De la cintura para arriba

POR Andrea Mireille
Si nos atenemos al principio de que cualquier suceso puede convertirse en una interesante historia, creo que este texto bien puede reflejarlo: es una crónica hecha cuento o un cuento hecho crónica sobre la vez que me dijeron que podía tener un tumor en mi interior
1. La doctora me dijo que no era para preocuparme, pero que debía realizarme un ultrasonido: cabía la posibilidad de que fuera la anfitriona de un saludable y fuerte… tumor. Tomé la noticia con mansedumbre y el día previo al estudio me pregunté si tener una protuberancia en mi interior sería tan malo como parecía.

2. Llevaba algún tiempo con dolor en la teta –suena mejor que seno o mama, ¿no?— izquierda, el cual se intensificó hasta volverse insoportable. En la exploración, la doctora palpó tejido fibroso y abultado; dijo sentir algo “duro”. Visiblemente nerviosa, me sugirió no angustiarme: podía tratarse de una acumulación de grasa, un desajuste hormonal o una simple inflamación.
3. Al llegar a casa no quise hablar con nadie. Me recosté en la cama, casi podía sentir al tumor creciendo, apoderándose de mí. Pensé en todo, en las diferencias entre el camino trazado y el recorrido, todo lo hecho, todo lo que no; de lo que me enorgullezco, de lo que me avergüenzo y arrepiento. Lo confesado e inconfesado; lo que me gustaría decir y que jamás he dicho. Sumé mis errores y fracasos, con el asco y el temor invariablemente, el resultado fue el mismo: la posibilidad de la muerte, de mi muerte. A mi mente saltó la frase que leí no sé dónde: “Tengo miedo de estar viva, porque quien tiene vida algún día se muere”.
4. Llegué a la conclusión de que lo único lamentable de morir en este momento serían esencialmente dos cosas: no haber publicado lo suficiente y no haber visto a Tom Waits en vivo. Fuera de ello, y para como van las cosas, mi vida vale absolutamente madres: decepción, aburrimiento, desempleo, frustración y un largo etcétera. Mi paso por el mundillo editorial ha sido parco, con nula satisfacción y escasa recompensa; toda una Dharma Bum, hobo de la vida. Así que, en caso de tener un tumor, para qué asustarse: estamos hechos de tejidos, piel y hueso; si lo pensamos bien, no somos más que desechos, biología.
5. Lo cierto es que muchos experimentan fascinación por los moribundos, pues los hace sentirse mejor consigo mismos (al menos no estoy muriendo). Algunos creen que son elegidos; viven con plena conciencia de que van a morir, eso les confiere algo místico, prodigioso: pareciera que en ellos permanece latente la posibilidad de un milagro que los salvará en el último instante, de que algún día, así nada más, volverán y traerán algo extraordinario para que nos sea revelado sin que nosotros corramos riesgo alguno. Luego de reflexionar, creí que lo que me ocurría podría significar una oportunidad, un regalo inesperado que diera –finalmente— sentido a mi vida.
6. Al día siguiente me levanté en trance. Todo el camino a la clínica fui como un zombie. No es que tuviera miedo, de hecho, no sentía nada; simplemente iba extraviada, aletargada. Nada por lo que no hubiera pasado antes, excepto por una ligera variante: me enviaron a una sala llena de embarazadas. La espera se hizo interminable y todas las futuras madres me preguntaban si también estaba encinta, cuántos meses tenía y me cuestionaban en un tono que mezclaba curiosidad y reproche, qué si no era yo muy joven para tener hijos.
7. Semidesnuda al interior del consultorio, con el pecho cubierto de gel, comenzó el ultrasonido. Me pareció eterno y fue muy doloroso; la doctora me hizo algunas preguntas mientras el dispositivo recorría mi pecho una y otra vez. Al final me dijo que no encontró ninguna protuberancia, sólo tejido inflamado: estaba fuera de peligro. Lo que más le sorprendió fue mi reacción, más cercana a la decepción o a la tristeza, que al alivio. Por un momento creí que mi vida daría un giro radical, contundente, definitivo, incluso ya tenía el nombre para mi tumor: Tom.
8. De vuelta en el consultorio médico, la doctora se mostró satisfecha con los resultados y confirmó el diagnóstico: no tengo un tumor y no, no estoy muriendo –al menos no en el sentido estricto—. No hay quistes ni protuberancias, sólo yo, la que a veces se siente como si fuera un tumor. Me desvisto frente al espejo y me miro largamente. Desnuda de la cintura para arriba, con el pecho entre las manos, me digo: quizá no tengo ni puta idea sobre qué hacer con mi vida, tal vez nada de lo que hago importe o trascienda, pero todavía no me rindo.