Ritos revolucionarios que se niegan a morir

POR Alfredo C. Villeda
Los priistas se acabaron la tierra, pero evocan a Zapata y el reparto agrario; se agandallaron 71 años la Presidencia, pero santifican el “sufragio efectivo, no reelección” de Madero; se pasan la Constitución por donde quieren, y cuando no se acomoda le hallan vericuetos para brincársela, pero invocan a Carranza y a los constituyentes del 17…
(Elizabeth Velázquez)
El éxtasis del hombre no cabe en su impecable traje gris. Su rostro enrojecido exhibe la enjundia de su talante y el movimiento rítmico de sus brazos conduce como batuta musical a la masa, que no escatima en gritos, aplausos, aullidos. Las porras hacen blanco y eco en el ungido, al lado del entusiasta dirigente, y el ungido asiente, la sonrisa a plenitud, mientras una aliada indispensable, operadora política como pocos, jefa máxima del magisterio y del maestro de ceremonias-porrista, aporta a sus muchachos como tributo de voto… y compromiso de cuotas: la víspera del Centenario, la familia revolucionaria repone sus ritos: “¡Peña, Peña, Peña…!”
El góber mexiquense ya se siente Echeverría o López Portillo apapachado por Fidel Velázquez… o Salinas. O más atrás. Las tradiciones de la familia que se apropió los discursos inconexos emanados de la Revolución perviven. Los priistas se acabaron la tierra, pero evocan a Zapata y el reparto agrario; se agandallaron 71 años la Presidencia, pero santifican el “sufragio efectivo, no reelección” de Madero; líderes suyos caen asesinados, pero mantienen su condena al “traidor” Huerta y entronizan al sacrificado Belisario Domínguez; se pasan la Constitución por donde quieren, y cuando no se acomoda le hallan vericuetos para brincársela, pero invocan a Carranza y a los constituyentes del 17…

Pero hay otros episodios revolucionarios dignos de evocación. Hay dos que el fusilero halló en su etapa de “investigador hemerográfico” en El Universal, entre 1990 y 1992, cuando trabajaba a las órdenes del gran Alfonso Maya, ya desaparecido, y al lado de camaradas como Alejandro Martín del Campo, José Chávez, Silvia Meave, Fernando Sotres, Víctor Hugo Ortiz y César Correa, además de colaborar en la sección cultural de los generosos Paco Ignacio Taibo I y Leo Mendoza.
Uno de esos episodios es la noticia sobre el consejo de guerra a Felipe Ángeles, en Chihuahua. Entonces los textos, 1919, seguían un estricto orden cronológico y era la cabeza la encargada de rescatar lo que era propiamente “la nota”. Según la crónica de la época, el militar villista desechó la posibilidad de ser asistido y pidió ser él mismo su defensor. Como alegato lanzó un discurso de memoria consistente en párrafos de Los miserables, de Victor Hugo, obra que bien conocía por sus estudios en Francia. Cuando se le vino el fallo inminente de culpabilidad, expuso su última voluntad: ser él quien ordenara el fusilamiento, que para eso era general. Y así fue.
El segundo episodio a rescatar es un pequeño anuncio, pagado por la embajada de Estados Unidos, en el que se ofrecía recompensa por información sobre el escritor Ambrose Bierce, de quien se perdió el rastro desde 1914, luego de que se unió al ejército villista en calidad de observador. El fusilero conoció a ese autor, antes de leerlo, por medio de Carlos Fuentes, quien se lo presentó con la novela Gringo viejo, en la que el narrador mexicano da su versión sobre la muerte del célebre literato estadounidense.

Pero si hay una anécdota hilarante es la que narra Martín Luis Guzmán en El águila y la serpiente en el contexto de la Convención de Aguascalientes. En medio de los trabajos, uno de los fotógrafos del constitucionalismo llevó su labor de campo para ser proyectada a una audiencia apasionada.
“Nosotros (el autor y Lucio Blanco), sin embargo, no vimos el final de la película, porque, intempestivamente, sucedió algo que nos hizo salir a escape del lugar que ocupábamos detrás del telón. Don Venustiano, por supuesto, era el personaje que más a menudo volvía a la pantalla. Sus apariciones, más y más frecuentes, habían venido haciéndose, como debía esperarse, más y más ingratas para el público convencionista.
“De los siseos mezclados con aplausos en las primeras veces en que se le vio, se fue pasando a los siseos francos; luego, a los siseos parientes de los silbidos; luego, a la rechifla abierta; luego, al escándalo. Y de ese modo se alcanzó al fin, al proyectarse la escena en que se veía a Carranza entrando a caballo a la Ciudad de México, una especie de batahola que culminó en dos disparos. Ambos proyectiles atravesaron el telón donde se dibujaba el pecho del Primer Jefe, y vinieron a incrustarse en la pared, uno a medio metro por encima de Blanco; el otro, más cerca, entre la cabeza de (el coronel) Domínguez y la mía.”