Las formas de la posesión: solidaridad y compañía

POR Ximena de la Cueva
Por más que disimules, un abismo
serás como también el yo saberte
conmigo aquí en lo que llamamos mundo.
—Eliseo Diego—

Habitar los espacios, sean casas o transportes, desplazarse por sitios públicos, permanecer casi inmóvil en un sillón… todas actividades que adquieren un ambiente y un carácter peculiar si se llevan a cabo con un compañero. Eso es real y evidente si se analiza de cerca y con atención la conducta de las personas con mascotas. La elección de este compañero puede partir de las más diversas concepciones del mundo y necesidades específicas, desde las más físicas hasta las que involucran cuestiones subjetivas (aunque con bases físicas, finalmente) y por lo tanto, las preferencias individuales. Sea la búsqueda de mejorar la salud, la sustitución de afectos, la animadversión y hasta las alergias, todas estas motivaciones y muchas más pueden estar en la base germinal de las relaciones entre los humanos y las mascotas o los animales domésticos; particularmente en aquellas donde el vínculo afectivo se vuelve más que estrecho, inamovible y tan amplio, que cubre casi la totalidad de la cotidianidad de la persona.
Si el maíz y el trigo están domesticados…
El nexo entre ciertas especies animales y los grupos humanos inicia con la búsqueda de satisfacer necesidades alimenticias y facilitar el trabajo para obtener recursos económicos, y aquí dejamos la idea a la imaginación del lector, pues en la memoria puede aparecer el texto de Claude Meillasoux Mujeres, graneros y capitales, y a veces resulta inconveniente que al hablar de recursos económicos antiguos o modernos, surjan las mujeres y los capitales relacionados.
A partir de la conformación de esta serie de relaciones, algunos animales pasaron a ser parte de la cotidianidad doméstica en las sociedades sedentarias o seminómadas y aunque hay evidencias óseas de la presencia de animales de compañía en grupos muy antiguos, así como en algunas pinturas rupestres, los estudios y la información más abundante parte de las agrupaciones para las que la domesticación revolucionó de manera drástica sus bases económicas y en consecuencia, las relaciones más subjetivas y superestructurales que podamos pensar y conocer, por ejemplo las que acercan o alejan a los individuos de ciertas especies animales.
Aquí es donde empieza a definirse una línea divisoria fundamental; el camino de la comparsa siguió su construcción y al pasar los milenios, las gallinas, las vacas, los caballos, y por supuesto, los perros y los gatos dejaron de pensarse como “animales”, en el sentido de seres libres, peligrosos o no, pero básicamente diferentes a nosotros como grupo y como individuos. Sin embargo, los primeros en raras ocasiones son identificados como mascotas, pues la base de su presencia en las casas es económica o de ayuda para cuestiones laborales. Los que viven al interior del hogar y aquellos con quienes se comparte prácticamente el día entero, pasaron a ser miembros de la familia y los animales “de granja” ni siquiera tienen rostro para la enorme cantidad de habitantes de las ciudades, que se limitan a consumir cuantos productos salgan de ellos.
Una casa medio llena

Los seres que llamamos mascotas son importantes más allá de su presencia cotidiana, y es posible pensar que todo inicia con la, en apariencia, simple decisión de cuál de todas las posibilidades de existencia compartirá nuestros dramas, prejuicios, camas y familia. El origen de la palabra, según los expertos, está en el francés mascotte, que en el sur de Francia se usaba para referirse a objetos que por efecto apotropaico (1) (por contacto con ellos), originaban situaciones positivas, léase buena suerte; es decir, funcionan a manera de talismanes, que reprimen y alejan “lo malo”. Y ya dentro del diccionario, una mascota es un animal de compañía, es decir, que no se le tiene con fines alimentarios o de trabajo.
Aunque se supone que los animales preparados para ser compañía y auxiliar a las personas con diferentes problemas de salud, tienen la misión de simplificar las actividades cotidianas de estos enfermos, la suma de sensaciones que generan son situaciones relacionadas con la solidaridad, lo que se suma al apoyo físico que brindan y para lo que están entrenados.
Puede llamársele fascinación, superstición sensual o simple análisis estético, lo cierto es que Borges, Baudelaire, Neruda, Lizalde, y los que ustedes nombren, escribieron al menos un poema a los gatos o a la cualidad de ser felino. Eso sin mencionar a los de T. S. Elliot y la relevancia de estos cuadrúpedos en la vida de Carlos Monsiváis. Y aunque aquí se nos pueda acusar de herejía poética, tal vez sea posible relacionar ese contacto cercano como ejemplo de que son fuente de aprendizaje, y de que son capaces de apoyar a cualquier “dueño”, en etapas críticas de inestabilidad emocional.
Química y emoción
Por otro lado, está la suma de ideas negativas en contra de ciertas especies. Volvamos a los gatos. La Inquisición alentó la llamada “caza de brujas”, y como parte de esa forma de juzgar y reprender, el papa Inocencio VIII y su bula de 1484, consiguieron establecer como habituales los sacrificios de gatos durante las fiestas populares, pues también se le hacían acusaciones. Además de ayudar a Lucifer, a los felinos, sólo a los domésticos, se les consideraba culpables de una infinidad de males, así que para terminar con ellos había ritos para quemarlos, entre otras atrocidades. Al parecer, la Noche de San Juan era una de estas fiestas abrasantes en las que se les incluía como parte de la hoguera.
Dejando de lado esa oscuridad religiosa, pero sin separarnos demasiado, veamos ahora la relevancia de las mascotas, por el aparentemente simple hecho de nombrarlas. A los caballos se les pone nombre, pero no a los cerdos o gallinas que serán parte de las ventas o de la mesa una tarde de invierno. Las denominaciones, nuevamente nos llevan al terreno de lo adámico y la posesión; dios le dio a ese primer hombre bíblico, la orden de nombrar a cada ser con el que compartía el espacio vital para ayudarlo a aprehender su entorno paradisiaco. Y es probable que este sea el primer ejemplo de que el contacto cercano con ciertos animales (de los que seguramente Adán tenía un par), refuerza la inteligencia emocional, de los humanos, por supuesto.
En definitiva, un humano es diferente por el simple hecho de decidir compartir su vida y su espacio con estos seres que el encuentro los hará compañeros, pues desde cualquier ángulo, ofrecen mucho más que onomatopeyas y recuerdos capilares.
(1) El concepto viene de de apotropein, que significa alejamiento, que traducido a esta cuestión específica puede verse como una especie de barrera en contra de elementos, contextos y circunstancias negativas.