Jeanne Weber: La estranguladora de niños

POR José Luis Durán King
 Nunca se supo por qué mataba, simplemente la francesa Jeanne Weber gozaba al ver las convulsiones de los menores a los que atacaba

Era una fuerza incontenible de la naturaleza. Nada la detuvo cuando los deseos de matar crecieron en su interior como una flor maligna. ¿Dónde ubicar a la francesa Jeanne Weber en la siempre insuficiente taxonomía criminal? ¿Fue una asesina serial? Eso es indudable. ¿Pero de qué tipo?
En 1998, Michael D. y C.L. Kelleher publicaron el libro Murder Most Rare. The Female Serial Killer, obra en la que el matrimonio de investigadores establece una interesante categorización de las mujeres que matan en capítulos. Por supuesto, la lista la encabezan las viudas negras, las elusivas criminales que pueden actuar durante décadas sin que sus delitos sean detectados por las autoridades. La viuda negra no acaba con la vida de sus víctimas (casi siempre familiares) por gratificación sexual o por sentimiento de poder; lo hace generalmente por beneficios económicos, por lo que vive a la sombra de las pólizas de seguros.
Están los ángeles de la muerte, que deambulan por los pasillos de hospitales y cuyas armas letales son los químicos, las inyecciones o la sofocación. Este tipo de criminal se siente una especie de dios y mata generalmente con la idea de que sus actos ponen fin al sufrimiento de sus pacientes, aun si éstos no son enfermos terminales.
Las mujeres predadoras sexuales son raras, pero existen. Como lo fue el caso de Aileen Wuornos, quien asesinaba después de sostener relaciones con sus víctimas. En Wuornos se mezclaron también los deseos de venganza –propios de otras asesinas seriales—, el odio por los hombres y el robo en pequeña escala.
Las homicidas que trabajan en equipo son bastante comunes y sus delitos hay que ubicarlos en los pactos que establecen, sean estos por beneficio económico (como Las Poquianchis) o por amor, lo que es una constante entre las asesinas lesbianas.
Sin embargo, Jean Weber no pertenece a ninguna de las categorizaciones previas. Los Kelleher establecen que hay un tipo de asesina cuyos motivos no están claramente definidos. Matan simplemente por placer.
Muertes extrañas
Weber provenía de una familia en la que el alcoholismo era parte de la dote. Al contraer matrimonio, la pareja tuvo tres hijos, dos de los cuales murieron, al parecer por el descuido de los padres, que pasaban juntos mucho tiempo bebiendo como peces.
El 2 de marzo de 1905, mientras Jeanne Weber trabajaba como cuidadora de los niños de su cuñada, la pequeña Georgette, de año y medio, enfermó repentinamente y falleció. El médico que extendió el certificado de defunción nunca reparó en las marcas en el cuello de la menor. Pese a ese incidente, Jeanne continuó con la familia. Nueve días después, Suzanne, de dos años, también “enfermó” y murió. El doctor dijo que había fallecido por unas convulsiones “inexplicables”. Ya sin niños en esa familia, Weber ayudó a cuidar los hijos de su hermano. Para el 26 de marzo, Germaine, de siete años, había muerto a causa de un repentino ataque de tos que la asfixió. Cuatro días después, Marcel, el único hijo de Jeanne, falleció a causa de una difteria. En todos estos casos, los médicos omitieron las marcas en el cuello de los menores.
El 5 de abril del mismo año, Jeanne Weber fue arrestada después de que sus dos cuñadas regresaron de una tarde de compras. Uno de los niños, de diez años, agonizaba en la cama mientras Jeanne lo observaba con una expresión maligna. Aunque fue llevada a juicio y acusada originalmente del asesinato de ocho menores, incluyendo los tres de la propia sospechosa, ésta libró cualquier castigo, ya que el jurado vio en ella la imagen viva de una madre atribulada.
En abril de 1907 un médico acudió a la policía a acusar de homicidio a una mujer que se hacía llamar Madame Molinet. La demanda quedó archivada y sólo tiempo después se supo que Moulinet era en realidad Jeanne Weber.
Finalmente Weber fue atrapada en París en mayo de 1908 cuando estrangulaba, con la ayuda de un rodillo, a Marcel Poirot, de diez años. El padre del menor golpeó en varias ocasiones a la mujer, pero cuando Weber soltó al niño, este ya había muerto.
Jeanne Weber, quien para entonces vivía en la calle prostituyéndose, fue enviada a un asilo de enfermos mentales. La mujer, asesina de 10 niños, no soportó el encierro y se suicidó de la única manera que lo sabía hacer: colgándose hasta morir por asfixia.