Demasiado jóvenes para matar

POR José Luis Durán King
 Motivos de cientos de análisis, los asesinos masivos adolescentes se han convertido en una epidemia social en EU. Lo desconcertante del caso es el patrón invisible que los mueve

Antes de la masacre de Columbine, Colorado, perpetrada en abril de 1999 por los adolescentes Eric Harris y Dylan Klebold, y que costó la vida de 12 estudiantes y un maestro, hubo otros casos que horrorizaron a la sociedad estadounidense y que la impulsó a preguntarse en qué estaba fallando y cuál era el patrón de los asesinos en masa menores de 18 años. El fácil acceso a las armas en la nación del norte, el abandono de los jóvenes de las clases medias de los suburbios, que los impulsa a crear lazos de fraternidad entre sus amigos de barrio o de colegio, sustituyendo de alguna manera a los padres, quienes pasan todo el tiempo en el trabajo en busca de mayor confort, entre otros factores, han contribuido a que los hermosos asentamientos urbanos a las afueras de las grandes ciudades norteamericanas sean una enorme fábrica de muchachos alienados que intentan obtener su identidad por medio de carnicerías populosas. En cuanto al patrón de comportamiento de estos “sociópatas novatos”, lo perturbador del caso es que prácticamente no existe.

Y volvemos al principio: “Mucho antes de los violentos juegos de video, de la Internet y de la industria de la música nihilista del rock”, escribió Caitlin Lovinger en The New York Times pocos días después de la masacre de Columbine, “los jóvenes de Estados Unidos han cometido ocasionalmente actos de destrucción y violencia”.
Entre esos actos “ocasionales” sobresalen el de Kenneth Skinner, de 17 años, que en 1951 se levantó temprano como de costumbre, sólo que en lugar de repartir el periódico como solía hacerlo diariamente, prendió fuego a un edificio de San Francisco, dejando un saldo de ocho personas muertas.
En busca de un nombre
El 12 de noviembre de 1966, Robert Benjamin Smith, de 18 años, irrumpió al colegio de belleza Rose-Mar, en Mesa, Arizona. Al día siguiente, la portada del periódico Daily News ofrecía una cabeza que describía lo que había sucedido en el colegio: “Joven mata a 5 y ríe”. Benjamin Smith estaba condenado a ser un don nadie. Había repetido años escolares, carecía de facultades atléticas, de personalidad, de humor y de atractivo hacia las chicas. Cuando fue detenido, simplemente respondió: “Quería hacerme de un nombre”. Así resumía el acto que protagonizó cuando entró la academia de belleza, tomó a siete mujeres de rehenes y, cuando llegó la policía, comenzó a asesinar a sus presas una por una, matando a cinco de ellas.
El 29 de enero de 1979, Brenda Spencer abrió fuego contra los niños que caminaban hacia la escuela, asesinado al director y a un vigilante, además de que hirió a ocho infantes. Spencer tenía 16 años, disparó con el rifle que su padre le había regalado apenas la Navidad anterior y, cuando se le preguntó por qué lo había hecho, sus palabras helaron la sangre de los agentes policiacos: “Porque no me gustan los lunes. Fue algo divertido. Los niños caían como los patos del tiro al blanco que hay en las ferias”.
Cinco años antes, el 30 de diciembre de 1974, Anthony Barbaro, de 17 años, salió de su casa en Olean, Nueva York, avisándole a su hermano Chris, de 10 años, que iría “a practicar al blanco”. Tony llevaba consigo su rifle 30-06 con su nueva mira telescópica. El coto de práctica que eligió fue la high school de la localidad, a donde arribó cerca de las tres de la tarde. Por ser un día festivo, la escuela estaba cerrada, por lo que Tony ingresó por uno de los costados del inmueble. Mientras intentaba abrir la puerta, dos chicas vieron que el joven llevaba un arma, dando aviso a uno de los guardias. Al acercarse, Barbaro lo recibió con un disparo en la cabeza. La detonación puso en movimiento al personal y alguien activó la alarma contra incendio.
Con una tranquilidad desconcertante, Barbaro se apostó en el tercer piso de la escuela y comenzó a “practicar al blanco”. Su segunda víctima mortal fue una mujer de 25 años, que recibió un tiro mientras conducía su automóvil. El tercero fue un hombre que trabajaba para una compañía de gas. Al final del tiroteo, 11 personas más resultaron heridas, ya sea por bala o por trozos de vidrio de las ventanas.
Al ser detenido, Tony Barbaro explicó que su familia esperaba mucho de él y eso lo había presionado demasiado. El 1 de noviembre de 1975, un año después de su masacre, el joven se colgó en su celda con una sábana. En una de las líneas de su nota de despedida escribió: “No sobreviviré el castigo mental y físico de mi vida en prisión”.