Nerón: el sátrapa desconocido

POR Jonathan Yardley
La sola mención de su nombre evoca los peores vicios de la Roma cesárea. Pero hasta dónde este emperador es el monstruo decadente que la historia occidental ha castigado incluso siglos después de que el gobernante muriera
En la galería de monstruos de la historia un lugar especial ha sido reservado por más de dos milenios a Lucius Domitius Ahenobarbus, que bajo el nombre de Nerón sirvió como emperador romano por sólo 14 años –54 a 68 d.C.—, en los que perpetró una sucesión asombrosa de atrocidades. “Todos sabemos de Nerón”, señala Edward Champlin, quien añade en torno a este expediente:

“Nerón asesinó a su madre y tocó la lira mientras Roma ardía. También dormía con su madre. Se casó y ejecutó a una hermanastra, ejecutó a otra más, violó y asesinó a su hermanastro. De hecho, ejecutó o asesinó a la mayoría de sus parientes cercanos. Pateó a su esposa embarazada hasta la muerte. Castró y luego se casó con un hombre libre. Contrajo matrimonio con otro hombre libre, esta vez asumiendo él mismo el papel de la novia. Violó a una virgen vestal. Fundió los dioses de Roma por su valor en efectivo. Después de incinerar Roma en el año 64, construyó en gran parte del centro de la ciudad su propio Xanadú, su Domus Aurea. Culpó por el gran incendio a los cristianos, algunos de los cuales fueron utilizados como antorchas humanas para iluminar los jardines durante la noche. Compitió como poeta, como cantante, actor, heraldo y cochero, y ganó todos los concursos, incluso cuando cayó de su carro en los Juegos Olímpicos. Alienó y persiguió a gran parte de la élite, descuidó al ejército y drenó las arcas. Se suicidó a los 30 años, adelantándose a la acción del verdugo. Sus últimas palabras fueron: “¡Qué artista muere conmigo!”
Fuentes discordantes
Al menos, lo anterior es lo que la leyenda de Nerón nos dice. Pero como Edward Champlin se empeña en documentar, la leyenda se basa en la obra de tres escritores –los historiadores Tácito y Lucius Cassius Dio Cocceianus, y el biógrafo Suetonio—, cuyas fuentes al parecer fueron de oídas, registros y archivos públicos desde hace mucho tiempo desaparecidos, y los escritos de “varios autores perdidos” como Plinio el Viejo y Cluvius Rufus. No sólo eso, sino que los tres escritores con frecuencia dan versiones contradictorias de los mismos hechos. Por ejemplo, Tácito, Dio y Suetonio están de acuerdo en que la madre de Nerón, Agripina, asesinó a su padrastro, el emperador Claudio, a fin de garantizar la ascensión de Nerón al trono, sólo que dan diferentes versiones del evento: “Las variaciones en sus narraciones no son en detalles menores: traicionan el simple hecho de que nadie sabía lo realmente sucedió, quién lo hizo, dónde o cómo ocurrió. Y a pesar de la aparente unanimidad de estas tres fuentes, a pesar de que incluso existe la posibilidad de que hubiera estado involucrada en ese crimen, simplemente no sabemos si Claudio fue asesinado por su esposa”.
Más allá de su propia vida
En gran medida, el estudio de Champlin sobre Nerón es, pues, también un análisis del carácter esquivo de la verdad histórica y de la susceptibilidad de las fuentes supuestamente fiables a la distorsión, la selectividad, la inexactitud y, por supuesto, al sesgo. Champlin no está a favor del “encubrimiento” de Nerón: “Él fue un hombre malo y un mal gobernante, pero existe una fuerte evidencia que sugiere que nuestras fuentes principales lo han tergiversado gravemente, creando la imagen del monstruo desequilibrado, ególatra, vívidamente exagerado por los cronistas cristianos, que ha dominado la imaginación de la tradición occidental durante dos milenios. La realidad fue mucho más compleja”.
Nótese que Champlin dice “la realidad”, no “la verdad”. La verdad sobre otro ser humano, sus pensamientos, motivos, deseos y compulsiones son incognoscibles para otro ser humano y, en ocasiones, es desconocida para la persona misma. Nunca sabremos lo que en verdad quería Nerón, si realmente creía en lo que estaba haciendo, si en verdad fue temido o despreciado. Pero es posible, Champlin sugiere, conocer más sobre las circunstancias en las que Nerón hizo lo que hizo. Cerca del final, escribe: “Mi propósito en este libro ha sido restringido: explicar lo que Nerón pudo haber significado en los hechos y delitos que lo han hecho famoso por tanto tiempo. No he tratado de justificar sus acciones o rehabilitar al personaje. He asumido que sus acciones fueron racionales –es decir, no estaba loco— y que mucho de lo que hizo resonó más allá son las actitudes sociales contemporáneas de lo que nuestras fuentes hostiles nos quieren hacer creer”.
Lo mismo se puede decir, como sabemos, de Adolf Hitler. Las cosas casi inimaginablemente viles que hizo, o que otros hicieron a petición de éste, no ocurrieron en el vacío. Hubo un contexto, en este caso una Alemania que se había amargado por la paz punitiva impuesta tras la Primera Guerra Mundial y envenenada por una profunda vena de antisemitismo. Debemos tener en cuenta que millones de alemanes no sólo amaban y temían a Hitler, también lo adoraban.
Lo mismo aplica para Nerón. Champlin, profesor de clásicos en Princeton, hace un caso convincente de que inmediatamente después de su muerte y durante muchos siglos más, Nerón “tuvo una vida adicional que fue única en la antigüedad”. Como Alejandro el Grande, o incluso como Jesucristo, fue considerado en el imaginario popular como “el hombre que no ha muerto y regresará, o como el hombre que murió, pero cuya reputación es una poderosa fuerza viva”, es decir, “un hombre que fue muy extrañado”. La “evolución de un personaje histórico en un héroe del folclore dice poco acerca de la persona real”, Champlin escribe. “El héroe inmortal del folclore representa una añoranza del pasado, una explicación para el presente y, más poderosamente, una justificación para el futuro”.
 Muchas personas honraron a Nerón en diversos lugares, tiempo después de su muerte, y fueron legión quienes lo veneraron como un héroe. Su “vibrante vida después de muerto debe dirigir nuestra atención no tanto a lo que pudieron haber sido las verdaderas intenciones de Nerón, sino a cómo él pudo desear ser percibido, y como de hecho pudo ser percibido por un audiencia receptiva”. El caso que Champlin construye como una obra que apunta hacia un aspecto revisionista de Nerón es cuidadosamente argumentado y complejo, aunque no es una exageración decir que el autor ve en la estrecha sintonía de Nerón con el sentimiento popular y en el arte de la manipulación de este personaje a un hábil intérprete o ejecutante en el escenario público que tenía “un placer por las compañías de los bajos fondos, tan fuerte como poseía la habilidad para identificarse con las masas”.
Pan y circo
Lo que en general es una referencia despectiva a lo que era el pan y circo fue en realidad sumamente importante para el pueblo romano. La Saturnalia de diciembre, cuando el pueblo recreaba “por un tiempo breve la feliz edad de oro cuando Saturno había gobernado Italia”, era disfrutada por todos y su “atractivo potencial para los líderes de la sociedad como forma de control social es claro: junto con uno o más festivales similares en el calendario romano ofrecía una válvula de seguridad, un tiempo en el que lo normalmente impensable era posible, un tiempo de ocio y diversión para todos”. Nerón, que amaba la Saturnalia, la extendió: “Al liberar la conducta saturnal de sus estrictos confines temporales, mediante la redefinición de la misma, por la introducción deliberadamente a otras partes de la vida romana, Nerón no sólo se divertía, acercó al emperador y al pueblo, al soberano y a sus gobernados. La conducta saturnal lo hizo popular”.
Suponiendo que lo anterior es correcto –y Champlin construyó un caso sólido en sus aseveraciones— entonces Nerón no sólo fue un intérprete calificado sino un artista de grandes logros, algo que en general es reconocido, aunque también fue un maestro de la política. Al menos así lo parece. Las habilidades políticas como las entendemos en una democracia pueden parecer irrelevantes a quien gobierna por derecho divino; sin embargo, como Suetonio lo deja claro en su libro Los doce césares, los emperadores romanos siempre vivieron al borde de la traición o la insurgencia, y el apoyo de las masas era por lo tanto de gran importancia para ellos. Champlin sostiene que Nerón tenía mucho más apoyo del que se suele especular, que se mantuvo mucho tiempo después de su muerte ignominiosa.
Tomado de: The Washington Post.
Traducción: José Luis Durán King.

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