Tiernos y enamorados

POR Óscar Garduño Nájera
 Ya no hay historias de amor, porque la verdad de los hechos las ha vuelto antologías de meras ficciones que se daban entre hombres y mujeres; tampoco quedan recetas, y en cuanto más rápido se despojen de la ropa (y del espíritu) mucho mejor
Ilustración: Ryohei Hase
Confesión: llevo ya varios días sin conseguir iluminarme con la incandescencia de algún encuentro sexual y el frío abatimiento de las ganas, siempre en alerta y a flor de piel, parece coronarse en torno al látex de condones empolvados, en cartas sin destinataria y en mis visitas solitarias a hoteles de paso, melancólicas, si se quiere, como Lent Et Douloureux de Erick Satie.
Ahora mismo pienso en los que pasan por condiciones semejantes, tanto hombres como mujeres, y una compasión del todo honesta hiere cada uno de mis pensamientos. Por supuesto, me dirán ustedes, queda siempre la opción de valerse de los medios adecuados, echar al vuelo la imaginación y recurrir al autoerotismo para apaciguar el vaivén incesante de un terco deseo que se empeña en aparecer cuando hace frío, cuando el eco de nuestras palabras responde a nuestras preguntas. Sin embargo, dicha práctica pierde todo su efecto cuando se frecuenta con lo asqueroso de los horarios preestablecidos, cuando lo hermoso del encuentro y del reconocimiento del otro a través de uno fallece entre unas manos torpes y aburridas de acariciarse a sí mismas, de bailar siempre la misma pieza con aquellos dedos bailarines que no se cansan de tocar.
Pienso también en los hombres y mujeres que aun contra su voluntad andan de allá para acá sobre los huesos de la soledad, ahí donde acaso se tira a la basura los restos de prácticas sexuales pasadas y, en ocasiones, las raíces mismas del amor, pues no es obligación que las dos vengan de la mano.
Son víctimas, seguramente, de los tiempos que corren: en lugar de juntar, separan; en lugar de sumar, dividen, trazan fronteras para las cuales no cuenta pasaporte alguno, pues incluso las ganas de hacer el amor, ese instante en que la vida bien nos importa un carajo, quedan cubiertas con la neblina que sólo el vacío entre una pareja produce.
Por cierto, en esto de las ganas, el deseo y el voraz apetito sexual, existen merolicos que son expertos en recomendar, dinero de por medio, desde pócimas y brebajes francamente ridículos (y peligrosos), hasta pastillas azuladas, bombas de aire, alargadores de pene, remedios caseros y cócteles con cuantos mariscos se puedan (o se dejen), con tal de que el hombre y la mujer vuelvan a vibrar con la tentación que ofrece una cama desnuda; ignoran, acaso, que el tiempo lucha en contra del deseo sexual y que son muchas las parejas que prefieren atormentarse, repartirse las culpas, antes que darse por vencidas frente al tedio que trae consigo la costumbre de programar el mínimo roce.
También sucede lo contrario: mientras algunos anhelamos la sorpresa que depara todo encuentro sexual, otros se olvidan de darle la importancia necesaria al cuerpo de su pareja, de sumergirse, durante algunos segundos, en un laberinto de carne que nos es ajeno y que, no obstante, reconocemos como nuestro al extraviarnos por sus calles y plazas, hasta conseguir que sea la otra parte, femenina o masculina, quien atienda puntual nuestro llamado para conducirnos a la salida, donde una vez más rogaremos por volver a entrar (penetrar).
Lo que sucede es que nos estamos olvidando de los secretos de alcoba porque antes que darnos por vencidos, antes que recurrir a los merolicos, optamos por hacer de nosotros auténticas máquinas sexuales, cuyos engranajes funcionan más de prisa cuando se pierde la sensibilidad. Ya no hay historias de amor, porque la verdad de los hechos las ha vuelto antologías de meras ficciones que se daban entre hombres y mujeres; tampoco quedan recetas, y en cuanto más rápido se despojen de la ropa (y del espíritu) mucho mejor. Poco a poco nos han hurtado lo erótico y han convertido al sexo en mera mercancía, en mero intercambio de cuerpos. 

En mis aciagas horas escucho el murmullo de esta realidad tras de mí. Y cuando intento adivinarme en el reflejo de una mirada femenina, quizás hasta conformar otro que todavía no descubro (pero que está allá, en otro cuerpo), me encuentro con el muelle clandestino donde las embarcaciones quedan a la deriva o se hunden, pues en medio del océano se adivina una tormenta que siempre está por ocurrir.
De existir, mi consuelo es que muchos hombres y mujeres se encuentran en mi misma situación. Y a veces consigo dar con ellos. Mujeres aterradas frente al minutero del espejo, el cual las persigue por un camino de arrugas y apagadas ganas sexuales. Hombres tímidos que borran poemas en la pantalla de una romántica computadora, mientras miran a la secretaria que nunca habrán de saludar y se masturban obsesivamente por las noches. Mujeres que sienten que el tren las dejó en la estación y ya no hacen sino coser sus hilos de muñecas rotas, arrumbadas a las vías donde los sueños se pudren. Caballeros incapaces de construir su propio destino, admiradores de los victoriosos que aún poseen una sonrisa marchita entre los labios y una mujer que los espera noche tras noche bajo el abrigo del dolor apagado, del apetito sexual nunca satisfecho. Hombres que frente a cualquier mujer se quedan con las ganas de pronunciar palabra alguna, de suplicar, pues prefieren entablar toda comunicación, y hasta romance, con la taza sanitaria, ahí donde cae en cascada todo el licor de su erotismo. Mujeres pobladas por cicatrices de soledad que siempre esperan un príncipe azul que jamás llega, o que llega para demostrarles que la vida, siempre la vida, supera cualquier tontería de los cuentos al ser más cruel, más despiadada.
Algo marca, sin duda, a estos hombres y mujeres. Un fulgor que consigue encender el lado opuesto de la luna, para que otros sean los que se admiren y se encuentren bajo su luz. Y andan por ahí, entre nosotros, esperando que la mordida del deseo sexual no se olvide de ellos, para que aún sean capaces de sorprenderse frente a la arquitectura de unas caderas, o frente a la redondez del baile líquido que sostiene una lengua sobre un pezón erecto, o sobre un clítoris, qué se yo.
Y, quizás, un poco de palabras para reconocer que las cosas no pueden andar tan mal. Entre estos hombres me incluyo, y es lo que me repito antes de dormir, y regreso al consuelo de escribir el día de hoy para tiernos y enamorados.