Tom Waits: el hombre del cabello en llamas

POR Andrea Mireille
 Nadie más lejos del polvo estelar que este músico californiano nacido en el asiento trasero de un taxi y que ha caminado descalzo sobre el lodo candente del infierno mientras compone alguna pieza que pocos, sólo muy pocos tararearán, porque sus letras están a tres dedos de la locura


Cuenta una leyenda egipcia que los pelirrojos descienden de Seth, divinidad de lo incontenible  y lo tumultuoso; adorados y  temidos por igual. En la antigüedad se consideraba que el color de rojizo de cabello se debía a la marca de Caín o a una estrecha relación con el Diablo, lo que propició que los pelirrojos fueran perseguidos, asesinados o quemados vivos. Así son las leyendas, confunden la línea entre realidad y ficción, hacen que lo imaginario se considere real; lo mismo ocurre con el célebre pelirrojo, Tom Waits: músico, poeta y loco que, a punto de cumplir 61 años, continua desatando las más altas, bajas y extrañas pasiones.
Fue en el cine cuando escuché por primera vez esa voz astillada y rota. Me acerqué a mi chico en turno para preguntarle quién cantaba; me dijo que no estaba seguro, pero creía que era un güey llamado Waits o algo así. No pregunté más, era obvio que no le importaba. La peli concluyó y seguí con mi vida. Sin embargo, nunca olvidé esa voz. En aquel momento no supe que me marcaría, era algo que desconocía, pero que acaso intuía. Eso fue hace años y aún no estoy segura de cómo llegó Tom Waits a mi vida; no recuerdo cuándo empezó a fascinarme, ni cómo di con sus discos, lo único que sé es que cuando llegó, jamás volví a separarme de su música, talento y presencia.
Freakshow
Freak entre los freaks, Thomas Alan Waits llegó al mundo a bordo de un taxi en 1949. Hijo de un matrimonio roto, creció sin padre en Pomona, California. La carencia paterna lo marcó profundamente y lo hizo refugiarse en sus primeras influencias: la calle y la generación beat. Hay un largo camino entre el Waits ebrio vagabundo y putañero, hasta la figura de culto en la que se ha transformado. En ese tránsito dejó el Bourbon y envejeció; se aventuró en terrenos poco explorados, siempre acompañado por lo que él considera su principal instrumento, su voz, que se ha vuelto más salvaje y destrozada a la par que su música y sus letras se volvieron más oscuras y perturbadoras.
Tom Waits no sólo es autodidacta del piano, la guitarra y el acordeón, sino que, al igual que una de sus principales influencias, Harry Parch –músico vagabundo, adelantado a su tiempo al crear música con lo que hallaba en el camino— fabrica sus propios instrumentos con chatarra. Así, su sonido es complementado con una voz con tintes de Howlin’ Wolf y Screamin’ Jay Hawkins, así como por su rarísimo look: cara de patada de mula, trajes impecables con zapatos sucios picudos de duende y su inolvidable cabello rojo, rojísimo, en llamas.
Fue así que todos mis ídolos  pasaron a segundo plano. Hasta el momento, Waits jamás me ha defraudado y conserva intactos los elementos que considero necesarios para admirar a alguien: honesto y congruente consigo mismo por encima de todo, no permite que su obra sea usada para fines publicitarios, no es racista (chequen sus orquestas), republicano, ni homófobo (vean la portada del inigualable Rain Dogs). Aun si lo fuera, es lo suficientemente cauto como para no hacerlo público, además de que no tiene adicciones y cuenta con sorprendentes anécdotas e historias: como cuando hizo llorar a la cleptómana de Winona Rider al tocar el piano para ella durante los descansos del rodaje de Drácula de Bram Stoker, o en la que no pescó nada y se la pasó mareado y de berrinche en berrinche con John Lurie en Fishing With John, el que aparece en sus videos disfrazado de diablo montado en un triciclo o acompañado por emués. El que se ufana de jamás haber tenido un hit en toda su carrera y que fue nombrado por la revista Rolling Stone uno de los cantantes más importantes de todos los tiempos. El que está por cumplir 61 años, el héroe de Bob Dylan, la envidia de Elvis Costello; el artista al que Johnny Cash le pidió una canción para su American IV, al que los Ramones adoraban. El que hace caridad sin el odioso y estúpido protagonismo de Bono, el que escribió con su esposa su propio musical –cuya majestuosidad puede apreciarse en el film Big Time— y lo montó; al que sus fans from hell celebran cada año en el Waitstock –su propio Festival—, el amor imposible de Scarlett Johansson, el amor inolvidable de Rickie Lee Jones,  the Eyeball Kid, el Freak et al.
El extraño mundo de Tom
Escuchar a Waits no es fácil: sólo los oídos desprejuiciados y resistentes alcanzan a disfrutarlo y apreciarlo. Adentrarse en su sonido es una expedición musical y sensorial, un viaje alucinante a parajes inciertos, cuyo destino final son la excentricidad y la locura, que sólo podrían existir en una mente como la suya, pues en sus canciones todo puede pasar: lo raro es normal, la salud es la enfermedad y lo ordinario se vuelve extraordinario. En el extraño mundo de Tom, las tormentas son de diamantes y las prostitutas ángeles, los perdedores son supremos, los mendigos son reyes y los reyes, mendigos. Dios está de viaje y los perros bajo la lluvia piden ayuda para regresar a un hogar que saben perdido y todos están tan locos como el sombrerero. Sólo él pudo convertir la alegre marcha de los enanos en un tenebroso blues (Heigh ho). En su mundo, Waits se entrevista a sí mismo y la línea entre realidad y fantasía es demasiado difusa; cuenta historias y no se sabe cuáles y hasta dónde son reales. Dice que nació en la parte trasera de un taxi, que es doctor además de músico, que una vez se entendió tanto con una prostituta que quiso irse con ella de inmediato, pero salió huyendo cuando le dijo “sabes que soy hombre, ¿verdad?” Que mantuvo correspondencia con una niña a la que le fascinaban sus discos y se metió en problemas al llevarlos a la escuela, que existen botanas para perro hechas de pene de toro, y la que posiblemente sustenta toda su mitología personal: que de niño no le gustaba su voz y empezó a imitar la de su tío Vernon, quien fue operado de la garganta y arrojó las tijeras y la gasa que le dejaron dentro cuando se atragantó con el pavo en Navidad.
El monstruo al que todos amamos
Hay que voltear hacia músicos como Tom Waits en tiempos en los que el punk es la más ridícula de las caricaturas y el rock es sólo un nauseabundo cliché; cuando los emos hacen de la depresión un accesorio y personajes como Justin Beaver son considerados como el futuro de la música; sabes que es necesario escuchar a Tom Waits.
A diferencia de los vulgares artistas del mundillo pop, Waits no necesita ningún artificio; tampoco escenografía ni bailarinas, vestuario y demás parafernalia. Y es que si algo sobra, es gente que trata desesperada e inútilmente de ser excéntrica. Ahí tenemos a Kiss, cuya estrambótica apariencia siempre superó la intrascendencia de su sonido, o el ejemplo más reciente, Lady Gaga, ataviada con vestuario ridículo para salir a cantar frivolidades. En Tom Waits la excentricidad es absolutamente natural, basta que aparezca en el escenario con su inseparable Fedora y los bolsillos llenos de confeti y diamantina, para cubrirnos con su extravagancia y mostrarse con rotunda autenticidad pues, como expresara Diego A. Manrique en el diario El País,  estamos ante “un freak de circo, el monstruo al que todos amamos”.
Quien no conoce a Tom Waits merece escuchar a los Jonas Brothers. Quien se decida a escucharlo no le queda más que hacerlo libre de prejuicios y entregarse a lo que escucha: lo poseerá de inmediato y jamás lo soltará. Sé que después de verlo en vivo podría irme a un sucio motel y volarme los sesos tranquila y alegremente en su honor, porque ya lo habría visto todo: t-o-d-o. No en vano James Hetfield cuestionó: “¿Quién necesita el alcohol y las drogas cuando tienes a Tom Waits?” Y no exageraba: él puede sublimarte, sorprenderte, horrorizarte, enloquecerte, excitarte y enternecerte, todo en una misma canción, con un solo sonido. Waits es la locura hecha voz, el artista ideal para disfrutar, escuchar y adorar siempre, toda la vida.