Burbuja

POR Óscar Garduño Nájera
 Tres colegialas nos miraron pasar desde una esquina y rompieron en risas. Una de ellas, quizás la más guapa, alzó su falda a cuadros, y en una de tantas vueltas alcancé a ver su ropa interior negra
Primero fue nuestro silencio alargado, luego fueron las ganas apaciguadas al tono tembloroso de unas cuantas copas de vino. Llegó tu cuerpo entre mis manos más bien torpes. Cerraste los ojos. Puse mi lengua en el centro de tus pezones y descubrí que dentro de esas burbujas se escondía una realidad alterna a la que en esos momentos estábamos viviendo. Entonces, luego de chupar, descendí.
Al llegar a tu abdomen otra vez descubrí el silencio. Entonces rompiste la tarde fría y me pediste, casi susurrando: “Quiero montarme encima de ti”.
Estabas frente a mí y tus pezones eran burbujas entre mis manos. Te movías hacia atrás y hacia delante, y en cada movimiento apretabas mis piernas, como si hiciera hasta lo imposible por no despegar del suelo, como si tus piernas, ligeramente abiertas, fueran las alas de algún animal mitológico que encuentra el vuelo tras caer herido. Supe entonces que los dos estábamos dentro de una burbuja. Y si no flotaba era por el peso de nuestros cuerpos.
La burbuja por fin salió a la calle por una de las ventanas de la recámara. Tuve miedo entonces de que nos descubrieran. Ya sabes: nunca faltan los mirones, los sorprendidos ante dos cuerpos.
Cuando cruzó la avenida casi nos golpea de frente un automóvil, cuyo chofer no dejó de insultarnos; nuestra maestría, y ese movimiento continuo tuyo, logró que la burbuja pasara por encima del toldo, esquivando la orilla de la afilada defensa. Comenzamos a girar dentro de la burbuja. Supimos que nada quedaba por hacer. Nos tendríamos que acostumbrar a estar encima uno del otro hasta que algo detuviese nuestros frenéticos movimientos.
Tres colegialas nos miraron pasar desde una esquina y rompieron en risas. Una de ellas, quizás la más guapa, alzó su falda a cuadros, y en una de tantas vueltas alcancé a ver su ropa interior negra. Luego pasamos al lado de un famélico perro. En cuanto vio los movimientos de la burbuja comenzó a seguirla mientras ladraba a nuestras espaldas. Cuando por fin se cansó sacó la lengua y se echó al suelo, contemplando cómo nos íbamos alejando. En algún momento, en alguna vuelta, tu húmedo sexo recargó su aroma en mis labios y comprendí que el girar y girar estaba llegando a su fin. Entró mi lengua hasta partirte en dos mitades simétricamente iguales.
Era la despedida.
Con la punta de mi lengua alcancé la superficie plana de la burbuja, y al primer contacto ésta se reventó, dejándonos a los dos tirados en plena avenida, desnudos, temblorosos, bajo el frío de un amor que también se reinventa a cada momento.