Lennon: un día en la vida

POR Alfredo C. Villeda
En la entrevista desenlatada estos días por Rolling Stone, Lennon abjura de los héroes muertos, como James Dean y Sid Vicious. Pero así funciona el inframundo de las estrellas del rock y otras figuras públicas

Arturo Dimecke, afamado director mexicano de orquesta, era un joven estudiante de música en Yucatán cuando uno de sus parientes viajó a la Ciudad de México y le preguntó qué se le ofrecía de la capital.
—Consígueme música de cuartetos, por favor.
El familiar viajero cumplió la misión y entregó el paquete a su regreso.
Palabras más, palabras menos, Arturo recordó años después en una entrevista:
—Cuando puse el disco, me di cuenta de que me habían llevado al cuarteto más desafinado que había escuchado en mi vida… era el cuarteto de Liverpool.
Eso sucede allá, en el Olimpo de la música clásica o culta. Pero a suelo raso, en la realidad, en la que el rocanrol con todas sus derivaciones ya va para 55 años y su metamorfosis le recarga oxígeno año con año, los Beatles están en la cima.
Por eso las balas que atravesaron el pecho de John Lennon hace tres décadas quedaron alojadas en la memoria de varias generaciones. Estos días el New York Times abrió un foro titulado “¿Qué estabas haciendo el día que mataron a Lennon?”, como suele suceder con otros acontecimientos, como el temblor de 1985 y el 11-S. De esa magnitud fue el impacto.
El fusilero, en atención a la convocatoria del NYT, quiere compartir entre su escasa pero selecta concurrencia que, como el periodista X que iba a ser años más tarde, se enteró del crimen hasta el día siguiente, un martes. En el pupitre de su clase de inglés. Segundo año de secundaria. Por voz de la mortificada profesora, mientras comenzaba a escucharse un sollozo, desde la parte trasera del salón, de una fanática sin remedio que segundos después se desplomó entre el griterío de los compañeros.
Para esa generación, que tenía menos de cinco años cuando el cuarteto ya se había separado, era actual el sonido beatle por la prolífica labor de sus ex integrantes. Paul había fundado Wings con su esposa, la ya desaparecida Linda McCartney, y John acababa de lanzar su producción (Just Like) Starting Over, que sonaba en la radio junto a las novedades de Billy Joel, Elton John y, por supuesto, Kiss, los enmascarados que eran el producto, con todo lo que esa palabra implica, de la época.

En el otoño de 1995, cuando la ONU cumplió medio siglo, a diferencia de varios colegas el fusilero tuvo la oportunidad de visitar Nueva York pero en viaje de placer. La seguridad era máxima, pues los líderes de decenas de países se dieron cita en el cuartel general de Naciones Unidas. Por allá andaban, por supuesto, Ernesto Zedillo y Fidel Castro. Los escuadrones especiales revisaban cada pulgada debajo de las alcantarillas y helicópteros negros sobrevolaban las calles de Manhattan.
Pero antes de ir a husmear en las calles aledañas a la ONU, el fusilero y su camarada de viaje, Jorge Almazán, se dieron una vuelta por el lado oeste de Central Park para conocer el sitio donde cayó Lennon, la acera del edificio Dakota. Un vigilante negro se acercó para contarnos cómo fue el atentado y juraba que tuvo al músico moribundo entre sus brazos. Mentiroso como él solo, dio detalles de los que ni Yoko Ono, quien iba a un lado de la víctima, se había percatado. Queda una foto de ese episodio, el viaje de placer, aquella fría tarde de octubre. Un día en la vida, para decirlo con el difunto.
En la entrevista desenlatada estos días por Rolling Stone, Lennon abjura de los héroes muertos, como James Dean y Sid Vicious. Pero así funciona el inframundo de las estrellas del rock y otras figuras públicas. John siempre será el Beatle número uno, sobre sus tres compañeros. Es la santidad que da la muerte intempestiva, aquella que no te lleva al Mictlán, como dice Amérika Moreschi. Ya lo demostraron Morrison, Hendrix, Janis, Mercury, Cobain, Hutchence y Bonham. Nomás.