Todo México es la presa

POR Alfredo C. Villeda
 Se acabó el año sin avances legislativos, sí en los números de las bajas. Pero pareciera que a los últimos que les importa esa parálisis burocrática y esa implosión de la violencia es a los políticos
Violencia imparable. Foto: Jesús Quintanar
Como en la novela de Kenzaburo Oé, el gobierno mexicano se puso el casco, se subió al avión de guerra y lanzó una ofensiva con fuego a discreción, sobrevolando una selva que desconocía. Al paso de cuatro años, el derramamiento de sangre, las bajas civiles y la descomposición social hacen parecer al país, gobierno y población, como la presa de la que da cuenta el narrador japonés, Premio Nobel de Literatura, en su célebre obra.
El supuesto nada tiene que ver con el debate de quién va ganando la guerra contra el crimen organizado. El Presidente presumía ayer que de los 31 capos más buscados al inicio de su gobierno ya cayeron 19. Muy bien. Pero cuando las estadísticas son proyectiles de los inconformes por la carnicería en curso, el argumento es que se están matando entre los malos y, ni modo, en toda conflagración hay daños colaterales. Discursos de guerra con manufactura bushista.
Más de una docena de testimonios grabados existen de altos mandos, de las primeras esferas de las autoridades de este país, comenzando por el mandatario, hablando de “recuperar” territorios, de “arrebatar” plazas al crimen. Es decir, los dan por perdidos. Por eso no sorprendió al fusilero escuchar de jefes militares que ellos han entrado a los estados cuyas autoridades han sido rebasadas, lo reconozcan o no los gobernadores. Tampoco levanta la ceja a nadie que Rodrigo Medina en Nuevo León y César Duarte en Chihuahua no sólo reciban con los brazos abiertos a los militares, con el tácito reconocimiento de su incompetencia o impotencia, sino que anuncien la llegada de refuerzos. Ni hablar del caso Tamaulipas, que rindió la plaza de tiempo atrás.
Este multiplicación de esfuerzos de los soldados es la que ha motivado al gobierno federal poner énfasis en que se apruebe la Ley de Seguridad Nacional, que incluye ya observaciones del propio mando militar para que haya una perfecta división entre el concepto “seguridad nacional”, que corresponde resguardar a las fuerzas armadas, y “seguridad interior”, a cargo de la policía. La Defensa está siendo previsoria. No descarta que en un futuro no tan lejano esta convulsión, que marca al país como uno de los más violentos, dé lugar por los abusos cometidos en el camino a una comisión de la verdad.
El Ejército ha manejado esta información con pinzas. En medio de su empeño por aclarar cada suceso en que sus integrantes se ven envueltos y, al mismo tiempo, cabildear con el Congreso para no dejar hilos sueltos en las futuras leyes, estalló el escándalo WikiLeaks, en el que salió balconeado no sólo el secretario general Guillermo Galván, por negarse a trabajar en equipo con el resto de las fuerzas de seguridad y a atender pitazos de Estados Unidos, sino también Genaro García Luna, a quien colgaron uno de los epítetos más comunes e injuriosos para los gringos: “perdedor”.
Anuncio de un especial multimedia del diario El Clarín sobre la narcoguerra en México
Se acabó el año sin avances legislativos, sí en los números de las bajas. Pero pareciera que a los últimos que les importa esa parálisis burocrática y esa implosión de la violencia es a los políticos. El presidente del Senado le dio su Año Nuevo al Presidente y al PAN con la acusación de que “obstruyen” las reformas, en una entrevista de Angélica Mercado en MILENIO, a lo que siguió la respuesta de los aludidos y la Secretaría de Gobernación. Otro legislador, Gustavo Madero, llamó a Manlio Fabio Beltrones “mentiroso electorero”. Pura grilla, pues, rumbo a los comicios de 2011, como preámbulo de los presidenciales del próximo año.
Mientras una parte del Ejército y otra de la Marina siguen en labores de seguridad pública por la incapacidad política en primera instancia, una facción guerrillera perpetra secuestros millonarios, los cárteles se dan con todo por el control de las plazas y el país civil, el de a pie, es la presa, como el personaje de Kenzaburo Oé, mirando a través de los barrotes cómo se multiplica la violencia sin que los políticos se ocupen por un momento del asunto, entretenidos en su permanente lucha del poder por el poder.