Hawthorne y Melville: una amistad demasiado efusiva

POR Jay Parini
En 1850 ambos escritores eran inseparables. Sin embargo hubo algo que ahuyentó de forma definitiva al autor de La letra escarlata. El misterio nunca se revelará, pero hay indicios de que el amor terminó con el afecto profundo que los artistas se profesaban
Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, los dos grandes novelistas estadounidenses del siglo XIX, fueron amigos cercanos durante una coyuntura importante en sus vidas de escritores, y es difícil imaginar una relación más fructífera, punzante o compleja. Para Hawthorne fue una conexión que le despertó un profundo interés intelectual. Para Melville fue un asunto de amor.
Después de varios años en Boston como inspector de aduana, Hawthorne se trasladó en 1850 a Lenox, en las montañas Berkshire al oeste de Massachusetts. Vivió en una pequeña casa de campo con su bella esposa, Sophie, y sus dos hijos, Una y Julian. Las Berkshire estaban dominadas por imponentes figuras literarias como Catharine Maria Sedgwick, Oliver Wendell Holmes, Fanny Kemble y James Russell Lowell, pero

Hawthorne era un hombre tímido que rara vez se aventuraba en las sociedades literarias.

A principios de agosto de ese año, mientras Melville residía con una de sus tías en Pittsfield (a seis millas de Lenox), una figura importante de la localidad lo invitó a conocer al gran Hawthorne –quien acababa de publicar La letra escarlata con gran éxito— en la base del Monumento a la Montaña, un lugar popular para las excursiones.
Varios amigos caminaron por un sendero con media docena más de acompañantes. Al parecer se desató una tormenta y el grupo se resguardó en una cueva, donde todos bebieron champán en una taza de plata y leyeron poesía en voz alta. Melville se sentía animado, saltando bajo la lluvia a una roca junto a un precipicio; en ésta jugó al marinero, fingiendo que se columpiaba en cuerdas imaginarias, para regocijo de todos. Hawthorne, en particular, admiró este impetuoso autor joven de 31 años, 15 años menor que él.
Dos días más tarde, Hawthorne escribió a un amigo: “Conocí a Melville el otro día y me agradó tanto que le he pedido que pase unos días con nosotros antes de dejar estos lugares”.
Una brisa fresca
La visita estuvo tan amena que Melville –siempre impetuoso— insistió a su familia que se mudara de Nueva York a las Berkshire. Melville, su esposa, su hijo recién nacido y su madre de Melville ocuparon al mes siguiente una casa –comprada— en Arrowhead, en las afueras de Pittsfield. Al mismo tiempo, Melville leyó Musgos de una vieja rectoría, un libro de cuentos y sketches de Hawthorne, publicado en una revista, señalando: “No hay hombre en quien el humor y el amor, como picos de montañas, se eleven a tanta altura para recibir las irradiaciones de los cielos superiores; no hay un hombre en el que el humor y el amor sean desarrollados en esa forma superior llamada genio”. La reseña fue una brisa fresca para Hawthorne.
Búsqueda metafísica
En las Berkshire, Melville fue de visita a menudo, y Sophie Hawthorne encontraba al joven escritor muy entretenido. La primavera siguiente, ella escribió que Melville habló profundamente sobre “Dios, el diablo y la vida, sobre si se acceder a la verdad” con su querido esposo. “Nada me agrada más que sentarme y escuchar a este hombre estrellar sus tumultuosos oleajes de pensamiento contra los silencios comprensivos del gran y genial señor Hawthorne”, añadió Sophie.
En ese tiempo, Melville estaba trabajando en Moby Dick, su obra maestra, y Hawthorne lo empujó a ir más allá de lo que había hecho antes. Como siempre, Melville necesitaba dinero y buscaba desesperadamente que su historia de la búsqueda de una peligrosa ballena blanca atrajera a los lectores.
Hawthorne, un alegorista por excelencia, vio que Melville tenía frente a él algo más que una historia de mar. Aquí había una búsqueda metafísica, con el hombre enfrentado a la naturaleza. Sin las conversaciones con Hawthorne en el invierno de 1850 y la primavera de 1851, Melville no se habría dado cuenta plenamente de lo que tenía sobre la mesa.
No tenemos toda la información que nos gustaría poseer acerca de esa amistad, pero sí sabemos que una vez, durante una tormenta de nieve, Hawthorne apreció en la parte posterior de Arrowhead y fue invitado a pasar la noche. Los dos autores se sentaron en el estudio de Melville toda la noche, hablando en voz baja, despertando la curiosidad de la esposa, la madre y la hermana de Melville, que escuchaban con atención detrás de la puerta. El alcance de su intimidad es desconocida, aunque ha intrigado a los biógrafos por mucho tiempo.
La mayor parte del tiempo, como Sophie Hawthorne dijo, Melville enseñó su corazón y Hawthorne escuchaba. Ciertamente, las escasas cartas existentes de Melville a su mentor están llenas de anhelo. En una, imaginaba a los dos amigos sentados juntos en el Paraíso en conversación eterna: “¡Oh, mi querido amigo mortal, ¿cómo platicamos gratamente acerca de todas las cosas que ahora tanto nos angustian”.
Hawthorne finalmente se retiró, enfureciendo a Melville al rechazar las invitaciones a cenar y al té. Habría que sospechar que Hawthorne no pudo soportar tanta cercanía. Sin embargo, Hawthorne logró una mención de alabanza en Moby Dick. El libro fue, después de todo, dedicado a él.
Melville escribió extasiado: “¡Ah! Es una etapa larga, y la vista no reposa, y la noche ha llegado, y el cuerpo se enfría. Pero con usted de pasajero, estoy contento y puedo ser feliz. Voy a dejar el mundo, me siento con más satisfacción por haber llegado a conocerte. Sabiendo que me persuades más que la Biblia sobre nuestra inmortalidad… debo escribir mil –un millón—, millones de pensamientos, todo bajo la forma de una carta dirigida a usted. El divino magneto está en usted, y el mío responde”.
Cuestión de clima
Hawthorne parece haber entrado en pánico cuando confirmó la efusividad de Melville y huyó de las Berkshires para siempre, aduciendo que el clima no era el apropiado para él. El clima, uno puede asumir, era Herman Melville.
Ambos se reunieron sólo una vez más después de esto, en Inglaterra, donde Hawthorne sirvió como cónsul estadounidense en Liverpool. Dieron un largo paseo, una tarde por la playa, fumando y hablando, tal y como Hawthorne  escribió en su diario:
“Melville, como siempre, comenzó reflexionando acerca de la Providencia y el futuro, y de todo lo que está más allá del conocimiento humano… Es extraña la forma en que persiste –y ha persistido desde que lo conocí, y probablemente desde mucho antes— en divagar de aquí para allá en esos desiertos, tan tristes y monótonos como las colinas de arena en las que estábamos sentados. Él no puede creer, ni se siente cómodo en su incredulidad, y es demasiado honesto y valiente para no tratar de hacer ni una o ni otra cosa. Si fuera un hombre religioso sería uno de los más religiosos y reverentes; tiene una naturaleza muy noble, mucho mejor que la mayoría de nosotros”.
Un gran secreto
Hawthorne nunca contactó a Melville, cuando regresó a Nueva Inglaterra en 1864, y murió poco después. Melville, en ese momento, había casi desaparecido de la escena pública y trabajaba como un oscuro inspector en la Aduana de Nueva York (una posición que había desempeñado Hawthorne en Boston). En el momento de la muerte de Melville en 1891, toda su obra fue olvidada.
Pocos años antes de la muerte de Melville, Julian Hawthorne (quien reunía material para una biografía de su padre) visitó al hombre de edad avanzada y escribió sus impresiones: “Al principio estaba renuente a hablar, pero finalmente me dijo varias cosas interesantes, entre las cuales la más notable fue que él estaba convencido de que Hawthorne tuvo un gran secreto oculto toda su vida, que, si se supiera, explicaría todos los misterios de su carrera”.
Lo único cierto aquí es que Melville quiso más a Hawthorne –mucho más— de lo que éste estaba dispuesto a dar. Y está claro que Hawthorne tenía miedo, ya sea de la intensidad afectiva de Melville o de su insaciable sed de aprobación.
Tomado de: The Telegraph. Enero 27, 2011.
Traducción: José Luis Durán King.

1 thought on “Hawthorne y Melville: una amistad demasiado efusiva

  1. Interesante articulo sobre la vinculación de Hawthorne y Melville, dos genios de la literatura estadounidense…
    Eduardo Martínez Rosas

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