Hermafroditas: una incógnita de varios siglos

POR Elizabeth Reis
 En el crepúsculo del siglo XIX, el hermafrodita era un ser casi mitológico para los médicos de la época, que por cuestiones de moral más que de salud, se negaban a incorporarlo en las descripciones anatómicas. También, la mayoría de ellos asociaba el hermafroditismo (en la medida en que admitía su existencia) con la perversión sexual
Desde el punto de vista anatómico, el hermafrodita no es un monstruo ni un fenómeno de la naturaleza, sino una criatura que carece de un desarrollo ordinario, es decir, no se desarrolla sexualmente en conformidad con su especie. Fisiológicamente, es un degenerado, impotente y estéril, imperfecto en el impulso y el equilibrio característico, en razón de su sexo inestable y pervertido (1892).
Así escribió un autor anónimo en una revista médica de 1892. En el siglo XIX, los hermafroditas (un término histórico para describir a aquellos que nacen con la discordancia entre los múltiples componentes de la anatomía sexual: los órganos reproductores internos, genitales externos y los cromosomas) ya no eran ostensiblemente considerados “monstruos” o “fenómenos de la naturaleza”, a pesar de que siguieron inspirando una mezcla de compasión, asco y fascinación, incluso entre los médicos, de quienes se pudo haber esperado que fueran desapasionados en torno a los cuerpos anómalos. En la América colonial, antes de que la cirugía fuera una opción para “arreglar” lo que estaba “equivocado”, los primeros intérpretes consideraron los genitales inusuales como evidencia de que la naturaleza tendía hacia el mal. Los ministros y los médicos vieron en el hermafroditismo lo mismo a la providencia que al diablo en los “nacimientos monstruosos”. Y las madres a menudo fueron culpadas de las anatomías de sus bebés, ya que la sabiduría popular opinaba que la imaginación materna puede causar todo tipo de anomalías congénitas. Los médicos masculinos, y las parteras también, hicieron declaraciones sobre el género que tuvieron amplias ramificaciones legales, ya sea para resolver casos de bastardía o de impotencia, confirmar o negar acusaciones de violación, o comprobar procedimientos de divorcio.
Estas primeras discusiones sobre los órganos genitales atípicos tienden a asumir la inmutabilidad del sexo. El hermafrodita no era hombre ni mujer, y en los casos en que las pertenencias físicas del sexo sugerían ambigüedad, la mayoría de los comentaristas simplemente retomaba el lenguaje de la deformidad. Los manuales de jurisprudencia médica y los tratados ginecológicos del siglo XVIII generalmente ponían en duda la existencia de los hermafroditas. Los médicos varones insistían en que muchas de las personas a las que las se consideraba hermafroditas eran en realidad mujeres con un clítoris agrandado. La creencia errónea en los hermafroditas, sugerían algunas autoridades médicas, se debía a la ignorancia de la anatomía humana, especialmente la de la mujer. Si hermafroditas eran en realidad las mujeres con clítoris grande, entonces su condición podía dar lugar a dos males: podía dificultar el coito y promover las relaciones sexuales entre mujeres.
Confusión genital
Para principios del siglo XIX nuevamente las autoridades médicas se tomaron la libertad de asignar un género a las personas (no sólo niños) de genitales inciertos, incluso si esa asignación se oponía a la preferencia del paciente y contradecía el desempeño genérico anterior del individuo. Al igual que el resto de la sociedad del siglo XIX, los médicos tenían a la institución del matrimonio en alta estima e intentaron crear órganos genitales que pudieran adaptarse a las relaciones maritales normativas. También había razones legales para “demostrar” que los pacientes no eran hombres ni mujeres, cuando un problema tenía que ver con la emancipación, la herencia o el divorcio. La existencia de los cromosomas o de las hormonas aún no se conocía, ni la inspección de las gónadas internas era entonces posible. Con confusión, los médicos observaban los genitales a menudo contradictorios, por lo que sus declaraciones dependían tanto de los indicadores de los estereotipos sociales tradicionales como de los biológicos cuando decretaban hombre o mujer a un individuo físicamente anómalo. Sin embargo, el decreto lo hacían a causa de la convención requerida de que una persona sea claramente masculina o femenina.
En las últimas décadas del siglo XIX, la controversia sobre la definición del hermafroditismo se intensificó. Los artículos especializados de la época pueden ser interpretados como conversaciones entre médicos que leían sólo para refutar el trabajo de sus colegas. A menudo los profesionales de la salud utilizaron de referencia casos previamente publicados con el fin de reforzar sus propias opiniones. Los asuntos de hermafroditismo no fueron la excepción. Los médicos citaban precedentes del siglo XVI, por ejemplo, con el propósito de demostrar a sus colegas que los hermafroditas no existían, a pesar de los casos de sexo ambiguo que continuaban presentándose. Los pacientes que se evaluaban, entonces, eran “realmente” hombres o mujeres, y los médicos publicaban sus casos inusuales para demostrar sus puntos y validar su autoridad. A pesar de su desacuerdo fundamental sobre si hubo un hermafrodita verdadero, dichos médicos tenían mucho en común. La mayoría de ellos quería ver a sus pacientes participando en relaciones heterosexuales, especialmente en el matrimonio. Y, también la mayoría, asociaba el hermafroditismo (en la medida en que admitían su existencia) con la perversión sexual.
La imposibilidad de la perfección
Aunque los médicos querían asegurarse de la especificidad y estabilidad del sexo de cada persona, las incertidumbres en torno a los criterios de feminidad o masculinidad abundaron durante el siglo XIX. ¿Había personas para quienes el sexo podía nos estar firmemente establecido?
En el libro de texto de jurisprudencia médica de 1787 de Samuel Farr, publicado en Estados Unidos en 1819, los hermafroditas “perfectos” fueron definidos como aquellos que “portaban las señas de identidad de ambos sexos, con un gozo potencial de cada uno”. Debido a que los escritores anteriores habían requerido un complemento perfecto de las piezas para calificar a un hermafrodita, Farr impulsó la definición a un punto crucial añadiendo un “poder del disfrute”. Los hermafroditas debían contar con ambos conjuntos de órganos y ser capaces de utilizar cualquiera de ellos para la satisfacción sexual. ¿Podría un hermafrodita obtener placer sexual tanto con una hembra como con un macho? Esto parecía imposible para la mayoría de los analistas, aunque revisitaron el tema en diversas ocasiones a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Más de un comentarista del siglo XIX también se preguntó si los hermafroditas serían capaces de fecundar. Sin embargo, los médicos estaban seguros de que la respuesta era no. Ningún caso se había encontrado nunca.
Para mediados del siglo XIX, algunos médicos estadounidenses estaban familiarizados con los esfuerzos manipuladores y estabilizadores de Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, autor de Histoire des anomalies de l’organization, publicado en 1832-1836 y pronto compilado en inglés en el prominente libro de texto de jurisprudencia médica de Theodrick Romeyn Beck de 1838. Geoffroy Saint-Hilaire sostenía que el hermafroditismo, per se, no existía; como lo explica un pasaje traducido por Beck: “Los órganos externos (como el pene y el clítoris) nunca se han encontrado perfectamente dobles”. Geoffroy Saint-Hilaire creía que los anatomistas habían resuelto el debate sobre el hermafroditismo de una vez por todas; concluyó que “es anatómica y fisiológicamente imposible”. Haciendo eco de Geoffroy Saint-Hilaire, John North, autor de un artículo en dos partes sobre hermafroditismo y otras “monstruosidades”, publicado en Estados Unidos en 1840, también negaba la existencia del hermafrodita perfecto. “Aunque vemos muchos casos de hermafroditismo verdadero en los reinos animal y vegetal, no han existido tales casos en el ser humano; ningún hermafrodita humano en el sentido propio del término ha existido jamás, ni ninguno de los así llamados hermafroditas hombres ha sido incluso capaz de desempeñar las funciones sexuales de ambos sexos.”
Pero a pesar de afirmaciones contrarias, algunos médicos estaban convencidos de que la gente que veían era definitivamente hermafrodita, aunque a veces atenuaban sus afirmaciones etiquetando a una persona de “espuria”, “falsa” o “seudohermafrodita” si sus genitales externos no se alineaban con su anatomía interna.
Sexualidad espuria
En 1850, el doctor Jonathan Neill, un profesor de anatomía en la Universidad de Pensilvania, presentó a un sujeto que él creía que “ciertamente corporizaba el concepto hermafrodita”. La persona, ya fallecida, fue trasladada a las salas de anatomía de la universidad para realizarle una autopsia. No se sabía mucho sobre ella, aparte de que “residía entre los negros degradados en la parte más pobre de la ciudad”, de acuerdo con el jurado forense, y que murió de “embriaguez y exposición”. El jurado fue capaz de conjeturar a partir de los dientes y de “la apariencia general” que tenía entre 25 y 30 años cuando murió. Aunque el sujeto vestía ropa femenina, el doctor Neill no estaba del todo convencido de que se trataba de una mujer. Tenía los senos grandes y carecía de pelo en la cara, dos marcas que normalmente indican feminidad. Pero otras características sexuales secundarias sugerían la masculinidad. Neill escribió que si uno miraba sólo el radio entre el ancho de los hombros a la estrechez de las caderas, así como en la forma de las extremidades, todo “indicaba el sexo masculino”.
¿Cuáles fueron los indicadores sexuales definitivos entonces? ¿Fueron los senos grandes, un rostro hermoso, las caderas estrechas y los hombros anchos? Tras la inspección, los órganos genitales revelaron una ambigüedad similar. El médico Neill dijo que a partir de un “vistazo superficial” de los genitales “casi nadie habría apostado de que se trataba de un hombre hipospádico”. (La hipospadia es una condición en la que la abertura de la uretra no está en la punta del pene, sino debajo de su lugar. En los casos graves, la apertura cae más cerca del escroto, por lo que puede parecer a los labios mayores.) Dado que esta persona había muerto, Neill podía ir más allá de lo superficial y realizar una autopsia en busca de más pistas. En el interior del cuerpo, Neill descubrió órganos reproductores femeninos: útero, trompas de Falopio, ovarios pequeños y una vagina estrecha “de la medida adecuada”.  Considerando al individuo estudiado más mujer que hombre, Neill clasificó al sujeto como “hermafroditismo espurio en la mujer”.
Cinco años después, los médicos France Wharton y Moreton Stillé mencionaron el caso en su libro de texto, A Treatise on Medical Jurisprudence. Lo que Neill había visto como un pene hipospádico, Wharton y Stillé lo describieron como un clítoris largo y un pene. En un despliegue inusual de incertidumbre, uno (Neill) describe que el sujeto tenía un clítoris de cinco pulgadas de largo mientras que los otros (Wharton y Stillé) se refieren a un pene. Tal vez Wharton y StillÉ estaban desconcertados por el dibujo del individuo incluido junto con el artículo de Neill.
En seguida de la descripción de Neill, la fotografía del individuo revelaba un físico masculino atlético: hombros anchos, caderas estrechas y miembros musculosos. Tenía senos y un rostro delicado, y los genitales parecían más de hombre que de mujer, como Neill sugirió desde un principio. Un segundo dibujo muestra una vista más cercana del pene/clítoris con una abertura vaginal por debajo. Quizá el doctor Neill tenía razón al concluir que la persona tenía “ciertamente el derecho a considerarse hermafrodita”. La representación visual del sujeto es tan confusa como los genitales; el médico forense dijo que el individuo murió de alcoholismo y de exposición, y vivió “entre los negros degradados en la parte más pobre de la ciudad”. La figura representada se parece más a un dios o una diosa griego que alguien devastado por el alcohol y la pobreza. Además, cuando el individuo llegó a la universidad ya estaba muerto, la imagen de él/ella posando con elegancia, de pie contra una tabla, da mayor incertidumbre al caso.
Wharton y Stillé reconocieron que la definición de hermafroditismo fue cambiando, aunque a su lenguaje lo traiciona una referencia permanente al asunto del monstruo. “Hermafroditismo” ya no se usa sólo para describir la “perfecta” unión de los órganos masculinos y femeninos en un solo individuo, quien, junto con la autofecundación, parecía imposible. A mediados del siglo XIX, el término se estaba utilizando de manera más amplia, sin la acepción de “perfecta” para describir, como ellos dicen, “todos aquellos casos en los que existen dudas sobre el sexo real, como consecuencia de una aberración del tipo normal de los órganos genitales”. Ese desarrollo, a su vez, refleja el creciente reconocimiento de la comunidad médica a que generalmente era difícil determinar el sexo de una persona, especialmente a una edad temprana, o incluso, como en el caso de Neill, después de la muerte. “Sólo nos queda esperar para aproximarnos a la verdad”, señalaron Wharton y Stillé, “observando si hay cierta regularidad en los fenómenos de la naturaleza, y así descubrir, si es posible, alguna correspondencia consistente entre las desviaciones visibles y aquellas que se ocultan a nuestra vista”. Asimismo, Wharton y Stillé advirtieron contra una pronunciación apresurada acerca del sexo “verdadero” de de una persona, advertencia que no fue escuchada en gran medida en el siglo XX.
¿Homosexuales?
Las autoridades que creyeron en la imposibilidad del hermafroditismo no negaron que en ocasiones las personas nacen con una mezcla de órganos masculinos y femeninos. Por el contrario, sostuvieron que, a pesar de dichas conformaciones corporales, cada individuo tenía un sexo verdadero al que él o ella pertenecía. Su reticencia ante los hermafroditas, entonces, significa simplemente que los médicos tendrían más dificultades para determinar la identidad de cada paciente. Si los hermafroditas eran, en el mejor de los casos, extremadamente raros, entonces los pacientes de sexualidad ambigua eran hombres o mujeres que simplemente tenían que reconocer su sexo verdadero. Por supuesto, este reconocimiento podía causar problemas. Supongamos, por ejemplo, que el paciente X estaba viviendo como hombre en la intimidad sexual con una mujer. Si un médico decidía que paciente X no era realmente un hombre, sino más bien una mujer, entonces la relación de X era homosexual. El hermafroditismo, así, tenía el potencial de fomentar la homosexualidad y, por asociación con este “vicio” prohibido, con la perversidad y la inmoralidad, como sugiere el epígrafe.
En el siglo XIX, los médicos comenzaron a clasificar las diferencias entre los presuntos hermafroditas y los homosexuales. Para los lectores modernos, las distinciones parecen obvias: el hermafroditismo se trata de anomalías físicas. La homosexualidad no tiene nada que ver con la forma de los genitales; tiene que ver con la orientación sexual. Las personas que nacen con genitales ambiguos pueden o no experimentar deseo por personas de su mismo género, al igual que sucede con las personas nacidas con genitales inequívocos. Aunque algunos científicos buscan indicios genéticos u hormonales sobre el origen de la homosexualidad, conectando así la propensión a la biología, la opinión predominante es que el deseo sexual por el mismo género no depende de la manifiesto de rasgos físicos. Es decir, incluso los hombres de ciencia que investigan las causas biológicas no suelen estudiar la anatomía genital.

A finales del siglo XIX y principios del XX, algunos médicos establecieron una distinción similar a la que comúnmente se utiliza en la actualidad: los hermafroditas necesariamente tenían una anatomía genital inusual, los homosexuales no. La divergencia, sin embargo, no fue clara. Los médicos a menudo equiparan a hermafroditas y homosexuales. Por ejemplo, si los genitales hermafroditas eran ambiguos y por ello enmascaraban su “verdadero” sexo, ¿podría entonces considerarse sus relaciones sexuales como homosexuales? Y del mismo modo, ya que los homosexuales prefieren la intimidad con los miembros de su mismo género, ¿entonces podrían estar sufriendo un hermafroditismo “mental” o “psíquico”, una deformidad centrada en el cerebro, que es también un órgano? Aunque poseían genitales “normales”, dichos desviados (como se les denominaba en ese entonces), podían sin embargo ser empujado por su órgano mental hermafrodita para sentir y actuar de forma transgresora. Algunos partidarios de esta opinión querían modificar las opiniones negativas sobre el deseo por el mismo sexo, demostrando que aquel era congénito, al igual que hoy muchos afirman que la proclividad sexual es biológica, innata e inmutable, en lugar de ser “una elección”, y por lo tanto, inmoral. En el proceso, entonces, de combinar las categorías, el hermafroditismo se enreda aún más con las asociaciones negativas de la degeneración homosexual. Considerando que en años anteriores estuvo relacionado con la monstruosidad y la duplicidad, a finales del siglo XIX y principios del XX, el hermafroditismo se convirtió en casi un sinónimo de inmoralidad y perversión.
Ambas tendencias –equiparar el hermafroditismo con la monstruosidad o con la desviación social o sexual—  refleja el poder persistente de la concepción binaria de la sexualidad de la sociedad occidental. Y muchas de las preguntas que habían animado a la literatura médica y legal de los siglos XVIII y XIX siguieron dominando en la era moderna.
Tomado de: Common-Place. Vol. 8, Núm. 2. Enero 2008.
Traducción y edición: José Luis Durán King.