William Heirens: el mensaje en el muro

POR José Luis Durán King
Oficialmente, William Heirens es el culpable de tres homicidios, por lo que nunca saldrá de prisión. Sin embargo, su juicio estuvo plagado de anomalías. Algunos especialistas afirman que el verdadero homicida murió en completa libertad

En el año de 1946, la sociedad de Chicago rezaba para que la Segunda Guerra Mundial terminara y naciera una nueva época: la del relajamiento, la buena vida. Chicago, más que cualquier otra ciudad de Estados Unidos, necesitaba vivir, alejarse de la violencia, recuperar una normalidad de la que carecía desde hace muchos años. Puede decirse que la ciudad no bien había salido de los efectos desastrosos que trajo consigo la Prohibición –que estimuló a que Al Capone convirtiera a Chicago en un campo de batalla a causa del control absoluto del alcohol– cuando ya había entrado a la segunda conflagración internacional. Sin embargo, en vez de la anhelada paz llegó Williams Heirens.
Ese año, el estudiante universitario de 17 años confesó tres asesinatos brutales. Los periódicos vendieron más ejemplares que nunca al dar a conocer los gustos del asesino por los libros de Edgar Allan Poe pero, sobre todo, porque, después de cometer un asesinato, Heirens escribió en una pared, con lápiz labial, un mensaje a la policía. De inmediato, los lobos de la prensa tenían el nombre público del estudiante: “El asesino del lápiz labial”. De acuerdo con la confesión de Heirens, había asesinado a dos mujeres y desmembrado a un niño de seis años. Al leer esto, la gente recuperó la tranquilidad de caminar por la noche en las calles de la ciudad, pues el hombre lobo había sido encadenado.
Heirens era el sospechoso principal de los tres asesinatos desde que había sido arrestado dos meses antes de su confesión. Ladrón en pequeño autoconfeso, fue aprehendido en el interior de una casa a la que había ingresado tras romper los vidrios de las ventanas. Mientras estuvo en custodia fue señalado por las autoridades como el asesino de las tres víctimas. Brutalmente interrogado, Heirens finalmente admitió haber cometido los homicidios en respuesta a que la policía le prometió inmunidad ante la pena de muerte. (Confesé para vivir”, más adelante diría). Fue sentenciado a tres cadenas perpetuas. Hasta el momento de escribir esto, Heirens todavía vive y continúa asegurando que es inocente.

Lápiz labial


Josephine Ross, de 43 años, tres veces divorciada y desempleada, vivía con sus hijas Mary Jane (Blanchard) y Jacqueline (Miller) en un departamento pequeño de la avenida en el lado norte de Chicago. Pasaba gran parte de su tiempo en los cines, visitando adivinas y peleando con su último esposo por la pensión que la propia autoridad había invalidado. Tenía planeado abrir un restaurante con el dinero que obtendría, proyecto que nunca se cumplió.
El 5 de junio de 1945, Josephine visitó temprano a una de sus psíquicas. Su hija se fue a trabajar a las 9 de la mañana y Josephine se metió nuevamente a la cama a dormir. Su cadáver fue descubierto a la 1:30 de la tarde, cuando Jacqueline llegó a casa, como siempre lo hacía, a almorzar. El interior del departamento estaba en completo desorden; Jacqueline corrió a la recámara de su madre y la encontró en la cama, con la garganta herida en varias ocasiones; tenía el vestido enrollado a la altura del rostro. La sangre había salpicado los muros y varias prendas de vestir de Josephine estaban dispersas por el piso. En el lavabo del baño adjunto había un charco de agua con sangre. El asesinó había “robado” sólo unas cuantas monedas. No había huellas dactilares.
Frances Brown era una mujer menuda, de cabello castaño. Vivía en la avenida Pine Grove, no muy lejos de donde Josephine había sido asesinada. Estaba sola la noche del 10 de diciembre de 1945. Su compañera de cuarto, Viola Butler, fue a pasar la noche a casa de unas amigas. La señora Brown salió un rato a la calle y regresó a las 9:30 de la noche, aproximadamente. De acuerdo con uno de los vecinos, Brown esperaba una llamada telefónica. Su cuerpo desnudo fue descubierto al día siguiente por Martha Engels, la portera del edificio, quien entró al departamento de Brown al escuchar que el radio estaba prendido desde muy temprano con el volumen muy alto. El cuerpo de la asesinada yacía en una mancha enorme de sangre sobre la cama. Alrededor de su cabeza tenía enrollada su pijama, una navaja estaba clavada en su cuello y tenía un orificio de bala en la cabeza.
Un vecino, George Weinberg, escuchó lo que parecían ser disparos de arma de fuego a alrededor de las 4 de la mañana. Dijo a la policía que había alcanzado a ver a un hombre de entre 35 y 40 años que salía apresuradamente del edificio. La policía determinó que el intruso había subido por la escalera de emergencia hasta alcanzar el departamento de la señora Brown. En el espejo del tocador de la víctima el asesino escribió un mensaje con lápiz labial: “Por todos los cielos, atrápenme antes de que vuelva a matar. No me puedo controlar”. Una de las teorías acerca de la identidad del asesino aducía que éste en realidad era una mujer. “Por todos los cielos”, era un expresión más femenina que masculina. Un carnicero local llamado George Carraboni confesó el crimen, pero su historia cambió tantas veces que la policía no pudo tomarlo en serio.
Pero lo peor estaba por llegar.
Suzanne Degnan, de seis años, se metió a la cama con la promesa de sus padres de que al día siguiente le comprarían algodones de azúcar. La promesa no se cumplió, aquella noche encontró una muerte horrible. Jim y Helen Degnan, junto con sus dos hijas, Suzanne y Betty, compartían una casa enorme con otra familia. Los Degnan ocupaban la planta baja y los Flynn la parte de arriba. La noche del 6 de enero, los Degnan se fueron a dormir después de cenar. Cerca de la madrugada escucharon ladrar momentáneamente a los perros. Su esposa entonces dijo que le había parecido escuchar que Suzanne lloraba. El matrimonio puso atención y, al no escuchar nada, volvieron a dormirse.
A la mañana siguiente, Jim Degnan fue a despertar a sus hijas para llevarlas a la escuela. Vio que la puerta de la habitación de Suzanne estaba cerrada, detalle que le llamó la atención, pues su hija temía a la oscuridad. Degnan fue por la llave y entró a la habitación. Todo estaba en desorden, las ventanas abiertas de par en par y su hija había desaparecido. La familia revisó toda la casa, preguntó a los Flynn, pero fue inútil.
La policía descubrió en el piso de la habitación un mensaje que decía: “Consigan 20 mil dólares y esperen. No notifiquen a la policía o al FBI. Quiero billetes de 5 y 10 dólares. Quemen este mensaje por la seguridad de ella”.
Durante la noche del 7 de enero, dos patrulleros que hacían su recorrido vieron que la tapa de una alcantarilla no estaba bien colocada. Se detuvieron a investigar y observaron la cabeza rubia de lo que parecía ser una muñeca. El resto de Suzanne Degnan –sus piernas y torso– fue hallado en otras alcantarillas adyacentes. Los brazos de la menor aparecieron varias semanas después. El sótano de un edificio de la avenida Winthrop fue donde ocurrió el desmembramiento. Sangre, pedazos de carne humana y cabellos rubios fueron encontrados en el caño.

La confesión


La captura y juicio contra William Heirens es un compendio de errores judiciales y excesos de poder, no tanto por el hecho de si Heirens fue el culpable o no de los tres asesinatos, sino porque su caso incluyó interrogatorios brutales, utilización excesiva de la droga de la verdad, confesiones redactadas de antemano y porque una mancha difusa de sangre en una de las paredes se dio por válida como huella dactilar del sospechoso. Heirens había sido interrogado meses antes, cuando la policía lo vio salir por la ventana de un departamento. Traía mucho dinero consigo, pero resultó que el efectivo no correspondía a la casa allanada. Sin embargo, ese arresto sirvió para que posteriormente las autoridades enviaran a Heirens de por vida a la prisión.
No se sabe si Heirens fue culpable de los crímenes que le imputaron, lo cierto es que después del asesinato de Suzanne Degnan y antes de que Heirens entrara a la escena, la policía de Chicago concentraba su atención en un hombre, Richard Russell Thomas, de 42 años, quien era un vagabundo en Phoenix, Arizona, pero que estaba en Chicago en las fechas en que ocurrieron los homicidios. Había purgado una pequeña condena por acosar a una niña de 13 años. Asimismo había confesado el asesinato de Suzanne Degnan, una declaración que se reforzó cuando un experto en caligrafía halló muchas similitudes entre la letra de Russell y el mensaje escrito con lápiz labial.
Sin embargo, cuando Heirens fue arrestado los investigadores que habían interrogado a Russell Thomas adujeron que las palabras de éste eran los delirios de un loco. Thomas pasó un tiempo en la cárcel por acosar niñas y después se sumió en el más oscuro de los anonimatos, hasta que falleció en Tennessee en 1974.
Aunque el caso culminó oficialmente con el encarcelamiento de Heirens, para muchos investigadores está abierto. En 1996, el canal de televisión estadunidense ABC hizo su propia investigación, a la que denominó ¿El hombre equivocado? Entre la gente que los periodistas investigaron destaca David Grimes, analista de caligrafía de FBI. Grimes argumenta que después de haber comparado exhaustivamente la letra de Heirens con el mensaje con lápiz labial, concluyó que no hay ningún elemento que empate. “Heirens nunca escribió el mensaje en el muro”, dijo Grimes plenamente convencido.

1 thought on “William Heirens: el mensaje en el muro

  1. En el año de 1946, la sociedad de Chicago rezaba para que la Segunda Guerra Mundial terminara y naciera una nueva época: la del relajamiento, la buena vida.

    Hay un pequeño error de cronología al comienzo del artículo. La Segunda Guerra Mundial terminó el 2 de setiembre de 1945, con la rendición incondicional de Japón.

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