J.G. Ballard o la utopía de lo convulso

POR Iván Ríos Gascón
 “Parece obvio que el choque de automóviles es considerado una experiencia más fértil que destructiva, una liberación de la libido del sexo y de la máquina, alcanzando mediante la sexualidad de los muertos una intensidad erótica de otro modo imposible”

La escena más simbólica de Crash (1996), el film de David Cronenberg basado en la novela homónima de J.G. Ballard, es aquella en que James Ballard (James Spader) se tira a Gabrielle (Rosanna Arquette) en un auto modificado para la discapacidad de ella: con férulas, clavos y tornillos en ambas piernas, y uniformada con un vestido de cuero negro, Gabrielle es una especie de robot tapizado de corteza femenina. Sin embargo, su revestimiento es algo defectuoso porque en esas piernas desvalidas transitan sinuosas cicatrices de arriba abajo, cortes anchos y en canal, que simulan una inmensa vulva susurrante, un coño tímido y maltrecho por las medias que pretenden detener sus mágicos reflujos.
Aquella dulce peculiaridad, arroja a James Ballard a un éxtasis divino: desgarra las medias con los dientes y, antes de penetrarla, besa y lame la cicatriz de la pierna izquierda, como queriendo absorber la historia íntima de ese tajo como nimbo celestial, pues las férulas, los clavos y tornillos han hecho de Gabrielle, una Afrodita de metal. Ella, como la mítica dominatrix de Metrópolis (1926), de Fritz Lang, es un ente que manipula lo profano, que hilvana la fantasía epidérmica y rescribe las pulsiones de agonía desde su hermosa cualidad de cyborg, tal vez porque, como escribió André Breton en el epílogo de Nadja, “la belleza será convulsiva o no será”.

Crash subraya, precisamente, los espasmos de la carne y lo convulso del deseo. Siguiendo el hilo conductor de la psicosis sexual y el placer morboso por las colisiones automovilísticas (un muestrario inmenso donde lo mismo caben las manías de Sade que de Leopold Sacher–Masoch, de Guillaume Apollinaire o de Georges Bataille), este relato contiene una insólita búsqueda sensual: la infatuación por las heridas, quizá porque el deseo aniquila todo lo que toca y cada cuerpo desfigurado, cada piel escrita por suturas, piensan los personajes de esta fábula terrible, son un monumento a la fragilidad que implora ser contemplada, adorada, poseída. Toda cicatriz cuenta una historia y una desnudez plagada de la crónica de la inmolación o el sufrimiento se torna fascinante desde su extraña y sublime condición de palimpsesto.
Obsesión por el cuerpo
Para entender un poco esta extraña forma de utopía, en La exhibición de las atrocidades (germen de la trilogía urbana compuesta por Crash, La isla de cemento y Rascacielos) Ballard anotó esta viñeta: “Maniquí Obsceno. –¿Quieres que me acueste contigo?– Ignorando la pregunta, Talbot estudió las caderas anchas, los contornos ahora vacíos de tacto y sentimientos. Ella tenía ya ahora la textura de una muñeca de goma, provista de hendiduras explícitas, un obsceno objeto masturbatorio. Cuando se puso de pie vio el diafragma en la cartera, un inútil cache‒sexe. Escuchó los helicópteros. Parecían descender a una pista invisible en los márgenes de la mente. Sobre el tejado del garaje se alzaba la escultura en que había trabajado el mes anterior; las diapositivas de niveles espinales enfermos que había traído del laboratorio parecían antenas de un funicular de metal y levantaban al sol unas caras de vidrio. Observó el cielo toda la noche, escuchando la música del tiempo en los quasares.”
Talbot es una especie de doctor Frankenstein cautivado por los monstruos. Erudito y visionario, su objetivo se orienta en descubrir las transformaciones del espíritu humano tras los desastres post–nucleares pero, también, la relación hombre–armatoste o cuerpo–objeto, la obsesión recurrente en las novelas El mundo sumergido, La sequía, La isla de cemento, Rascacielos y Noches de cocaína, porque J.G. Ballard nunca dejó de imaginar las modificaciones estéticas y táctiles de un mundo y una especie con vocación suicida: “Parece obvio que el choque de automóviles es considerado una experiencia más fértil que destructiva, una liberación de la libido del sexo y de la máquina, alcanzando mediante la sexualidad de los muertos una intensidad erótica de otro modo imposible.”
Y seguramente, donde quiera que se encuentre, Mr. Ballard sigue buscando la liberación del dispositivo mental que produjo libros espléndidos, de una insólita y oscura belleza como El imperio del sol, El mundo de cristal y Millenium People.