Machos: entre hombres te veas

POR Óscar Garduño Nájera
Para Paula, por la charla
siempre amena.
Los machos no están en peligro de extinción. Todo lo contrario, parece que se reproducen en torno a la debilidad femenina y fomentados por una sociedad del espectáculo que celebra como actos heroicos y patriotas lo “masculino”

Recién me entero que se me expulsa, por falta de méritos, supongo, del pueblo donde los machos bragados van a caballo y tiran balazos frente a las escenografías de películas mexicanas, las cuales parecen seguir representándose cuando uno mira las cifras de la violencia contra las mujeres. Así que comprenderán que, a diferencia de la entrega anterior, aquí sí que conozco de sobra el tema; es decir, vaya a donde vaya uno siempre da con tales personajes, tan semejantes al gorila de cola roja del cuento Informe para la academia de Kafka, aunque, para mi desgracia (y la de tantas y tantas mujeres), los machos no están en peligro de extinción; todo lo contrario: parece que se reproducen en torno a la debilidad femenina y fomentados por una sociedad del espectáculo que celebra como actos heroicos y patriotas lo “masculino” para hacer de las prácticas sexuales reinos tiránicos que, de no ser tan peligrosos, darían risa (bueno, más risa nos daría verlos desnudos en poses atrevidas). Conozcamos un poco más de ellos.
Enseñanza, por arriba del catecismo

Históricamente situados al lado de Pedro Infante, Blue Demon y Pedro Navajas, destacan por ser arquitectos de su propio imperio fantástico, de tal forma que, una vez establecido dentro del dulce, dulce hogar, los machos se rigen por las leyes que ellos imponen sin plebiscitos previos, en lo que se podría nombrar, copiando a Mario Vargas Llosa, una dictadura perfecta, la cual consigue empapar hasta el mismo sistema educativo, pues el ser macho desde niño es enseñanza incluso superior al catecismo.
Luego se mueven en todos los sentidos y la mayoría de las ocasiones arriba de poderosos automóviles. Son un auténtico peligro cuando mientan la madre con el claxon, cuando se bajan en medio de cualquier avenida y se lían a golpes con el inocente que por más temblores no consiguió mover su automóvil. Una vez de vuelta, cuando ocupan ese primer trono frente al volante, se sienten recompensados por el poder que les otorga una avenida, un semáforo, un crucero y creen llamar la atención cuando los demás en realidad se compadecen de ellos. Y ostentan una falsa moral con el pelo engominado, mientras interponen a Dios en cada una de sus acciones y manos les hacen falta para persignarse cada que pasan frente a una iglesia (pues tal es la deuda que tienen con su Señor).
Como una de sus tantas teorías, tienen la de mantener a la buena familia, las buenas costumbres y una esposa abnegada con tan sólo apretar unos cuantos botones del control remoto de la televisión, pues éste se transforma en un báculo sagrado del cual se sostienen durante los últimos minutos del partido de futbol, o de la pelea de box, justo cuando otra macho le va ganando a otro en una deporte por demás estúpido.

También entre ellos se juntan y uno los puede ver dentro de cantinas, escuchando a Vicente Fernández (o a Alejandro, que es peor), mientras chocan los vasos y pierden la mirada en las nalgas de la mesera no ya en un síntoma de deseo, sino de aburrimiento (como en la mayoría de sus prácticas sexuales).
No son actores de primer orden, pues gustan representar sus dramas y comedias tras bambalinas, por los pasillos donde procuran no alzar la voz y enseñar los dientes a menos que sea necesario (y siempre lo es); consiguen, así, pasar inadvertidos entre familiares y amigos, hasta que su conducta acarrea consecuencias funestas, donde por lo regular la escena se compone de una mujer en primer plano bañada en lágrimas, cuando no de golpes.
Por eso es tan difícil detectarlos (aun cuando muchos se dan auténticos baños de loción), más allá de que canten al lado del mariachi, beban grandes tragos de tequila o echen pleito al primero que los mira feo.
Se escabullen en cuanto se va tras de ellos y consiguen disfrazarse de monaguillos para hacer su entrada triunfal en la iglesia, de la mano de su esposa e hijos, a los cuales siempre exige besen la mano del sacerdote en turno (un eclesiástico macho).
La gran mayoría no solo está peleada con su pareja, sino con el mundo: sienten que todos, allá afuera, conspiran contra sus planes y desatan una guerra civil si en la mesa no está la comida a tiempo, o la camisa planchada o el contestar justo cuando da el primer timbrazo y a la hora que se pide el celular (ya no digamos llegar puntual a las citas).

Como virtud recurrente de los machos destaca poseer una imaginación que sería la envidia de cualquier literato: se narran a sí mismos sus propias historias escalofriantes (lo cual ya es un mérito), ven en su casa cosas que no existen (otro mérito) y creen que toda mujer los puede engañar (esto no es mérito, sino realidad) si no consiguen someterla con su fuerza, para lo cual no es necesario que saquen los puños a relucir, pues practicantes de una psicología incipiente, envidia de los mismísimos freudianos, asedian la mente y los pensamientos de su pareja con palabras altisonantes, o bien le destrozan el espejo de la autoestima en la espalda para luego, una vez que el daño está hecho, ofrecer disculpas.
Pero también son débiles. Al no ver realizadas muchas de sus aspiraciones, sienten que todo el mundo (más las mujeres) están en deuda con ellos, por lo que se dedican a flagelarse en cuanto se ven solos y piden otra oportunidad mientras ponen tiernos ojos enamorados ahí donde minutos antes hubo odio y rencor.
Cuando alcanzan las esferas públicas, cuando no se detienen a tiempo, disparan discursos y discursos contra los homosexuales, e incluso implementan clases de cómo volverse macho en pocas lecciones, mientras censuran el uso de la minifalda, promulgan leyes contra la prostitución y corren en cuanto pueden al table de la esquina no sin antes persignarse.
Más o menos es lo que me queda claro de los machos ahora que se me expulsa, ustedes sabrán si miento o no.