Última llamada

POR Óscar Garduño Nájera
 Te dejo dos puños de olvido,
Y lo inmensamente feliz que soy
Cuando no estoy contigo.
Joseph Singer

Lo importante es que Ignacio está borracho, que su cabeza se mueve torpemente y que el ron, más que atontar sus pensamientos, parece avivarlos, encenderlos con un fulgor distinto, para así despejar cualquier resquicio nebuloso. La luz de una tarde moribunda entra por la ventana, parpadea durante algunos segundos entre las orillas de las cortinas, entra al departamento casi en abandono y, tras reptar por el mosaico del piso, desaparece al estrellarse en el cristal roto de la única fotografía que conserva de su esposa, enmarcada en madera tipo colonial y tela azul, colgada en una amarillenta pared, como si, con el paso de los días, constituyera un altar del que Ignacio conserva recuerdos encendidos a flor de piel ahora que está sentado frente a ella.

También ha deseado romperla, terminar de estrellar de una buena vez por todas el cristal que la cubre, rayar con un plumón ese rostro que, desde allá, le mira con los mismos ojos que tanto le gustaron (y donde en tantas ocasiones se reflejó), y esa sonrisa luminosa, como si en esos momentos, frente al fotógrafo, la vida poco importara para ella: se dejó atrapar por el clic de la cámara y, poco a poco, perdió todo lo que fue para quedar hecha un fantasma que aún se aparece por el departamento de vez en cuando.

Han pasado varias horas desde que decidió sentarse a beber frente a la fotografía y no es la primera vez que lo hace: una extraña comunión que vino a sustituir sus visitas a la iglesia, luego de que comprendió que nada tenía que hacer ahí, mordiendo frente los santos el recuerdo de esa esposa ausente.
Está solo en ese departamento sucio y maloliente y el silencio se resquebraja cuando los niños gritan afuera, en el patio, o cuando ladra el perro del departamento de arriba.
Se relaja y se acomoda en el sillón. Coloca el vaso entre sus piernas por un segundo, enciende un cigarro, exhala la primera bocanada y el humo pasa enfrente de la fotografía hasta escapar, en hilos colgantes que se tensan hasta el exterior, por la ventana. Luego alza el vaso hasta situarlo frente a la mirada de su esposa y hace un ridículo brindis, como el que hicieron en la cena de fin de año en ese restaurante, cargado de excesiva solemnidad y palabras cálidas de felicitaciones.
Cierra los ojos y la imagina desnuda en la cama, charlando acerca de un nuevo corte de cabello, problemas con el director en la compañía de seguros o el último capítulo de la serie de televisión. Abre los ojos. Ignora si es a consecuencia del ron, pero los labios de su esposa ahora parecen de chicle: se estiran hasta alargar la risa, y más que preocuparse por su estado, o dejar de beber, Ignacio saborea todavía más su trago. Incluso cuando el perro vuelve a ladrar, escucha con más nitidez el sonido, como si el animal tallara sus colmillos frente a él, como si se uniera a la burla de su esposa. Comparte con el perro la sonrisa de ella, mientras los dos se divierten con los labios de chicle.

Está de más que vuelva a marcar el número telefónico. La última ocasión que lo hizo, contestó un hombre. Como traspasado por un relámpago, Ignacio comprendió que ahora él ocupaba su lugar, además de dirigir con bombo y platillo una importante compañía. Sintió deseos de expresarle sus felicitaciones, de decirle piropos a la mujer que en esos momentos, seguramente, estaba a su lado, pero sus labios permanecieron inmóviles, acaso un suspiro, y el hombre al otro lado de la línea colgó. Intentó ser optimista y ver el lado positivo de las cosas. De cualquier manera, tarde que temprano su esposa se habría aburrido de él. Desde que tomaron la decisión de casarse habían avanzado juntos siempre hacia delante, siempre esmerándose en trabajar por la prosperidad de un hogar que, con el paso de los días y la molesta rutina, vino a ser ficticio. Poco a poco, los dos comenzaron a callarse las cosas, a ocultarlas, y la compañía tan sólida que tenían entre las manos se comenzó a desmoronar, dejando por resultado sobras que ella prefirió rechazar frente a un aumento de sueldo, un mejor puesto en la compañía de seguros (¿habría alcanzado la subdirección?). Ignacio comprende que ella hizo lo correcto, porque en el fondo, de unos días a la fecha, ya cada quien se preocupaba por sus propios intereses, aunque, ahora que lo piensa, luego de dar otro trago, “¿cuáles son los míos?”. Todavía no lo sabe y en vez de aterrarse se alegra (¿de qué tamaño será su escritorio?).
Asegura que en esos momentos hacen el amor mientras él se encuentra con una botella de ron y frente a una estúpida fotografía. Reconoce que satisfacerla no es nada fácil, ya que en varias ocasiones lo dejó tendido en la cama, exhausto, con aspecto cadavérico, mientras ella, de pie, se masturbaba subiendo una pierna arriba del taburete, su mano danzante sobre la pista de un húmedo clítoris, envuelta en el roce y las luces de una mata de negros vellos, echando su torso hacia atrás hasta dejar el reflejo de su larga cabellera embarrado en el espejo, junto al vaporcito que entre los dos parecían pintar cada que hacían el amor. Tristemente acepta que no todos los hombres son como él. Y en el fondo de sus pensamientos se resigna a que su esposa en verdad goce al lado del flamante director de una importante compañía de seguros, rodeada no sólo por una vida distinta, sino por dinero, poder, y la estabilidad que siempre anheló desde niña.

Sí, será la última llamada. Marca el número, vacilante, torpe. Tardan en contestar y tu-tu-tu… un hombre dice: “bueno”, con una voz que parece rota, triste, como la tuvo en varias ocasiones él (un recuerdo certero). Ignacio se queda ahí, con la bocina en la mano, mientras el hombre solloza y vuelve a decir: “bueno”, y atrás de su tristeza se escucha la voz de su esposa, quien ordena “¡colgar de una maldita vez ese pinche teléfono, carajo!”
Luego de tirar los pedacitos en que se convierte la fotografía, no sin antes cortar piernas, brazos y rayar la estúpida sonrisa de chicle con un plumón amarillo, Ignacio se pone una de las mejores borracheras de su vida y por primera vez experimenta una sensación semejante a la felicidad.