Deep Purple: el T-Rex del metal en su hora crepuscular

POR Alfredo C. Villeda
Este gigante del Cretácico ha recorrido el territorio mexicano en todas direcciones desde los años 90: el Palacio de los Deportes, la Plaza México, el Auditorio. Monterrey, Guadalajara, Zacatecas. El fin parece estar cerca
Si el carbono 14 no miente, la especie Deep Purple pertenece al Cretácico tardío, datado en las eras geomusicales allá por finales de los años 60, periodo que vio nacer a las máximas figuras del rock. Este Tyrannosaurus de cinco cabezas, en vías de extinción, se retuerce, avanza sobre la sabana inmensa de una tierra única evocativa de la Pangea, el supercontinente en el que vivieron los terópodos prehistóricos, pero es una sabana metalera. Su rugido, empero, ha comenzado a ceder.

Rugido Gillan llaman sus súbditos a Ian, la voz principal de la banda británica que pasó por México esta semana antes de partir a Rusia. Constátelo quien así lo desee con tres pistas legendarias: “Space Truckin’”, “Child in Time” y “Lazy”, esa rareza pesada con destellos blueseros, o blues con armadura metálica. Pero las más de cuatro décadas sobre los escenarios han maltratado la garganta del otrora Jesucristo Superestrella.
Nadie se había percatado del daño en el arranque del concierto, cuando Ian salta al escenario en medio del despliegue de luces y, advertido sin duda por su equipo, señala con su índice al peculiar espectador, eufórico, que le aplaude en segunda fila: Alex Lora. Gillan lo saluda mientras sirenas aúllan para dar pie al más clásico de los comienzos de un masivo roquero: “Highway Star”.
Los ocho, nueve mil espectadores del Auditorio Nacional se agitan en el remolino armónico que disparan los teclados del cumplidor sucesor de Jon Lord y las cuerdas del fino ejecutante que interpreta con clase a Ritchie Blackmore. La mayoría de asistentes rebasa los 40, aunque, sorpresa, hay algunos grupúsculos de treintañeros que no sería raro si son arqueólogos, antropólogos o palentólogos. Ahí está el objeto de estudio… y animado.
Una máxima de la paleontología dice que es casi imposible hallar el fósil completo de un ejemplar de una especie extinta. Más en el caso de los monstruos del Jurásico y del Cretácico. Quienes atestiguaron el paso de este auténtico T-Rex por Reforma y Molino del Rey lo confirmaron. Porque con este gigante sucede que su formación clásica, legendaria, no es la original, conocida como Mark I, sino la que le siguió. Y la alineación vigente dista mucho de ambas.
Pero la multitud, prendida como el líder del Tri que grita, baila y canta en segunda fila, va a rendir tributo a esta criatura antediluviana que tira sus coletazos postreros. La primera parte cubre el periodo juvenil, el más creativo del grupo, con una extraña versión, por corta, de “Strange Kind of Woman”, lo que despierta sospechas, pues hay grabaciones en vivo en las que consume más de 10 minutos.
Después de una fase intermedia con rolas que dieron poco de que hablar en su momento y un solo de teclado que incluyó “Tequila” y “El jarabe tapatío”, para consentir el nacionalismo de sus fans región 4, el Purple dinosáurico abrió la fase final del recital con “Perfect Strangers”. Ya el público había auxiliado a Gillan con el Yeah, yeah, yeah, Space Truckin’, rugido al que de plano renunció esta vez sin intento de por medio, pero que nadie osó reclamar si estaba por venir una de las rolas más jefas de la historia del rock: “Smoke On the Water”.
Ya para entonces hasta los que se etiquetan en eso que llaman “prensa especializada” están de pie y unen sus voces a la del resto de los ocho, nueve mil fieles siervos de la leyenda púrpura que aún va a regresar, en el famoso encore, con dos piezas míticas: “Hush” y, por supuesto, “Black Night”, ambas fechadas antes de Cristo. Steve Morse, el guitarrista del que tanto se alaban sus virtudes y que ha ocupado por más tiempo la posición en la banda, ejecuta con presteza la obra que legó Blackmore, si acaso añade algún destello arabesco ahora, español después. Y con eso basta.
Este gigante del Cretácico ha recorrido su territorio mexicano en todas direcciones desde los años 90. El Palacio de los Deportes, la Plaza México, el Auditorio. Monterrey, Guadalajara, Zacatecas. El fin parece estar cerca. Un título de Nietzsche viene a la mente cuando Gillan se resigna a que la masa escupa los rugidos que le aprendieron, a los que él ha renunciado, porque garganta, diafragma y cuerdas han cedido: el crepúsculo de los ídolos.
Así, el T-Rex parte a la estepa rusa. A ritmo, naturalmente, de heavy metal.