Salpicadores y viscerófilos

Advertencia: El artículo siguiente contiene información que puede resultar ofensiva para algunas personas.
NO APTO PARA MENORES DE EDAD
   
POR Opera Mundi
 El cuerpo humano, entero y en partes, vivo, pero sobre todo muerto, ha servido de recipiente para extraerle los más extraños placeres y también para las prácticas mágicas más oscuras
No sólo en las supersticiones arcaicas sino que en esta transición de milenios a las partes de los cuerpos muertos se les confiere de extrañas facultades místicas. Las autoridades eclesiásticas creen sinceramente que la mano disecada de un santo posee dones curativos milagrosos. Las brujas creían que la mano cortada de un muerto utilizada de ciertas maneras tenía efectos mágicos. El pene de Tutankamon fue uno de los tesoros menos mencionados robados de su tumba, y quizá su fin se redujo a unos cuantos polvos afrodisiacos o fue vertido en un consolador peculiar. Los católicos regularmente llevan a cabo rituales de necrofagia simbólica al consumir la “carne y sangre” de un hombre muerto hace más de 2 mil años. Los satanistas realizan ceremonias caníbales similares. Muchas iglesias cristianas guardan algunas reliquias humanas, ya sea frascos de sangre sagrada, restos momificados o, incluso se dice, que alguien tiene el prepucio de Jesús. El cabello rasurado y las cenizas de cremación del asesino serial ejecutado Ted Bundy al parecer alcanzaron un precio muy alto en el mercado negro.
Asimismo, las cabezas cercenadas tienen una atracción particular para conjurar los arcanos. La extremidad disecada de Oliver Cromwell fue colocada en una estaca en el Westminster Hall antes de ser robada en 1688. Del mismo modo, la del marqués de Sade fue robada a mediados del siglo XIX de la casa del doctor Londe, un frenólogo francés, y se especula que se encuentra en algún lugar de Londres. Ambas fueron probablemente hurtadas con fines ocultos. Las cabezas cortadas no son necesariamente un dispositivo para la magia negra, como las cabezas momificadas que adornan iglesias santificadas o los esqueletos que decoran los perversos altares de los encantadores.
Cazadores de cabezas
La cacería de cabezas es una práctica antediluviana impulsada por la invención de algunas herramientas de piedra, pero no es una práctica reservada de tribus primitivas y selváticas. Evidencias más “civilizadas” fueron halladas en Tejutepeque, El Salvador, en 1984. Tras un ataque  rebelde a las tropas gubernamentales, un equipo médico fue enviado a recuperar a los muertos. Un soldado fue descubierto con la piel de su cabeza completamente removida; el cráneo desnudo, aún con ojos, continuaba unido a los hombros. La cara no fue hallada en el lugar de la escena. La guerra interétnica de la antigua Yugoslavia vio renacer a los cazadores de cabezas en plena década de los 90 del siglo pasado.
Los cazadores primitivos de cabezas contaban con varias técnicas: los que humeaban o momificaban completamente la cabeza no mutilada; los que las desollaban y conservaban la piel, y los que mantenían los cráneos deshidratados. El método del humeo fue practicado por los kayans y los dyaks de Borneo. Después de que el cerebro era extraído por las fosas nasales con espátulas de madera, la lengua y ojos separados, y el cabello removido para utilizarlo como decoración en escudos y armas, las cabezas se suspendían sobre el fuego. El humo y el calor de la leña ardiendo deshidrataban y preservaban las reliquias. Este método causa que la piel se contraiga sobre el hueso, dando a la cabeza una apariencia de haber muerto hace mucho tiempo.
La práctica de reducir las cabezas, como la realizada por las tribus jíbaras, retiene algo de la apariencia facial de la víctima. Este proceso incluye la remoción completa de la piel de la cabeza de una sola pieza. La dermis es entonces pasada por fuego y untada con sal caliente y piedras hasta que se logra el encogimiento. Contrariamente a los kayans, los jíbaros dejan el cabello en el cráneo. El propósito de los jíbaros es crear una reliquia miniatura lo más parecida al rostro de la víctima en vida. La piel de la cabeza del soldado salvadoreño arriba mencionado probablemente fue tratada con este proceso y actualmente reside en algún lugar como un tsantsa (nombre que reciben los trofeos de los jíbaros).
Otros cazadores de cabezas prefieren conservar sólo el cráneo sin piel. La ventaja de conservar de esta manera el cráneo es que no se requiere una técnica en especial. Todo lo contrario: la descomposición de los tejidos suaves es esencial. La tribu atayal de Formosa, por ejemplo, coloca la cabeza cercenada sobre tres troncos en el bosque. La boca es llenada con granos para atraer las aves, las cuales, con sus picotazos, consumen la carne. Los microorganismos y la corrosión mediante hongos completan la limpieza del trofeo. El cráneo consecuente blanqueado pierde cualquier significado visual de verificación o identidad de la víctima. El cráneo limpio es una reliquia muy cotizada para practicar encantamientos en la mayoría de los cultos atayalas.
Los templarios adoraban una cabeza cortada, pues algunos miembros de la orden argumentaban que pertenecía al gran maestro original. Si la cabeza era o no real, aún se desconoce. Una descripción de su apariencia la describe con barba y con dos rostros, lo que podría indicar que se trataba de una escultura. Por otro lado, la cabeza pudo haber sido verdadera, por lo que la malformación sería la razón de su deificación. Existen ejemplos de bifurcación facial y tal deformidad podría explicar por qué un testigo describió tal despojo como “el rostro del diablo”. Todas las madrigueras templarias contenían una cabeza preservada que era venerada por el séquito. De dónde provenían las cabezas, es un misterio. Pudieron haber pertenecido a miembros relevantes ya muertos o haber sido robadas de los cementerios o de víctimas sacrificadas y mutiladas.
Los recolectores de miembros no solamente se encuentran entre los seres humanos. Probablemente, la deidad cazadora de cabezas más prominente sea Kali, la temible diosa india. Es descrita con piel negra, portando un collar de cabezas y un delantal de brazos. En ocasiones lleva como aretes a infantes muertos y sus manos portan espadas. Sus dominios son los cementerios y campos de batalla, donde reposa con tranquilidad entre los restos mutilados de los muertos, bebiendo sangre y devorando entrañas. Kali es la similar de la bruja negra: la nigromante, la encantadora.
Dispositivo sexual
La cabeza y sus contenidos poseen un gran significado ocultista. No sólo forma parte de las supersticiones primitivas sino también de los mitos y conductas contemporáneos. El cerebro a menudo es consumido como signo de ingestión del alma. En la sacudida África de los años 70 del siglo pasado, el ritual herético del mau mau reclamaba devorar los cerebros de hombres blancos junto con los huesos pulverizados de las muñecas mezclados con sangre y excremento extraído directamente de la fuente, es decir, de los intestinos. Los doctores brujos del vudú haitiano obtenían grasa de los cerebros de cuerpos desenterrados, la cual se aplicaba a herramientas y armas para imbuirles “inteligencia”. Las cabezas momificadas y los cráneos decorados han sido utilizados como vehículos de comunicación por parte de nigromantes y encantadores para adivinar el futuro. La preservación completa de las cabezas cortadas no sólo se utiliza como oráculo sino que a menudo sirve como dispositivo sexual para la persona responsable de la muerte de la víctima. La gratificación puede ser alcanzada mediante la penetración de cualquier orificio accesible como un a boca abierta, la cuenca vacía de un ojo o una tráquea expuesta. Aunque lo más común es tomar o mirar ávidamente la cabeza durante la estimulación manual. Este acto es una forma de reverencia por la cual el usuario santifica la reliquia, y su semen tiene el mismo significado del agua bendita. Gilles de Rais es uno de los ejemplos más antiguos en este tipo de fetichismo.
La magia negra de Gilles de Rais
Gilles de Rais, cuando estuvo en su punto más alto, fue probablemente el noble más rico de Europa. En 1420 su fortuna se incrementó al contraer nupcias con la opulenta Catherine de Thouars. Protegido por un ejército de caballeros bien armados, Rais se apropió de diversas poblaciones y castillos, aunque la persistencia en contratar mercenarios comenzó a erosionar su fortuna. Así, al tener demasiados gastos, tuvo que vender algunas de sus propiedades. Pero esto tuvo un final abrupto cuando sus herederos, viendo que las que serían sus riquezas desaparecerían, obtuvieron una orden del rey Carlos VII de Francia, en 1436, prohibiendo a Rais cualquier tipo de venta.
Sin posibilidades de vender sus propiedades, Rais necesitaba otro método para consolidar su fortuna, la cual rápidamente se desvanecía. Dentro de sus posesiones había una enorme biblioteca de manuscritos raros, algunos relataban prácticas de ocultismo, y de ellos Gilles de Rais quiso aprender las técnicas mágicas para transmutar los metales en oro. Contemplando a la alquimia como una manera posible de restaurar su capital, De Rais recurrió a la ayuda y experiencia de un párroco llamado Gilles de Sille. Sin embargo, a pesar de sus argumentos y autoconfesadas habilidades, los experimentos fueron un fracaso rotundo. Gilles de Rais perseveró y despilfarró más de su riqueza al emplear a un racimo de charlatanes y falsos magos. Finalmente contrató los servicios del padre herético Francesco Prelati, de Florencia, quien, junto con otros torcidos nigromantes, sugirieron a de Rais la manera en que se llegaría al éxito mediante el encantamiento.
Un calabozo subterráneo fue acondicionado con signos, símbolos y demás parafernalia oculta en los intestinos del castillo Tiffauges, desde donde Prelati y Rais intentaron invocar al demonio. No obstante fracasar, en lugar de despedir a Prelati por impostor y charlatán, Rais se dejó persuadir de que siguieran adelante. El padre florentino entonces dijo que necesitaría ingredientes mágicos para sus invocaciones, como sangre, huesos y diversos órganos internos de niños, sacramentos que el demonio no podría resistir.
Instigación del diablo
La tarea de procurar los restos de niños fue un mandato plenamente adoptado por Gilles de Rais. Su riqueza fue utilizada en muchas ocasiones para conseguir niños o niñas que satisficieran sus deseos carnales y ocultistas. Pero la copulación con infantes no fue el único vicio de Rais. Durante muchos años practicó la pedofilia, que culminó en el asesinato. Más adelante explicaría durante su juicio: “No sé por qué, pero me salía de mi propia cabeza sin que nadie se diera cuenta, para actuar así, sólo para gozar los placeres de la lujuria; de hecho, encontraba un incomparable placer en ello, indudablemente era por instigación del diablo.”
Rais también argumentaba que las ideas le llegaron a través de un viejo libro heredado y descubierto en la biblioteca de un familiar: “Encontré un libro en latín sobre la vida y las costumbres de los césares romanos; estaba adornado con retratos, muy bien pintados, en los que se veían los gustos de aquellos emperadores paganos, y leí en esta fina historia cómo Tiberio, Caracalla y otros césares jugaban con niños y obtenían un singular deleite martirizándolos.” Por supuesto parece improbable que las horas dedicadas a la lectura de un libro condujeran a Rais al asesinato. Es más lógico que estuviera intentando desprenderse de la culpa para dirigirla hacia el diablo y la pornografía, tal como lo hacen los asesinos de hoy en día.
Los consejos de Prelati justificaban las prácticas clandestinas de Rais. Los niños eran conducidos al castillo o simplemente raptados y encerrados en cualquiera de los muchos calabozos de la edificación, donde eran atendidos por Henriet Griart y Etienne Corillaut, confidentes de De Rais, quien alguna vez fue compañero de armas de la célebre Juana de Arco. Después, uno por uno, era llevado a la habitación de Rais. Éste les hablaba suavemente, tranquilizándolos. Sólo cuando los empezaban a desnudar los jóvenes se incomodaban. El llanto y los gritos de clemencia sólo estimulaban más de Gilles de Rais, que ya para entonces se acercaba amenazante con un cuchillo. Generalmente, las víctimas no morían destajadas sino estranguladas lentamente, al tiempo que eran sodomizadas y mutiladas.
Fetiches sexuales
La variedad de perversiones de De Rais es académica, puesto que en no pocas ocasiones hacía un pequeño corte en el estómago de los sacrificados para, por el orificio, insertar el pene y sentir la tibieza de los intestinos. Si por alguna remota causa el niño o la niña no morían después de tales experiencias, De Rais los golpeaba con un garrote de madera para obtener posteriormente gratificación sexual con los cuerpos muertos. Al culminar las orgías, los cuerpos abiertos en canal eran llevados a un sótano. Las partes que se requirieran para propósitos mágicos eran removidas antes de deshacerse de los cadáveres. Durante el juicio contra Gilles de Rais se dijo que éste utilizaba manos, corazones, ojos y sangre de las víctimas para conjurar a los demonios. Dichas partes, principalmente extraídas de niños y bebés, poseían un significado oculto especial. Los huesos de los muertos eran reducidos a polvo por Prelati, en particular los de los dedos y de las rótulas. 
No sólo las partes humanas fueron utilizadas como insumos de rituales mágicos, De Rais también guardaba remanentes de sus víctimas para su uso personal, quizá como fetiches sexuales o por un afán enfermizo de coleccionista. Como De Rais combatió al lado de Juana de Arco es probable que guardara trofeos, como solían hacerlo los guerreros primitivos con los cráneos de sus oponentes. Etienne Corillaut aseveró haber visto las cabezas de aproximadamente 40 niños que el antiguo guerrero conservaba “por su belleza”. El mismo De Rais admitió el desmembramiento de cuerpos: “Eran incinerados en mi habitación, excepto unas cuantas hermosas cabezas, que mantuve como reliquias.”
Gilles de Rais fue juzgado por varios cargos y en el juicio intervinieron las cortes episcopales, las civiles y la Inquisición. Los cargos incluían sodomía y prácticas sexuales con cadáveres. Con una tortura extrema de por medio confesó todo y el 26 de octubre de 1440 fue ejecutado mediante estrangulamiento. También murieron Henriet Griart y Etienne Corillaut. Prelati, el principal asistente y consejero de De Rais, escapó de la ejecución. Sólo pasó unos cuantos meses en prisión a pesar de su participación evidente en el castillo de los horrores.
El placer más oscuro
Aunque los Gilles de Rais han existido a lo largo de la historia tuvieron que transcurrir casi 400 años para que otro caso extremo ingresara a los anales de la criminología. Al caso se le llamó El Vampiro de Europa y comenzó con una nota periodística breve: “Durante meses, varios cementerios de París y sus alrededores han sido testigos de las profanaciones más espantosas. Los guardianes de Pere la Chaise han visto, o creen haber visto, una sombra que durante las noches merodea por las tumbas, aunque no han podido atraparlo, por lo que se empieza a creer que se podría tratar de un fantasma. Las tumbas han sido profanadas. Los cuerpos han sido sacados de sus lugares de reposo, violados y algunos presentan mutilaciones horribles”.
No se trataba de una aparición sobrenatural. Una vez más, Francia estaba infectada por un maniático sexual trastornado: El sargento Bertrand. Aunque el estilo de vida de Bertrand no puede compararse con el de Gilles de Rais –la única similitud era que ambos fueron soldados–, éste también expresaba inclinaciones irresistibles, por motivos sexuales, hacia la necrofilia, el desmembramiento y la desvisceración de los cuerpos. También, a diferencia de De Rais, Bertrand jamás cometió un solo asesinato. En vez de matar, él desenterraba cadáveres. Quizá por preceptos morales o por miedo a asesinar, sólo desamortajaba cuerpos, los besaba y bebía los jugos de fermentación que, por descomposición, escurrían por varios orificios. Se masturbaba sobre los despojos antes de desmembrarlos con la ayuda de una navaja. Hecho lo anterior incrustaba alguna de sus manos en los intestinos descompuestos, lo que causaba que volviera a eyacular. Poco después huía del cementerio.
Bertrand argumentaba que empezó a masturbarse desde los ocho años. Durante sus prácticas onanísticas se imaginaba rodeado por mujeres desnudas que él había asesinado y mutilado. Nuevamente, las fantasías eran demasiado vívidas y violentas para una persona de su edad. A los 24 años mató un perro, abrió el vientre, extrajo los intestinos y se masturbó sobre ellos. Un año más tarde realizó su primer acto necrófílo. Iba caminando por el cementerio con un amigo cuando vio una tumba parcialmente llena. Continuó caminando, pero poco después se despidió para regresar a la tumba. Es Bertrand el que habla: “Bajo la presión de una terrible excitación comencé a excavar en la tumba con una pala, olvidando que había luz de día y que podía ser visto. Cuando el cuerpo –de una mujer– estuvo expuesto yo era presa de un frenesí insano y, ante la ausencia de otro instrumento, empecé a golpear el cuerpo con la pala.”
Perturbado, y convencido de no haber sido visto, Bertrand escapó. Regresó a la tumba dos días después y cavó con sus manos. Una vez que alcanzó el cadáver abrió el abdomen y tocó los intestinos mientras se masturbaba. Saciado, llenó nuevamente la tumba y se marchó. Meses más adelante desenterró el cuerpo de una muchacha de 16 años y tuvo prácticas sexuales con el cadáver. Después admitiría: “Disfruté el cuerpo alrededor de un cuarto de hora, lo corté y, tal como hice con las otras víctimas, palpé los intestinos.” Bertrand fue arrestado meses después de este caso, la vagina de su última víctima había sido completamente escindida.
Los deseos del sargento Bertrand eran intermitentes y, entre los incidentes, él actuaba perfectamente racional tanto en lo sexual como en lo social. Pero, cuando la compulsión por copular y mutilar llegaba, no había poder humano que lo detuviera. En una ocasión desenterró casi una docena de cadáveres masculinos, trabajando en las peores condiciones ambientales, antes de encontrar uno femenino. Se llegó a sospechar que estaba bajo posesión demoniaca; sin embargo, Bertrand era sólo un “salpicador”, alguien que siente una atracción enfermiza por las entrañas de los muertos. Su fascinación por las vísceras era tan grande que lograba hilvanar varios orgasmos con una diferencia de pocos minutos.
La atracción por las entrañas es evidente en muchos asesinos sexuales. El más notable de éstos, por supuesto, es Jack el Destripador, el cual integraba a sus delitos elementos rituales inequívocos, en particular la V invertida que, por ejemplo, grabó a punta de bisturí bajo los ojos de Catherine Eddowes. Las reliquias extraídas de las víctimas incluyeron corazones, úteros y riñones, los cuales, como un doctor de la época apuntó, “no fueron utilizados para fines médicos”. El destino de tales entrañas hasta la fecha se desconoce, con excepción de un riñón, del cual el destripador admitió en una carta haber comido una parte.
Los destripadores
El 15 de noviembre de 1944 apareció en Los Ángeles un viscerófilo, Otto Stephen Wilson, cuyo doble homicidio le valdría el apodo de Steve el Destripador. En uno de los bares de la zona, Wilson contactó a Virginia Griffith, de 25 años. Se dirigieron al hotel donde el hombre se hospedaba, entraron por la parte trasera y se disponían a tener relaciones sexuales. Sin embargo, Wilson tenía un asunto más urgente: estrangular a la señorita Griffith. Posteriormente, el asesino se dispuso a trabajar en el cuerpo de la víctima con un cuchillo de carnicero. La pierna izquierda fue separada magistralmente de la cadera, la derecha sufrió varios cortes profundos que exponían la carne viva. Los senos fueron mutilados y el torso abierto en canal hasta la altura de la vagina. Los intestinos quedaron expuestos.
Tras el desmembramiento, Wilson aparentemente estaba satisfecho. Se bañó, afeitó y dejó el cadáver para que el servicio de limpieza del hotel lo descubriera. No obstante, su satisfacción sólo fue momentánea. Más tarde, en otro bar conoció a Lillian Johnson, de 38 años. La llevó a un hotel diferente, donde la mujer fue estrangulada y mutilada, esta vez con una navaja de bolsillo, ya que el cuchillo fue dejado en el interior del cuerpo de la primera víctima. Atención particular mereció el corte de los senos, así como el trazo único que hizo de la garganta a la rodilla. Otra hendidura fue hecha desde el muslo izquierdo, sesgando por la parte inferior el vientre y el mons veneris de la ingle. Wilson, al ser visto por numerosos testigos con cada una de sus víctimas, nunca pretendió eludir el arresto. Casualmente, cuando iba en busca de su tercera presa, fue aprehendido por la policía en un bar. Lo que inicialmente empezó como un deseo de tener relaciones sexuales se convirtió en una compulsión por exponer las entrañas de sus acompañantes. Nunca pudo ofrecer una explicación convincente de su conducta y Otto Stephen Wilson murió en la cámara de gas de la prisión de San Quintín.
Muñeca para armar

Tres años después, en enero de 1947, Elizabeth Short, La Dalia Negra, una aspirante a estrella de cine, fue víctima de un viscerófilo meticuloso. Después de su sacrificio, el asesino se dispuso a publicitar su crimen. En vez de deshacerse furtivamente de los restos, prefirió arriesgarse a la captura, transportando el cuerpo y abandonándolo, en una pose impúdica, en un parque público. El cadáver estaba cortado en dos a la altura de la cintura. La mitad de arriba tenía ambos brazos descansando sobre el pasto y por arriba de la cabeza. La parte de abajo –alineada, pero a casi medio metro de la de arriba– estaba colocada con las piernas completamente abiertas, exponiendo los genitales de Short. Una herida vertical de aproximadamente cuatro pulgadas, justo entre el ombligo y el mons veneris, posiblemente sirvió como una vagina adicional para el placer del asesino. Había cortes superficiales múltiples sobre el abdomen y ambos senos fueron abiertos por la parte inferior. Dos incisiones largas que partían de las comisuras de los labios se extendían a lo largo de las mejillas hasta casi alcanzar los oídos. Un trozo profundo de carne y músculo había sido cortado del muslo izquierdo, algunos de cuyos cortes fueron insertados tanto en el ano como en la vagina. Ninguna de las mitades del cuerpo contenía sangre, lo que indicaba que había sido drenado previamente. La dilatación del ano sugería que la mitad inferior de Elizabeth Short había sido utilizada para propósitos sexuales después de muerta. Nadie fue acusado por el asesinato y los periódicos de la época hablaban de hombres-lobo o vampiros, sobre todo porque se suponía que la sangre se extrajo para el consumo.
Prácticamente desde su asesinato, La Dalia Negra ha sido víctima de muchos escritores, quienes en su mayoría han asumido que Short fue una sombría actricilla que eligió el camino equivocado, al describirla como una estrella porno y prostituta ocasional. Sin embargo, la autopsia de Elizabeth Short descubrió que sus órganos sexuales estaban apenas desarrollados, por lo que era imposible que tuviera prácticas sexuales. Sus amigos recuerdan el hábito de Elizabeth de que todo mundo se enterara cuando compraba toallas sanitarias que en secreto nunca utilizó. Short tuvo varios amoríos sumamente intensos, con los que postergó al máximo cualquier involucramiento sexual.
Los resultados de la autopsia se mantuvieron en secreto por la policía, que siempre guardó esperanzas de atrapar al asesino. Después de más de 60 años, el caso ha permanecido oficialmente irresuelto, aunque dio muestras de reabrirse cuando el autor John Gilmore publicó el libro Severed. Resultado de 30 años de investigación, la obra realiza un viaje oscuro a un pasado distante, juntando piezas dispersas de la vida y muerte de Elizabeth Short, al tiempo que elabora un retrato inquietante de la orgiástica sociedad estadounidense de la posguerra. Gilmore logra algo que parecía imposible: proponer nombre, rostro y apellido al asesino de La Dalia Negra. Las revelaciones de Severed se centran en Jack Anderson Wilson, un alcohólico que estuvo al tanto de las investigaciones de John Gilmore hasta que decidió acercarse a él con una historia rebosante de detalles precisos y espeluznantes.
De acuerdo con Gilmore, “Jack Anderson Wilson era una persona tenebrosa; incluso cuando hablaba, parecía que existía otra voz en su interior. Había un sentido puro de maldad en aquel hombre. No sentía remordimientos y era capaz de no mencionar nunca su nombre con tal de no comprometerse”.
Wilson era un ex sastre quien, al momento de conocer a Gilmore, padecía una cojera evidente. Vivía en un hotel de paso y se dedicaba a beber día y noche. Gilmore compró sus historias al desconocido y pagó alrededor de mil dólares por ellas. La primera vez que Gilmore escuchó hablar de Wilson fue a finales de los años 60, y esta figura grotesca aparecería y desaparecería varias veces en las investigaciones del escritor durante años, hasta que finalmente desapareció para siempre en 1981.
Wilson nunca confesó directamente ser el asesino de Elizabeth Short, pues argumentaba que el verdadero asesino era un travesti llamado Al Wilson, alguien de quien nadie sabía de su existencia. Pero lo cierto es que Jack Anderson Wilson sabía detalles de la muerte de La Dalia Negra que sólo eran del conocimiento de los forenses. Por ejemplo, que Short aún estaba viva al momento en que el asesino comenzó a cortarla a la mitad.
¿Por qué nunca fue arrestado? Es un misterio, aunque existen evidencias de que una promisoria línea de investigación policiaca se cerró tras la intervención del poderoso magnate periodístico William Randolph Hearst. Poco antes del asesinato de La Dalia Negra hubo otro crimen similar. Georgette Bauerdorf, hija de una familia petrolera acaudalada y mesera de la Hollywood Canteen, tenía fama de enredarse sexualmente con los hombres que acudían a ese centro nocturno. Uno de ellos al parecer fue Hearst quien, tras los asesinatos de Bauerdorf y Short, quiso proteger su reputación aun a costa de que el victimario quedara libre.
“La información del caso que involucraba a Hearst desapareció totalmente y jamás se volvió a mencionar”, aduce Gilmore, quien añade: “Jack Anderson Wilson caminaba libremente por las calles debido a que Short era una aspirante a actriz por la que ningún jefe policiaco arriesgaría su carrera al enfrentarse a Hearst. Elizabeth Short no era nadie.”
Necropedofilia
A finales del siglo XIX, un hombre llamado Victor Ardisson desarrolló un gusto especial por su semen y por la orina de otras personas. También era conocido por la gente de su aldea por practicar felaciones a todo aquel que se dejara. Sin embargo, consumir líquidos corporales no era el único pecadillo de Ardisson. Maurice Hirschfeld narra así el caso en su libro Sexual Anomalies and Perversions: “Robó el cuerpo de un niño de tres años y abusó de él hasta que los genitales e intestinos descompuestos estuvieron fuera y formaban una masa hedionda. La cabeza de una joven de 13 años, que había cortado y robado, la momificó de alguna manera y la mantuvo durante mucho tiempo. La utilizaba para besarla y la llamaba ´mi prometida´”.
Ardisson reverenciaba las cabezas cercenadas de la misma forma en que Gilles de Rais lo hizo. Su inclinación por la necropedofilia era un crimen menos serio –si técnicamente se pudiera calificar de crimen– que las prácticas sexuales de De Rais con cadáveres recién asesinados. Pero es mucho más repugnante incluso que las prácticas del sargento Bertrand, quien también obtenía placer a través del contacto con entrañas muertas. Pero, mientras que la conducta del sargento Bertrand era esporádica, la de Ardisson era constante.
En un caso sucedido en la segunda mitad del siglo XX en Inglaterra, la casa de un presunto pedófilo fue registrada; la policía encontró, en un armario, el cuerpo de un infante femenino. Estaba desnudo y doblado de manera en que exponía sus genitales. La vagina y el ano estaban ampliamente dilatados y en un estado de descomposición severo. Depósitos recientes de semen indicaban que el hombre continuaba utilizando los feculentos orificios para satisfacerse.
La necrofilia con cuerpos podridos es muy rara. La mayoría de los necrófilos es atraída por los elementos funerarios tanto como por los cuerpos, sin sentir placer por la materia descompuesta. La vista y el hedor de los cuerpos descompuestos repelen a una persona normal –incluso a una buena parte de los necrófilos–, en lo que es una reacción instintiva de supervivencia, ya que del contacto con la materia podrida puede sobrevenir una enfermedad o una infección fatales. Pero dichas sustancias resultan un señuelo atractivo para hombres como Ardisson. El detonador sexual olfativo, la feromona, ha sido sustituido por la preferencia de olores putrefactos. Los aromas, por supuesto, tienen la habilidad de estimular las emociones o reacciones humanas, incluyendo la respuesta sexual. Para Ardisson, el proceso se había invertido y es fácil ver cómo, en el pasado, hombres de su especie han sido identificados como ocultistas.
Los aromas juegan un papel preponderante en los rituales cabalísticos, donde los lugares santos son aromatizados generalmente con incienso y fragancias exóticas. Los rituales de magia negra y encantamiento demandan el uso de olores repulsivos y, como se ha apuntado desde la Edad Media, “las brujas pueden ser descubiertas por su olor asqueroso y sucio”. Tales olores ofensivos serían distinguibles tanto en Ardisson como en su contraparte inglesa. Ambos hombres, también, habrían contraído sin duda algún tipo de infección en la uretra de los virulentos organismos que infestan los cuerpos en descomposición. Éstos, a la vez, envenenarían su torrente sanguíneo y, como sucede con muchas de las enfermedades sexuales no tratadas, contaminarían y corromperían la estructura del cerebro.
En los primeros siglos de nuestra era, para la superstición, los cambios físicos y mentales eran motivo de sospecha de brujería. Descubrir restos humanos en la propiedad de alguien era motivo de condena de muerte para los “practicantes de brujería”. El sargento Bertrand, Otto Wilson, el asesino de Elizabeth Short y Victor Ardisson, sin embargo, al parecer no estuvieron envueltos en ninguna práctica ocultista, pese a la dureza de sus crímenes y a los elementos de tipo ritual. Todo lo contrario, sólo fueron acusados de pervertidos y maniáticos sexuales. Sin embargo, para la percepción pública los crímenes de estos personajes poseían una naturaleza oculta. Bertrand era un “fantasma necrófago”, Wilson un “vampiro”, el asesino de Elizabeth Short un “hombre lobo”, todos criaturas anómalas y de la noche, de la superstición y de la magia. Sus actos, pese a lo que dijeran las autoridades correspondientes de la época, están innegablemente vinculados al encantamiento y a la magia negra.
El relicario de Dahmer

En cuestión de sacrificios rituales la historia da la apariencia de no atender a fechas. Iniciando con la intoxicación mediante drogas y alcohol, Jeffrey Dahmer abría un pequeño agujero en la cabeza de sus víctimas e inyectaba un fluido que corrompía parcialmente el cerebro. Este experimento bizarro era realizado para eliminar la necesidad de asesinar inmediatamente. Es decir, Dahmer deseaba crear un muerto viviente, un zombie que pudiera utilizar para sus desviaciones sexuales cada que así lo quisiera. La ventaja que Dahmer veía en tener un cuerpo sin alma era que así no tendría la urgencia de salir a ligar víctimas para saciarse. Pero, por otro lado, la ausencia de cuerpos le habría significado carecer de partes para culminar la construcción del altar que durante varios construyó pacientemente.
Al igual que sus predecesores, Dahmer era un viscerófilo que empezaba su ritual con la sodomía y el sexo oral antes de convertir los abdómenes abiertos en receptáculos de líquidos, coleccionando orgasmos a través de la vista, el olor y el contacto con las vísceras. Sabiendo que dichos restos no podían preservarse por mucho tiempo, utilizó una Polaroid para retener las imágenes indefinidamente. Gilles de Rais, El Sargento Bertrand, Jack el Destripador, Otto Stephen Wilson, el asesino de Elizabeth Short, todos compartían el deseo total de invadir la privacidad de los abdómenes sellados y obtener placer de las vísceras vírgenes. Dicha práctica es una forma excesiva de coprofilia, el ansia de jugar (o comer incluso) con el excremento tibio, así como con las exudaciones de los intestinos. En estos casos extremos, la fascinación parte de las sustancias expelidas por las entrañas e intestinos.
Pero la fascinación por las vísceras también posee sus vínculos ocultos. En tiempos remotos los torsos humanos abiertos fueron utilizados como oráculos por los hechiceros. La visceromancia, como ha sido llamada, fue practicada  por aztecas y etruscos, donde los chamanes hurgaban entre los intestinos para encontrar los trazos del porvenir. Por supuesto, pocas veces se pudo adivinar el futuro, aunque el placer sexual que ofrecían las entrañas era compartido por monarcas y sacerdotes, reyes y hechiceros.
La representación de Kali
Dahmer también siguió los pasos de De Rais en su pasión por coleccionar cabezas cortadas de sus víctimas. Pero la satisfacción sexual no era el único motivo en los crímenes de Dahmer, también existió el factor de la magia negra. Así como Gilles de Rais tuvo su cámara ritual especialmente adaptada en los sótanos de Tiffauges, Dahmer planeaba utilizar cráneos y otras partes corporales humanas en la construcción de un altar mágico en su apartamento. Cuando fue arrestado admitió que su intención era “entrar en contacto con los espíritus”. Al interrogársele cómo intentaría lograr su propósito, Dahmer, quizá sin saberlo, retomó otra de las enseñanzas de De Rais: a través de la acumulación potencial de riqueza.
La brujería de Jeffrey Dahmer se basaba en la nigromancia y sus rituales requerían un equipo de vivisección altamente sofisticado. Esto se puede ver claramente en el tratamiento de una de sus víctimas. Tras asesinarla desolló esmerada y totalmente el cuerpo del hombre, para después desmembrarlo y disponer de los restos; sólo conservó el cráneo y la piel desollada. En los interrogatorios argumentó haber destruido más tarde la piel en ácido, probablemente porque fracasó en su intención de preservarla apropiadamente y aquella entró en estado de descomposición. Dahmer deseaba vestir la piel como parte de sus oscuros rituales. De hecho, en ocasiones vestía la piel negra de una de sus víctimas mientras se rodeaba de su colección de cráneos, manos y genitales, convirtiéndose en la representación masculina de la diosa Kali.

El relicario de Dahmer nunca se construyó, ya que el arresto llegó antes de que pudiera completar el número de cráneos necesario para sus propósitos. Tenía algunos, pero no los suficientes. Sus planes estaban delineados en papel cuidadosamente, incluso con los colores que las paredes llevarían. La mesa la adornarían diez cráneos e igual cantidad de incensarios. A la izquierda y derecha de la mesa se colocarían dos esqueletos completos. Al centro, en el muro, habría una placa con ojos pintados. Más allá de la mesa destacaría una lámpara de siete brazos, luciendo como un Menorah invertido, el candelabro judío de siete ramificaciones. El color del esquema era negro, rodeado por el azul.
Lo que Dahmer planeó construir era, en efecto, un tabernáculo. O, para ser más precisos, un tabernáculo negro. Dentro del tabernáculo bíblico, construido por Moisés, estaba el Arca de la Alianza conteniendo las tablas en piedra con los diez mandamientos. La tabla de Dahmer, pieza central de su relicario, la adornarían diez cráneos. Ya tenía tres preparados al momento de ser arrestado. El Arca de la Alianza estaba flanqueada por dos querubines de oro. La versión de Dahmer estaría flanqueada por los esqueletos referidos párrafos antes. Moisés recibió instrucciones de colocar dentro del tabernáculo un candelabro de siete brazos e incienso, algo que Dahmer también siguió al pie de la letra. El tabernáculo de Moisés era un lugar donde la comunicación con Dios era posible; el lugar de Dahmer sería para conjurar al diablo.