Henry Louis Wallace: la sonrisa del lobo

POR Opera Mundi
Era un tipo confiable. Las mujeres, seducidas por su sonrisa, modales educados y mirada sincera, lo invitaban a sus hogares a cenar, veían cómo arrullaba a los niños en sus brazos y nueve de ellas que aceptaron sus invitaciones nunca más volvieron a casa

Entre 1992 y 1994, nueve mujeres negras de Charlotte, Carolina del Norte, fueron violadas y asesinadas, en una espiral de violencia que tomaba fuerza paulatinamente y reducía el intervalo entre cada una de las muertes. Durante casi dos años el asesino no dejó rastros que ofrecieran a la policía esperanzas de atraparlo. Charlotte entró en la histeria y las autoridades judiciales parecían no contar con los elementos suficientes para comprender qué estaban enfrentando. Entre otras carencias, el departamento de policía local sólo contaba con siete investigadores de tiempo completo, los cuales no habían recibido entrenamiento para identificar conductas psicopáticas y menos aún para enfrentar a un asesino serial. De hecho, cada uno de los asesinatos fue investigado por separado, es decir, se designó a un detective por cada homicidio. Por supuesto, no hubo resultados inmediatos y los asesinatos continuaron a la alza. La policía tuvo que tragarse su orgullo regional y solicitar ayuda al Buró Federal de Investigaciones (FBI).
“Aunque hubiéramos contado con mayor información”, declaró durante la investigación del caso Charisse Coston, profesor de Justicia Criminal de la Universidad de Carolina del Norte, “el victimario no llenaba los requisitos de un asesino pluralista. Contaba con amigos y familiares, era estimado por sus compañeros de trabajo y no parecía ser un hombre de estallidos violentos”
Sin embargo, Henry Louis Wallace, que a la postre resultó el presunto culpable, sí tenía algo en común con el resto de los predadores seriales: era capaz de ocultar sus deseos más profundos. Coston adujo: “Todas las personas a las que asesinó confiaban en él. No había motivos para desconfiar. Confiaron incluso segundos antes de que fueran atacadas.”
Un artículo de la revista Time de 1994, titulado “Dances With Werewolves” (Danza con hombres lobo), confirma lo anterior. La autora, Anastasia Toufexis, escribió sobre Wallace: “Las mujeres, seducidas por su sonrisa, modales educados y miradas sinceras, confiaron en él. Lo invitaban a sus hogares a cenar, veían cómo arrullaba a los niños en sus brazos, aceptaron todas sus invitaciones”.
Fue en los meses posteriores a la detención de Henry Louis Wallace que un retrato inquietante afloró a la superficie, una semblanza que hablaba de un adulto que tuvo una infancia atroz, de alto consumo de drogas, de violentas fantasías sexuales. Fue la descripción de un hombre al que la prensa de su localidad describió como “un asesino calculador, de sangre fría… que llevó a cabo sus sacrificios limpiando meticulosamente las escenas de sus crímenes”. Un fantasma cuyas compulsiones mantuvieron en jaque a la ciudad, a las fuerzas policiacas y a una población de 400 mil habitantes que tuvo que vigilar por encima de su hombro y evitar los callejones solitarios durante casi dos años.
Una ciudad tranquila
El Departamento de Policía de Charlotte-Mecklenburg ha operado siempre con un presupuesto bajo. Sus esfuerzos, sin embargo, han culminado en programas orientados a resolver sus problemas prioritarios. Por ello, su guerra contra el crimen ha sido generalmente exitosa. El bienio 1992-1994 fue diferente, al enfrentarse a un asesino de mujeres que en 22 meses de actividad atacó fatalmente a nueve víctimas, las primeras tres en un año. La policía local no estaba entrenada para enfrentar a un asesino serial. De hecho, el primero de los nueve homicidios no fue considerado como tal, simplemente en el archivo apareció la frase “persona desaparecida”.
Los delitos pasaron inadvertidos hasta el 19 de junio de 1992. El gerente del restaurante Bojangle llamó a Kathy Love para preguntarle por qué su hermana, Caroline, no se había presentado a trabajar en los últimos dos días. Alarmada, Kathy fue a la casa de su hermana, pero no la encontró. Contactó a la que fuera compañera de habitación de su hermana, Sadie McKnight, quien también estaba preocupada por la ausencia de Caroline. Finalmente las dos mujeres decidieron dar parte a la policía.
El investigador asignado al caso interrogó al gerente del restaurante y se enteró de que él fue la última persona que vio con vida a Caroline. Ella pidió que le cambiaran un billete de 100 dólares, pues pensaba ir a la lavandería. Al buscar en el apartamento, los detectives notaron algo raro. El mobiliario al parecer había sido recolocado. Curiosamente, las sábanas de la cama de Caroline fueron removidas de su lugar y no estaban en la tina de la lavadora, pese a que ésta estaba llena de ropa sucia. Es decir, la mujer nunca fue a la lavandería. Su caso también se consideró de “persona extraviada”, categoría en la que se mantuvo hasta que sus restos fueron recuperados dos años más tarde.
El crucigrama que tuvo que resolver la policía de Charlotte-Mecklenburg no fue sencillo, sobre todo porque el asesino de mujeres, además de elegir como víctimas a elementos femeninos, carecía de un modus operandi. Por ejemplo, en un principio nadie relacionó la desaparición de Caroline Love con el asesinato de la adolescente Shawna Hawk, quien fue hallada envuelta de una cortina de plástico y ahogada en la tina del baño. La autopsia reveló que el cráneo de Shawna Hawk había sufrido serias laceraciones a causa de un objeto contundente. Sin embargo, el forense determinó que la joven no había fallecido a causa de los golpes en la cabeza sino que había sido estrangulada con un cordón de plástico.
Una pausa en Taco Bell

Expertos en el tema, como los perfiladores del FBI Roy Hazelwood y Robert Ressler, coincidieron en señalar que el hombre al que la prensa ya denominaba El Estrangulador de Charlotte no encajaba con las características de los asesinos seriales típicos, carecía de patrón de conducta. Incluso, Ressler señaló que si el asesino deseaba convertirse en otro Ted Bundy, aquel “estaba caminando en la dirección equivocada”.

Fueron necesarias nueve víctimas para que la policía tuviera un punto de partida para atrapar al asesino. El detective Gary McFadden comparó las entrevistas hechas a amigos y familiares de las muertas y el resultado apuntaba en una sola dirección: las jóvenes no se conocieron entre sí ni asistieron a las mismas escuelas. Sin embargo, un nombre aparecía en todos los documentos: Henry Louis Wallace. Shawna Hawk y Audrey Spain habían trabajado en alguna ocasión para el mismo gerente de un Taco Bell: Henry Wallace. Valencia Jumper fue una amiga cercana de la hermana de Wallace, Yvonne. Michelle Stinson comía a menudo en el Taco Bell y platicaba con Wallace. Vanessa Mack era hermana de una de las ex novias de Wallace. Y Betty Baucom era amiga de la actual novia de Wallace, Sadie McKnight.
En un principio nadie creyó que Wallace fuera el principal sospechoso de la orgía de sangre que tenía lugar en Charlotte. Henry Louis era un gordo afable, un hombre negro con cara de niño, de 29 años, siempre sonriente, excepto en algunas ocasiones, por ejemplo, cuando asesinaba a las mujeres en sus propias casas, para después sentarse plácidamente en algún sillón a disfrutar un rato de televisión.
El malquerido

Wallace nació en Barnwell, Carolina del Sur, el 4 de noviembre de 1965. Carmeta V. Albarus, una trabajadora social, certificó que la madre de Wallace “controló siempre a su hijo mediante la violencia, el abuso emocional y otros métodos inapropiados”. Además de la carencia de un equilibrio emocional, la casa de los Wallace no tenía electricidad ni instalaciones sanitarias. Los miembros de la familia –Henry, su hermana Yvonne, un medio hermano menor, la madre y la abuela– hacían sus necesidades en cubetas, cuyo contenido era arrojado posteriormente en los lotes baldíos cercanos.
Debido a que la madre trabajaba todo el día, los niños tuvieron que crecer a toda prisa. Pero la disciplina nunca se rompió en la familia Wallace. Cuando la madre pensaba que sus hijos merecían ser castigados, hacía que éstos le trajeran un cable de plancha que servía para azotarlos. Si estaba muy fatigada ordenaba que uno de los hermanos golpeara al otro. En una ocasión, al ser entrevistado en la cárcel, Wallace recordó lo doloroso que resultaba para él azotar a su hermana.
Pero el peor castigo lo recibió Wallace a los 16 años, cuando su padre lo llamó y le dijo que siempre había tenido ganas de conocerlo. Le prometió que iría a visitarlo el fin de semana y que saldrían juntos a dar la vuelta. El joven estaba fuera de sí, pensando cómo sería su padre y lo bueno que resultaría caminar juntos. Sin embargo, el padre nunca llegó. Hasta la fecha, Wallace espera que la mejor promesa que jamás le han hecho en su vida se cumpla, aunque el tiempo se agota en la Prisión Central de Raleigh, cuyo pabellón de la muerte tiene como uno de sus inquilinos a El Estrangulador de Charlotte