Isaac Asimov: la eternidad no dura para siempre

POR Wendy Lesser  
Cuando el futuro descansa ligeramente en uno de los bolsillos de nuestro pantalón en forma de dispositivo de comunicación es tiempo de revisar la obra de este escritor hijo de migrantes rusos. Él vio el futuro cuando todos se regodeaban con el presente
El mundo en el que vivimos es el de las revistas semanales de noticias, impresas en papel, en columnas, se consideran primitivas y profundamente obsoletas; en el que una biblioteca completa de volúmenes encuadernados puede ser almacenada en un dispositivo del tamaño de un dedo; en el que un dispositivo mecánico de sólo cuatro pulgadas de longitud y una fracción de pulgada de grosor puede grabar lo que nos gusta, reproducir una pequeña pieza a través de un pequeño auricular, y descansar cómodamente en un bolsillo cuando no está en uso; en el que los vuelos espaciales se han inventado, pero éstos rara vez son utilizados por los seres humanos, por lo que han perdido interés en ellos después de unas primeras décadas de emoción; en el que los ordenadores portátiles de mano son un accesorio común; en el que la literatura es difícilmente distinguible de una película en la mente del público, y en el que algunos miembros de la sociedad aún provienen de una época pasada en la que todos estos avances no se conocían y eran casi inconcebibles.
Vivimos, de hecho, en un mundo así, pero quiero añadir algo. La descripción anterior, detalle por detalle, caracteriza exactamente el mundo de Isaac Asimov de El fin de la eternidad, una novela de ciencia ficción ambientada principalmente en los siglos 482, 575 y 2456. Lo notable es que dicho libro apareció por primera vez en versión impresa en 1955.
Para aquellos que no estaban por ahí en ese entonces (yo apenas tenía tres años) déjenme asegurarles que ninguna de las realidades de hoy en día mencionadas en el primer párrafo eran aún una paja en el ojo de algún científico. En 1955, año en que mi familia se mudó a Palo Alto, mi padre acababa de empezar a trabajar para IBM, donde ayudó a desarrollar la enorme computadora central que con el tiempo se convirtió en la tatara-tatara-tatara-abuela lo mismo de Mac que de la PC. Para 1966 o 1967, cuando comencé a leer las novelas de Isaac Asimov, una versión de esa unidad central recientemente estaba disponible para su uso en algunas clases de computación de la high school, para que a algunos de nosotros en el sistema escolar de Palo Alto se les enseñara a inscribir la tarjetas perforadas que se introducían en las fauces mecánicas, un proceso tan inhumano, alienante y difícil, tan decididamente digital en su perspectiva, que estuve decidido a no tener nada que ver con los ordenadores de nuevo. Dicha decisión se desintegró aproximadamente en 1983, cuando compré mi primer ordenador personal, “un Kaypro cuadrado cuyos 64 kilobytes de RAM eran ridículos para los estándares actuales, pero cuyo CPU era más poderoso (o al menos es lo que el vendedor me dijo) que la computadora masiva que condujo por primera vez a un hombre a la Luna en 1969.
Y esto por no hablar de las computadoras portátiles, los teléfonos celulares, los flashdrives, el iPod, el DVD, Kindle, y todos los otros dispositivos que entraron en uso generalizado en la reciente década. Asimov pensó todo esto tomaría muchos siglos, y tomó menos de dos generaciones. Aunque se equivocó en la fecha, estuvo fantásticamente bien no sólo en el aspecto de las invenciones, sino en los efectos que tendrían en la sociedad.
Cambios de realidad

Parte del placer de leer ciencia ficción vieja es que con los poderes especiales creados en ti por la retrospectiva histórica puedes comparar las previsiones visionarias con lo que realmente sucedió. Esto te pone más bien en la posición de los “Eternos” de Asimov, los personajes de El fin de la eternidad, quienes están fuera del tiempo, observando y controlando a la vasta mayoría que todavía viven dentro de ella. Los Eternos, contrariamente a lo que su nombre sugiere, no vivirán para siempre; envejecen y mueren igual que las personas normales. Pero tienen amplias facultades de análisis técnico (sus funcionarios de más alto rango son llamados Computadores, que son superiores a los sociólogos, que están por encima de los técnicos) y son capaces de predecir qué va a pasar con cualquier ser humano o con cualquier grupo de individuos. Y debido a que también tienen a su entera disposición una forma fácil de viajar a través de llamadas –que consiste en “ollas” que preseleccionan vías en cuarta dimensión, eligiendo siglos que “suben” o “bajan”— pueden entrar en la historia en puntos específicos del tiempo y cambiarla repetidamente. Estos Cambios de Realidad pueden implicar algo tan pequeño como mover un contenedor de un estante a otro, o tan grande como la ingeniería de la muerte de una docena de personas en un accidente automovilístico. El objetivo es producir el Máximo Deseado de Respuesta (MDR) con el Cambio Mínimo Necesario (CMN) para asegurar, en definitiva, que un evento desagradable, antisocial o perjudicial en general no ocurra, y así mantener a la humanidad en un estado de equilibrio cómodo, aunque un poco aburrida.
Viajeros del tiempo
Aunque la tecnología es lo que hace posible este tipo de control de la realidad, sólo un ser humano es capaz de encontrar el momento exacto y el método de cambio. “La computación mecánica no lo haría”, explica el narrador intangible de Asimov. “El Computaplex más grande jamás construido, controlado por los jefes computacionales más inteligentes y más experimentados que hayan nacido, no podía hacer nada mejor que indicar los rangos en los que la multinacional puede ser encontrada. Fue entonces cuando el técnico, al analizar los datos, decidió un punto exacto en ese rango. Un buen técnico rara vez se equivoca. Un técnico top nunca se equivoca”. Y luego, en una especie sentencia portentosa de un solo párrafo que hace el deleite de la ciencia ficción, Asimov añade: “Harlan era de los que nunca se equivocaban”.
Harlan es nuestro héroe, un hombre cuyo homewhen, o tiempo de origen, es el siglo 95, pero que como adolescente fue extraído de Tiempo para convertirse en uno de los Eternos. Como todos los Eternos, él nunca puede volver a su propio siglo, no sólo porque las normas lo prohíben, sino porque si lo hace, como Jimmy Stewart en It’s A Wonderful Life, encontrará que todo ha cambiado horriblemente; se enterará de que nunca tuvo un hogar, una madre o una existencia de ningún tipo, porque el curso de los Cambios de Realidad (algunos, tal vez, ejecutados por él mismo) lo habría borrado del registro. En vez de eso ahora viaja a través de la luz, moviéndose de un siglo a otro, obedeciendo a sus superiores y sólo de vez en cuando preguntando por qué la vida está estructurada de la forma en que está y si la eternidad realmente dura para siempre. (Al parecer, no: incluso los Eternos no pueden entrar en los siglos “ocultos” entre los días 70 mil y el 150 mil, y cuando entran en el sistema después de eso, todo lo que encuentran es un mundo muerto, deshabitado, sin rasgos distintivos).

No voy a ir más lejos en la trama de esta novela. Si usted nunca ha sido un fan de la ciencia ficción, ya ha perdido su tiempo de todos modos. Pero si alguna vez ha sido un fanático –como yo lo era, bastante obsesivo, en mi adolescencia— no puede hacer nada mejor que volver a las obras de Isaac Asimov. Cursi como cualquier historia de amor inevitablemente lo es e inconsistente como algo de la lógica relacionada con el tiempo resulta ser (¿por qué, por ejemplo, Harlan tiene que cancelar una cita en el siglo 575 con el fin de ir al 3000 y ver a un hombre que está “libre esta tarde”, cuando la lógica normal nos dice que podría haber ido y regresado en cuestión de minutos o incluso segundos?), el argumento esencial tiene una calidad muy convincente que resulta –al menos para mí— irresistible. Conforme me acercaba al final de esta novela me encontré pasando páginas agitadamente de la manera en que siempre lo hago en las últimas cien páginas de una obra de Henry James (incluso, voy a confesar, una novela de Henry James que he leído con anterioridad). Y, como en una novela de James, la fuerza propulsora es el deseo de saber cómo salen las cosas para esos personajes, profundamente indefensos, que están contra dilemas morales que no son fáciles de resolver y que ven frustrados sus intentos de soluciones por personas que son social y económicamente más poderosos de lo que ellos son.
La patria perdida
El fin de la eternidad puede ser una de las mejores novelas de Asimov, pero sigue el mismo patrón esencial de todas las otras, como descubrí cuando recientemente releí Los límites de la Fundación y Los robots del amanecer. Como todos los escritores obsesivos, Isaac Asimov es una víctima de la compulsión que reproduce una sola novela una y otra vez en todas sus múltiples formas. Su más trama es más o menos así: una persona con buena capacidad de análisis y lógica, así como una gran cantidad de modestia y valor probado, se enfrenta a un gigantesco sistema al que, consciente o inconscientemente, provoca su caída. En el curso de sus esfuerzos tiene que depender de otras personas sin saber a ciencia cierta cuáles son sus amigos o amantes, y cuáles sus enemigos o traidores. Destaca en el cruce de las fronteras culturales e incluso interactúa con otras formas de vida (algunas de las relaciones más conmovedoras de Asimov son las que existen entre robots y humanos), aunque retiene un afecto obstinado por los valores y las sensaciones de su propio lugar de origen. En general, ese lugar es la Tierra, e incluso cuando no es así él y su cultura entera tienen una especie de nostalgia residual –aunque también una aversión antiprimitiva del hombre civilizado o una antiinfantil de un adulto— por esa patria perdida hace mucho tiempo, que ha sido cuna de la raza humana.
La experiencia soviética
Una de las ventajas de revisitar el trabajo de décadas atrás de Asimov es que uno puede ver lo mucho que estaba involucrado en la historia de su propio tiempo. Asimov fue hijo de emigrantes que dejaron la Unión Soviética para establecerse en estados Unidos en 1923, apenas tres años después de que Isaac nació; y uno puede, si así lo desea, ver su obra total de ciencia ficción como una recapitulación de la experiencia soviética y de la reacción de la Guerra Fría a ella. Sin embargo, en sus novelas, a pesar de que llevan una etiqueta antitotalitaria incluso más evidente que en los trabajos de Orwell, la supercivilización y progreso tecnológico siempre van de la mano de un debilitamiento general o con la atenuación del espíritu humano, y es sólo mediante la vuelta a lo básico (a la intuición, la sensación o el sentido) que la gente puede seguir avanzando. Se trata de una visión esencialmente nostálgica y como tal es profundamente rusa, por mucho que Asimov puede haberse sentido a sí mismo como un ciudadano con plenos derechos de su nuevo país.
Más de 260 libros
La nota del autor adjunta a la reedición de 2010 de El fin de la eternidad explica que Isaac Asimov, además de escribir grandes cantidades de ciencia ficción, “enseñó bioquímica en la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston y prodijo historias de detectives y libros de no ficción sobre Shakespeare, las operetas de Gilbert Sullivan, bioquímica y medio ambiente. Murió en 1992. “Pero si nos remontamos apenas un cuarto de siglo más o menos, a la edición de bolsillo de 1984 de Ballantine Los robots del amanecer, nos podemos encontrar en un momento cuando el propio autor (por no mencionar a los Ballantine Books) estaba con nosotros. En la nota del autor de ese libro, nos enteramos de que “hasta el momento ha publicado más de 260 libros, distribuidos a través de las divisiones principales del sistema Dewey de clasificación bibliotecaria y no muestra signos de desaceleración. Se mantiene joven, vivo y amable como siempre, y se vuelve más atractivo con cada año. Usted puede estar seguro de que esto es así, ya que él ha escrito este pequeño ensayo por sí mismo y su devoción a la objetividad absoluta es notoria”. Si usted es una de esas personas que, como yo, mantiene su compromiso con lo primitivo, con hábitos de lectura a base de celulosa, las páginas en que usted lee esto se volverán amarillas y deshojarán, pero la voz será tan fuerte, tan vital y viva como siempre. Entonces, esto es lo que yo llamo el tiempo de viajar.
Tomado de: The Threepenny Review. Verano 2010.
Traducción: José Luis Durán King.