Robot, símbolo clásico del totalitarismo

POR Opera Mundi
Karel Copek acuñó el término robot del checo robota, es decir, siervo o fuerza laboral, todo con la finalidad de imbuir dramatismo a las resonancias de la batalla industrial

¿Es el robot el símbolo clásico del totalitarismo? Los registros históricos pueden aclarar la interrogante anterior. En 1921, el concepto de robot se introdujo al habla inglesa y, de ahí, a todo el mundo. El culpable de ello fue Karel Capek con Los robots universales de Rossum, obra de ciencia ficción en la que una fábrica de robots es violentada por Miss Henrietta Glory, de la Liga de la Humanidad. Glory pelea por los derechos de los robots, exigiendo que se les reconstruya incorporándoles sensibilidad humana. ¿Por qué quiere crearles una sensibilidad interior? ¡Para organizar una revuelta!, asesinar a los seres humanos y adueñarse del mundo. Para ese modesto propósito, nada más.

De cumplirse el propósito, las féminas proporcionarían sentimientos al trabajador racionalmente perfecto (el robot), desapareciendo en ellos el sadismo y la agresión de los hombres. “No deseo ningún amo”, clama Radius, el robot bibliotecario que encabeza la rebelión. “Quiero todo para mí, ser el amo de la gente”.
El autómata de Capek era, por supuesto, una metáfora industrializada del régimen bolchevique. La temprana insumisión de Radius permeó para siempre y desde entonces la imagen ulterior de los robots, tanto a los que aterrorizaron a la sociedad de la décadas veinte y treinta del siglo XX como a los de la serie televisiva británica Dr. Who, sin olvidar a los de la cinta 2001 Odisea del espacio o los pangermanos metalizados de nuestra época.
A mediados de los años 80 pasados, Farewell to the Working Class (Adiós a la clase trabajadora), libro escrito por el sartreano Andre Gorz, elabora una buena epopeya de ciencia ficción socialista. “Si la automatización y la robótica son capaces de reducir la cantidad de producción de bienes, la labor productiva humana que una sociedad requiere se reduce al minimum absoluto… Por lo tanto, no debemos argumentar en favor de la liberación de nuestras labores. En vez de ello es obligación nuestra mantener el compromiso con el empleo total y la sociedad laboral”.
En los últimos años hemos sido testigos de cómo la revolución en la robótica ha ganado terreno. Como un sueño tecnológico, la ciencia ficción ha ido perdiendo su aspecto social para convertirse en materia de análisis político, a tal grado que hace apenas unos cuantos lustros se hablaba de un tecnosocialismo que afortunadamente nunca llegó. Pero los antecedentes estaban dados y robots y política se han fusionado de las formas menos esperadas.
“La degradación de la máquina”
En el ahora ya lejano año de 1993, el profesor de historia de la Universidad de Harvard, Paul Kennedy, dedicó todo un capítulo de su obra Preparing For the Twenty-First Century a la robótica. Kennedy sopesaba juiciosamente los hechos: la automatización incrementará masivamente la producción entre las naciones industrialmente desarrolladas a expensas de algunos de los trabajadores del primer mundo y del total de las economías del tercer mundo. El profesor Kennedy dejó sin resolver en su libro la interrogante acerca del papel que jugarán los robots en el siglo XXI, aunque se puede adelantar que la humanidad no caminará precisamente en dirección a la Utopía.
Sin embargo, lo que queda claro es el posible ensamblaje de las más negras pesadillas de nuestra época. ¿Qué tal, por ejemplo, un robo-racismo europeo? “Es concebible que la automatización pueda llegar a ser parte del debate europeo sobre la migración proveniente de los países en vías de desarrollo”, escribía Paul Kennedy. Una de las razones de que Japón se haya ganado el título de “Reino de los Robots” —aparte de por su acuciosa obsesión por el trabajo— es por su profundo miedo étnico hacia los trabajadores extranjeros. “Algunas políticas nacionalistas europeas contemplan atentamente la manera en que Japón impulsa la automatización para obviar la necesidad de importar trabajadores huéspedes”, señalaba atinadamente Kennedy.
De proseguir dicha tendencia en los países industrialmente desarrollados, los temores más enraizados quedarán confirmados, provocando que personajes como Winston Churchill y Jean Marie Le Pen no sean más que un par de androides rezagados en comparación con el tecnototalitarismo que podría teñir la mayor parte del continente europeo. Ya J.G. Ballard había lanzado una señal de alerta cuando escribió acerca de la “degradación de la máquina”, donde advierte que el robot es la metáfora de nuestra relación con la tecnología.
Lo que condensa la tradicional imagen del robot es nuestra desconfianza hacia las máquinas y a la ciencia o, por lo menos, la necesidad de someterlos a nuestro dominio.
Dependencia a los cyborg
Karel Capek acuñó el término robot del checo robota, es decir, siervo o fuerza laboral, todo con la finalidad de imbuir dramatismo a las resonancias de la batalla industrial. La ansiedad del ser humano con respecto a la tecnología finalmente se ha perdido frente a los embates de la cultura ciberpunk, así como con la rapacidad del Sega y compañía, los juegos computarizados y la música tecno. El ciberpunk termina por convertirse en el opio más refinado y perfecto para las masas.
¿Cómo puede desafiarse a la máquina si se educa al individuo para que la ame y reverencie? “De manera clara, la gente puede ser necesaria para una economía industrial basada en la venta de la fuerza de trabajo”, argumenta el académico estadounidense Bill Nichols. “Sin embargo, una prioridad importante para la economía posindustrial podría ser la mutua dependencia con los cyborg”. La idea de lo individual –con todos sus antiguos dilemas de libre albedrío contra determinismo— puede ser sólo “un rastro de tradiciones que no tendrían una pertinencia duradera”.
La relación histórica con el robot ha sido una eterna oscilación entre el anhelo y la aversión. Pero ni la satanización del robot ni su canonización ayudarán a la sociedad posindustrial de nuestra época a enfrentar la era de la robótica maduramente. Un solo vistazo hacia lo que sucedía hace 40 años puede ilustrar esta aseveración: la automatización nunca reemplazó a la humanidad, pero sí la ayudó a abandonar elementos rudimentarios que frenaban todo desarrollo social.
Cuando Futurama homenajeó a Karel Capek
POR Juan José Zanoletty Aguilera
El día 20 de abril de 1999, en Estados Unídos, la cadena de la Fox emitía el quinto episodio de la primera temporada de Futurama, “Fears From a Robot Planet (Temores de un Planeta Robot)” de Ashley Lenz y Chris Sauve.
Fry, Leala y Bender tenían que llevar un paquete al planeta Chapek 9 en una época de convulsión política; los robots, cansados de ser meros esclavos de los hombres, habían tomado el mando y declarado la guerra a todo ser humano; nuestros protagonistas tenían que hacerse pasar por máquinas para cumplir su misión.
Los guionistas Evan Gore y Heather Lombard, al igual que ocurría con los demás episodios, trataban argumentos inteligentes, tal vez demasiados ingeniosos, ocasionando que la serie se cancelara en su quinta temporada, sin poder seguir la estela de éxitos de su hermana mayor The Simpsons. En este capítulo en concreto, los autores decidieron homenajear al gran escritor checo Karel Capek (Praga, 1890-1938), apellido que en su idioma original se escribe Capek, con el símbolo del triangulo invertido sobre la “C”, y que se pronuncia literalmente “Chapek”.
Capek junto a su hermano Josef habían escrito en 1920 para teatro la obra R.U.R. (Robots Universales Rossum) acuñando por vez primera en la literatura la palabra “robot”. En esta obra, una parábola de la revolución comunista, los autómatas construidos por el magnate Rossum, y distribuidos por todo el mundo a través de su empresa R.U.R., toman conciencia y se rebelan contra los humanos para exigirles los mínimos derechos que se merecen como obreros. Imposible de llegar a un acuerdo, los robots exterminan a la raza humana y estos nuevos amos toman el mando de su destino.
Como se puede ver, el argumento de R.U.R. es el mismo que el del episodio de “Fears From a Robot Planet”. Capek, injustamente, es más famoso hoy día por la utilización de ese término que por su propia obra. Es de agradecer que los autores de Futurama lo homenajearan. No sé si el espectador medio norteamericano llegó a darse cuenta del por qué de llamarse dicho planeta Chapek 9. Tampoco sé si aquellos que ponen en un pedestal a Matt Groening fueron conscientes. Sería más grave, en nuestro caso, no recordar a Capek, debido a la vinculación de este autor con España. En 1930, Capek realizó un viaje recorriendo toda la península, quedando maravillado de la cultura que iba encontrando. Todas sus notas y dibujos quedaron plasmados en su libro Cartas desde España, 1930, considerada una de las mejores guías de viajes de la literatura. Pero Capek hizo algo más por la cultura patria, fue el primero en traducir a Federico García Lorca y exportarlo al este de Europa; junto a su hermano Josef hicieron giras por toda la antigua Checoslovaquia representado las obras de Lorca.
Una neumonía se llevó a Capek cuando iba ser nominado al Premio Nobel de Literatura. Poco tiempo después, toda su familia sería exterminada en las cámaras de gas.
Tomado de: Sci Fi World. El Portal del Cine Fantástico. Diciembre 20, 2010.