Las bellezas robadas de Robert Benjamin Smith

POR José Luis Durán King
En los anales del crimen estadounidense, 1966 es un año que devoraron Richard Speck y Charles Whitman, aunque después de ellos apareció Robert Benjamin Smith, un solitario que asesinó para ser famoso
Fue el año de la bestia. El 14 de julio de 1966, Richard Speck, un marinero catalizado por la heroína que galopaba en sus venas, irrumpió en el Hospital de la Comunidad del Sur de Chicago, en Illinois, y asesinó, una por una, a cuchilladas o por estrangulamiento, a ocho estudiantes de enfermería. Sólo una de ellas salvó su vida, y lo hizo porque el miedo no la paralizó. No obstante que estaba amordazada como el resto de sus compañeras, pudo rodar hasta debajo de una cama y esperar a que el hombre de rostro cacarizo y tatuaje en el brazo con la leyenda “Nacido para levantar el infierno” saliera del edificio dando tumbos.

Menos de un mes después, en Austin, Texas, Charles Whitman, dopado por el medicamento que tomaba contra el dolor de cabeza, subió hasta el mirador de la torre de la Universidad de Texas. Whitman era un excelente francotirador, habilidad que había aprendido, desarrollado y dominado como marine en la guerra de Corea. Después de asesinar a su madre y a su esposa la noche anterior, el 1 de agosto Whitman comenzó su última batalla. Con excelente precisión en sus disparos, estallaron pechos, cabezas y entrañas de 14 personas, la mayoría de ellas estudiantes. Una víctima más moriría días después en el hospital.
Aunque una gran parte de los asesinos en masa se suicidan en cuanto se les acaban las municiones o cuando se ven rodeados y comprenden que para ellos no habrá más salida que la prisión y posiblemente la ejecución legal, en los casos de Speck y Whitman ambos decidieron salirse del libreto. Speck murió de un infarto el 5 de diciembre de 1991, un día antes de cumplir 50 años, al interior del Centro Correccional de Stateville, en Chicago.
Whitman murió como siempre lo deseó: en combate. Después de disparar hasta hartarse contra estudiantes y transeúntes, murió horas después de iniciar su tiroteo, cuando los policías Houston McCoy y Ramiro Martínez lograron colarse al mirador de la torre y detonar sus pistolas contra el francotirador.
Hombres solitarios
Richard Speck y Charles Whitman posiblemente nunca pensaron que sus acciones despertarían la admiración en otros. Sin embargo, el mundo de los hombres solitarios se alimenta de fantasías de poder. Era el caso de Robert Benjamin Smith, quien nació en 1948 en una base militar de la fuerza aérea de Estados Unidos. Desde su infancia fue un individuo gris, sin personalidad, con dificultad para hacer amistades y que pasaba desapercibido todo el tiempo. Por ese sentimiento de marginación, más que por avidez cultural, Smith dedicaba muchas horas a leer libros, sobre todo biografías de personajes históricos como Julio César, Napoleón y John F. Kennedy, quien era el presidente en turno de Estados Unidos.
Al los 15 años, tras la muerte de John F. Kennedy, oficialmente atribuida a otro solitario llamado Lee Harvey Oswald, las lecturas de Smith se centraron, ya no en la vida de personajes históricos, sino en las andanzas de antihéroes como el propio Oswald, además de John Wilkes Booth, el asesino de Abraham Lincoln; Jesse James y Adolf Hitler.
Los sangrientos episodios protagonizados por Speck y Whitman cambiaron la forma de percibir las cosas en Robert Benjamin Smith. Decidió que era tiempo de hacerse de un nombre y alcanzar la posteridad.
Después de estudiar algunos lugares concurridos con potencial para realizar su sueño, entre los que figuró la escuela en la que estudiaba, finalmente decidió que una academia de belleza, ubicada a casi kilómetro y medio de su casa y que todos los sábados estaba concurrida, era el mejor objetivo.
La rueda de la muerte
El sábado 12 de noviembre de 1966, Smith, de 18 años, se levantó temprano y después de vestirse y desayunar algo, guardo en una bolsa los instrumentos elegidos para su misión, entre ellos bolsas de plástico para sándwiches, cordón de nylon, un cuchillo de cacería, la pistola calibre .22 que le había regalado su padre de cumpleaños y bastante munición.
Al llegar al Colegio de Belleza Rose-Mar, Smith se encontró que, por azares del destino, en esa ocasión había muy pocas personas en el establecimiento. Tuvo que hacer un disparo para que las mujeres ahí reunidas le pusieran atención.
Su plan inicial era asfixiar a sus víctimas, pero, al percatarse que las bolsas plásticas para sándwich era muy pequeñas para una cabeza de adulto, decidió ordenar a las mujeres —una de las cuales estaba acompañada por sus dos hijas; una de tres años y otra tres meses— que se acostaran en el suelo, haciendo un círculo, con las cabezas al centro, una figura que los periódicos de la época llamaron “la rueda de la muerte”.
Cuatro jóvenes, tres de ellas de 18 años y una de 19, estaban ahí porque era sábado y querían lucir bellas por la noche. Ese fue todo su pecado. Había más personas, pero sólo esas jóvenes y la niña de tres años murieron. Una de las mujeres, con una bala en el cerebro, pudo arrastrarse hacia su hija de tres meses, servir de escudo humano y salvarle la vida. Una voz femenina gritó que pronto habría más de 40 personas reunidas ahí en cuanto escucharan los disparos. “Lo siento”, respondió Smith, “no traigo suficientes balas para todos ellos”.
La policía llegó cuando el asesino salía tranquilamente de la academia. Los periódicos lo retrataron con una enigmática sonrisa en el rostro.
Inicialmente, Robert Benjamin Smith fue condenado a muerte, castigo que posteriormente fue conmutado por el de prisión de por vida. Lleva más de 40 años tras las rejas.