quieren que sus estrellas se apaguen”, escribió un periodista en 1947. “El público quiere creer en Santa Claus y en las estrellas de cine.”
Para un público mayoritariamente femenino, las estrellas eran objeto tanto de aspiración como de idolatría; es revelador que las revistas de admiradores no se vendieran si no traían una mujer en la portada. Las estrellas, como aparecían en la prensa, eran sencillas, limpias y glamorosas; su vida era estable y satisfecha. No es que todo fuera color de rosa: hay historias sobre los peligros de la “reductomanía” (“Muerta de hambre vuelve al estrellato”, Photoplay, 1928; “Toman la dieta de la desaparición”, Motion Picture Magazine, 1930), además de las noticias sobre los contratiempos en los estudios.
Una columna de chismes de mayo de 1925 hablaba que los trastornos solo incluían hombros y tobillos torcidos, además de gripe, una nariz con moretones, quemaduras graves, una operación de garganta, vértebras dislocadas y la noticia de que una estrella se había retirado “a causa de una enfermedad prolongada”. (De manera perversa, la columna fue titulada “Reflectores de Hollywood”.) Los anteriores, sin embargo, sólo eran el tipo de problema que una joven emprendedora se podía enfrentar.
“Aroma a lilas”
Los archivos de las revistas de fans contienen algunos colaboradores sorprendentemente prestigiosos como Somerset Maugham, H.L. Mencken, Eleanor Roosevelt e incluso el archiduque Leopoldo de Austria. Theodor Dreiser entrevistó a Mack Sennett para Photoplay, declarando que su “interpretación burlesca… no es diferente de la de Shakespeare, Voltaire, Shaw o Dickens”, y, en 1930, Cummings escribió una pieza para Cinema Arts alabando a Mickey Mouse y comparando a Krazy Kat con El amante de Lady Chatterley.
También hubo espacio para la insinuación. “Un ‘compromiso’ entre dos actores generalmente daba a entender que una relación sexual había tenido lugar”, señala Slide. “Una actriz tiene ‘su apéndice removida’, por lo general significaba que ella se había practicado un aborto”. Y las indirectas sobre la homosexualidad eran moneda corriente: una entrevista con Eugene O’Brien en 1918 señalaba que “flotaba un tenue aroma de lilas en el aire”. Mientras que una serie de fotografías en Picture Play en 1953, titulada, “Calling All Girls”, muestra a Roddy McDowall y Tab Hunter discutiendo su condición de soltero, mientras blandían salchichas y vistiendo calzoncillos cortos.
A diferencia de los periódicos, las revistas de admiradores ofrecían una cobertura mínima de escándalos genuinos –como la cadena de muertes relacionada con las drogas y los graves cargos penales que afectaron a estrellas rutilantes como Roscoe Fatty Arbuckle en el Hollywood de los años 20—, así como el casi nulo efecto que tuvo la Prohibición en la industria del cine, aunque sí hubo compromiso en la lucha contra el comunismo. Santa Claus se colgó, incluso del éxito de la revista sensacionalista Confidential, lanzada en 1952, no obstante que era una publicación que se regodeaba en el lodo del espectáculo. “Dicen la verdad sobre las estrellas para hacerles daño”, escribió un editor de dicha revista. “Nosotros decimos mentiras de ellos para ayudarlos”.
Fin paulatino
El formato también fue capaz de superar los retos planteados por el auge de la televisión y la cultura adolescente. Pero decayó con Jacqueline Kennedy. Como la primera superestrella no creada por la industria del entretenimiento, Jackie  Kennedy estableció el potencial de una economía de celebridades indiferente al clásico estrellato del sistema de estudios, que para mediados de los 60 se encontró tanto en declive económico como cultural, abollado en el camino por la compilación de chismes difamatorios del libro Hollywood Babilonia de Kenneth Anger (curiosamente no mencionado por Slide). Las revistas de fans se adaptaron y sobrevivieron, cubriendo sobre todo noticias negativas y abarcando personalidades de la televisión (sobre todo de las telenovelas), el pop y el deporte, así como del cine.
La creación de la revista People por Time-Life Corp en 1974 y la revista Us Weekly por New York Times Company en 1977 confirmó la transformación de la afición de un nicho centro-hollywoodense a un mercado masivo por el “interés humano” en un sentido más amplio. La absorción de Us Weekly de Photoplay en 1980 marcó el toque de muerte para las revistas convencionales de admiradores como una parte viva de la cultura pop, aunque mantuvieron un mercado trasero considerable hasta el final del siglo XX, cuando se eclipsaron de manera decisiva por la inmediatez gratificante de Internet y la desvinculación definitiva de la fama del glamur y el talento representado por los reality shows. En este punto, Slide señala: “La celebridades ya no son el resultado final del arduo trabajo en el cine o en la televisión, sino más bien de las opciones patéticas de un público obsesionado con la celebridad.”
Tomado de: Axess. Octubre 11, 2010.
Traducción: José Luis Durán King.