Damas del pantano

POR José Luis Durán King
El hallazgo de un pie con las uñas pintadas condujo a la policía al descubrimiento de una pareja de asesinos seriales que tiraba a sus víctimas en una zona pantanosa de Australia
El 25 de abril de 1978, un recolector de hongos caminaba por una zona húmeda llamada Swamp Road, en el distrito de Truro, Australia, un lugar conocido por sus densas nubes de mosquitos, por lo que era muy raro que la gente se aventurara a visitar a menos que tuviera algún propósito en específico, como aquel día lo tuvo el señor William Thomas. Mientras buscaba, vio lo que parecía ser un hueso de vaca incrustado a un zapato de mujer.

De momento no le tomó mucha importancia al hallazgo, por lo que terminó sus labores y se fue a casa. Sin embargo, en los días siguientes no se pudo quitar de la mente aquella imagen y decidió regresar a la zona pantanosa. Ahí seguía el hueso. Hizo a un lado los arbustos para observar mejor. Con una vara despojó el zapato y descubrió que el pie estaba pegado al residuo de extremidad. Y no sólo eso, aún tenía un poco de carne y un par de dedos conservaban barniz de uñas.

El hombre dio parte a la policía, quien rescató el cuerpo de una mujer que en vida llevó el nombre de Veronica Knight. Las autoridades realizaron una inspección superficial y se fueron, ya que no había motivos para sospechar que aquel lugar fuera un tiradero de cadáveres.
Casi un año después, el 15 de abril de 1979, cuatro jóvenes encontraron un esqueleto a aproximadamente 500 metros de donde habían sido hallados los restos de Veronica Knight. La ropa y la joyería ayudaron a identificar el cadáver de la mujer, que correspondía a Sylvia Pittmanm, reportada como desaparecida en la Navidad de 1976.
Dos cuerpos en una misma área eran algo más que una coincidencia, por lo que el detective K. Harvey propuso la creación de una fuerza especial de 70 policías para peinar la zona. Su petición fue aceptada y la búsqueda comenzó. En los 11 días siguientes, los uniformados encontraron dos cadáveres más, correspondientes a Connie Iordanides y Vicki Howell. El nuevo hallazgo fue filtrado a la prensa local por las propias autoridades, con el propósito de que alguien apareciera con más información. La estrategia dio resultados positivos.
Angela no era su nombre
En mayo siguiente, una mujer que decía llamarse Angela acudió a la policía para declarar sobre un posible sospechoso. Con la información disponible, los agentes detuvieron el 23 de mayo a James Miller, de 39 años, un hombre con un vasto archivo judicial relacionado con el robo de autopartes, aunque sin antecedentes de violencia sexual. Inicialmente, el individuo se mostró muy poco participativo, afirmando que él nada tenía que ver con los hallazgos. Dijo que la mujer en realidad no se llamaba Angela, sino Amelia, y que había sido la novia de Chistopher Worrell, quien falleció en un accidente de auto en febrero de 1977.
Después de varias horas de interrogatorio, Miller mantuvo un silencio estoico. Sin embargo, en algún momento el hombre preguntó: “¿Me pueden dejar unos minutos a solas?” Los investigadores accedieron. Al regresar, Miller volvió a preguntar: “¿Por dónde quieren que comience?”
Miller había conversado con Amelia durante el funeral de Worrell. En esa ocasión el hombre, un homosexual confeso, le dijo a la joven que Worrell merecía morir, que había hecho cosas espantosas. Y qué él (Miller) había sido testigo de varios asesinatos, aunque nunca participó en esos delitos. Amelia mantuvo en secreto esa conversación por dos años, hasta que leyó el caso de los hallazgos en Swamp Road.
Después de colaborar con la policía con la ubicación de otros tres cadáveres, Miller dijo que conoció a Christopher Worrell en la cárcel, donde primero fueron amigos y después amantes. Ya en libertad, la pareja se volvió a reunir, aunque ya no vivieron juntos, sólo de vez en cuando Worrell permitía que Miller le practicara alguna felación.
Miller siempre acompañó a su amigo en sus correrías por los distritos rojos de la zona. De acuerdo con su confesión, nunca supo en qué momento Worrell pasó de la violencia sexual al asesinato. El amor por este hombre orilló a Miller a servirle de chofer y a ayudarlo a esconder a las siete mujeres asesinadas, víctimas que fueron violadas en varias ocasiones antes de ser sacrificadas, siempre mediante estrangulamiento.
Las autoridades nunca creyeron la versión de Miller y éste fue condenado a prisión perpetua. Irónicamente, el único testigo de descargo que el condenado pudo tener murió en un accidente de auto: Christopher Worrell.

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