Embriaguez

POR Alfredo C. Villeda
 El debate sobre la embriaguez no compete sólo a los poetas. La mitología trajo a Dioniso, el dios del vino y la fertilidad, curiosa combinación que la ciencia se ha ocupado, etapa por etapa, de echar abajo
Bret Easton Ellis ha respondido con un sofisma cuando un joven cibernauta español, acaso con candor, ingenuidad, quiso saber qué disciplina sigue el autor de American Psycho, cuál es su método de creación: “Beber mucho tequila ayuda”. Si el insospechado lector piensa en Edgar Poe, en Jim Morrison o en Charles Bukowski, quizá dé la razón al novelista estadounidense, que por lo demás cada vez oculta menos su obsesión por resucitar, en apariencia, no en letras, a Truman Capote.

Pero no es así. Es cierto que Julio Cortázar interrumpía de súbito una parranda parisiense para irse a escribir un capítulo de Rayuela, pero esa temeridad sólo la consuman con éxito los genios, como ha explicado con detalle Mario Vargas Llosa, testigo de esas marchas en los callejones de Pigalle, al pie de Montematre. Ni Gustave Flaubert, maestro de narradores, tenía esa cualidad, por lo que más allá de un tequilita o una musa alada, basó su gran obra en un elemento de pureza terrenal: la disciplina.
Para otros autores el trago es un alivio pasajero contra llagas que, semejantes a la lepra, corroen lentamente el alma, en soledad, porque son males que no se le pueden confiar a nadie. El iraní Sadeq Hedayat escribe: “Porque el hombre aún no ha encontrado remedio para tal plaga. Las únicas medicinas eficaces son el olvido que dispensa el vino y la somnolencia artificial que procuran la droga o los estupefacientes. Pero, desgraciadamente, sus efectos son pasajeros: el sufrimiento no sólo no se calma de forma definitiva, sino que no tarda en exacerbarse”.
En el caso del autor de La lechuza ciega hay que recordar que estaba decepcionado del universo, que consideraba absurdo y cruel, y terminó suicidándose en París a los 48 años, en 1951. No sin antes haber prologado y dejado la mejor versión disponible en occidente de los Robaiyyat o cuartetos, de su antepasado Omar Jayyam, poeta fundacional que divulgó sus cantos en farsi entre los siglos XI y XII… y que invocaba el vino a la menor provocación, si bien a menudo en un tono opuesto al de su heredero, es decir, para mitigar la tristeza y la pena de la vida.
En el cuarteto 143, escribe, por ejemplo:
“¿Transcurrirá tu vida
siempre en el egoísmo
o vivirás pensando en lo
que no es?
Bebe vino; la vida que
acecha la tristeza
es mejor que transcurra en embriaguez o en sueño.”
En su estudio preliminar sobre Jayyam, Hedayat resalta cómo en los cuartetos las mujeres bellas sólo son un medio para completar el gozo, adornar las fiestas y, a menudo, la importancia del vino supera a la de la mujer. Quizá por eso comparta Schopenhauer ese pesimismo reflejado en los versos del cuarteto 101: “El cuerpo y su figura, oh necios, no son nada,/ nada los nueve cielos, su bóveda estrellada”. Es decir, el placer instantáneo, el amor por la belleza, lo gustoso, lo exquisito, lo melodioso y lo pintoresco, con el vino como factor fundamental.

El propio Nietzsche comparaba a la cerveza con la bella morena que hay que tener al lado. Aunque fue Baudelaire quien, extasiado en sus Flores del mal, alertaba sobre otro veneno, más poderoso que el vino y el opio:
“Mas todo eso no vale el
veneno vertido/ por tu
verde mirada,/ lago donde mi
espíritu se refleja invertido…/
Mis sueños han bebido/ en el
amargo pozo de tus ojos,
amada./ Todo ello no vale ese
placer nefando/ que tu
saliva vierte,/ y me hunde en
el olvido, y mi alma pervierte/
mientras la va arrastrando/
desfallecida a las riberas de la
muerte.”
El debate sobre la embriaguez, hay que recordar, no compete sólo a los poetas, si bien ya Jayyam y siglos después Shakespeare la invocaban. La mitología trajo a Dioniso, el dios del vino y la fertilidad, curiosa combinación que la ciencia se ha ocupado, etapa por etapa, de echar abajo. Luis Alemany, por ejemplo, dio a conocer en El Mundo una investigación entre 2 mil varones y concluyeron que el alcohol, lejos de ser un amigo de las relaciones sexuales (aumentar la erección y el deseo), produce el efecto contrario.
Quizá el tequila haya impulsado la carrera de best seller de Easton Ellis, pero eso no lo convierte en Capote y menos en Cortázar. A la fecha no existe un poeta que se acerque a Jayyam. El genio del joven Rimbaud era natural, no lo trabajó con paciencia durante años, como tuvo que hacerlo Flaubert y acaso Balzac. Tiene razón Vargas Llosa, por eso, cuando ataja todo delirio juvenil de conectar la embriaguez con la alta literatura, y él mismo concede pertenecer a la estirpe de los otros, los que se dedican a la talacha.
En tanto, habrá que cantar con Baudelaire:
Enivrez vous!
Du vin, de poésie, de vertue,
mais enivrez vous!