WikiLeaks: de Orwell a Fuenteovejuna

POR Alfredo C. Villeda
 “La divulgación de documentos confidenciales ha cambiado el paradigma de Orwell; ahora los vigilados controlan el poder, ahora son todas las personas controladas las que controlan el poder”

Ikram Antaki (1948-2000) era una académica siria que solía dar cátedra con cada enunciado. Con una larga trayectoria como maestra e investigadora en México, no dejaba de sorprenderle, a partir de la experiencia diaria con sus alumnos universitarios, la facilidad con que el mexicano miente. Colaboradora de Radio Red, esta brillante ensayista vengaba a todos los funcionarios que a diario eran reprendidos por Gutiérrez Vivó en Monitor, allá en los años 90, a quien le propinaba al aire auténticas tundas con su agudeza y conocimiento, mezcla letal en el debate de ideas.
“José —le reprochaba Antaki, palabras más, palabras menos, hasta donde alcanza la memoria—, cómo quieres que te diga qué opino de una tontería como un estado de sitio en la Ciudad de México —se refería al buscapié que soltaron en época del regente Óscar Espinosa Villarreal ante la ola de violencia— cuando yo he vivido siete golpes de Estado en mi país. Nada, nada, nada de estado de sitio, es una tontería, ni saben qué significa ni tienen idea de lo que implica tal situación.”
De ella el fusilero recuerda su apasionada teoría sobre las dos profecías apocalípticas de la literatura del siglo XX. Al derrumbe del Muro de Berlín, en 1989, sostuvo que con ese acontecimiento la pesadilla de Orwell, la novela 1984 con su futuro del Big Brother acechando por cada rincón de la ultrajada privacidad del ciudadano, había sido ya conjurada, y acto seguido había que acometer la eventualidad del oscuro sueño de Aldous Huxley, Un mundo feliz, con su mundo de máquinas humanoides alieanadas en un frenético estadio de productividad uniformada por estrictas clases sociales, entre el concepto The Wall, de Pink Floyd, y después con el filme homónimo de Alan Parker, y Terminator, la gran película de James Cameron, pasando por Hombres y engranajes, el ensayo relativo de Ernesto Sabato.

Conclusión de siglo XX al fin y al cabo, Antaki ilustraba así el triunfo parcial de Occidente en la guerra fría y con el Muro derruido pasaban a la historia, como timbres de una época represiva emprendida y extendida por el régimen soviético de Stalin a Gorvachov, las historias que conocimos por la literatura gracias a obras como La broma y La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. La ejecución del dictador rumano Nicolai Ceausescu, el último monstruo estalinista, y su esposa, a manos de un pueblo agraviado, parecía el epílogo para el entierro de la profecía de Orwell.
Una década después de comenzado el nuevo siglo y a dos de la caída del Muro nadie había retomado el debate de Antaki, sobre esos apocalipsis presagiados por la literatura, con más claridad que Umberto Eco quien, al presentar su más reciente novela, El cementerio de Praga, retomó la obra 1984 para explicar WikiLeaks: “La divulgación de documentos confidenciales ha cambiado el paradigma de Orwell; ahora los vigilados controlan el poder, ahora son todas las personas controladas las que controlan el poder”.
El nuevo paradigma es virtual y letal. El tamaño y la profundidad del impacto de la era digital, del universo internet, decretó el inicio del siglo XXI dos años antes en el calendario, en 1999, cuando el grupo de activistas llamado “globalifóbicos” o “altermundistas” eludió con el uso de la tecnología, como plan de convocatoria y acción, los sistemas de contención de la ciudad de Seattle e irrumpió en la cumbre de las potencias.
Hoy sólo un puñado de gobiernos puede impedir el uso de internet y de las redes sociales, que marcan la revolución tecnológica, pero también sociocultural de la humanidad. Si el poderoso Estados Unidos boicotea a WikiLeaks, mil sitios espejo se abren de un día para otro y difunden los secretos de despacho y de pasillo de Washington sobre el resto del mundo. Si la profecía de Huxley sigue en el aire, el presagio de Orwell ya se volvió contra el verdugo original de la novela. Y el nuevo poseedor de este peculiar poder, que se extiende más rápido que el cólera y el virus del sida, es tan inasible que no responde al nombre de Julian Assange, sino, de vuelta a la literatura, al de Fuenteovejuna.