Destino

POR Mariana Molina
No todos respondemos a los estímulos de igual forma. Llevamos una cajita de pandora guardada en nuestro interior con la que luchamos constantemente en la vida, pues se va abriendo imperceptiblemente a nuestros sentidos

La búsqueda del hombre en la vida, es la búsqueda por entender su camino. El proceso del ser en la historia no es una línea recta ni circular sino una espiral, dicen los historiadores; un proceso de evolución neuronal y genética, dicen  los científicos; un elevado refinamiento de la creatividad en los niveles más abstractos, para los artistas. Pero la vida de cada uno de nosotros, sin estadísticas ni números, no se mide con teorías elaboradas en filosofías del pensamiento que pretenden generalizar o universalizar lo que una comunidad hegemónica de la cultura acepta como válida por consenso.
A lo largo de mi vida me he encontrado en lugares que jamás habría imaginado, en situaciones y circunstancias que me han hecho preguntarme “¿por qué me pasa esto a mi?” Todos tenemos una idea de lo que queremos en la vida, sabemos por instinto que tener un “plan” o “proyecto” de vida nos llevará más fácilmente hacia ese lugar. Conforme vamos creciendo mental y emocionalmente alcanzamos niveles donde podemos emitir juicios de valor más complejos sobre lo que deseamos hacer de nuestra vida; poseemos iniciativas y motivaciones por nuestros sueños, distinguimos lo que consideramos posible y lo imposible según nuestras oportunidades, ya sea por nuestra condición económica, social o cultural.
Siempre imaginé que un día seria pintora, amaba todo lo que tenía que ver con las artes plásticas, los colores, el movimiento lúdico de las formas mezcladas en figuras, lo onírico del sonido emotivo en la sensación de crear, tenía facilidad para dibujar, sabía que ésa es una de las bases del pintor, pero temía no tener nada que decir, era una joven inexperta de 16 años,  me encontraba estudiando el bachillerato en un Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM. En aquel tiempo existía el pase automático a la carrera que quisieras estudiar; aun siendo de alta demanda para acceder a ella necesitabas un promedio mínimo de 8 y yo contaba con un 10 perfecto. Había esperado tres años para cumplir mi sueño, imaginaba el ambiente artístico y bohemio sintiendo al cerrar los ojos los olores del oleo y el aguarrás destilado, no me eran ajenos. Tomé todos los cursos extra curriculares que ofrecía el colegio y había montado un “pequeño estudio” en mi habitación; ponía velas y lámparas para jugar con las luces; mis modelos fueron recortes de revistas, imágenes de pinturas famosas o algún montaje de objetos al azar; perdía el tiempo buscando y experimentando con materiales,  me encontraba ante mi pintura extasiada después de cinco o siete horas que para mí pasaban como segundos. Cuando empiezas con una idea de qué pintar, siempre hay un punto en el que descubres nuevas formas para plasmarlo, recorres por tu imaginación la vida de esa imagen, que inevitablemente siempre es mejor en el lienzo. Esa sensación de ser el brazo que por mano tiene lápiz o pincel me llenaba de magia; así es como sentía pintar: magia.
Todavía conservo material que compré con gran emoción; guardo unas pinturas prismacolor que por aquel tiempo costaban mucho dinero para mi economía. Mi profesor hacía su servicio social dando los cursos a los que asistía, pero había expuesto en algunas instalaciones culturales de la universidad, ganando cierto reconocimiento. Decía que yo tenía talento. Cuando presenté el trabajo final, en el que teníamos que demostrar todos los conocimientos y herramientas adquiridos, quedó maravillado con mi trabajo. Lamentó que el curso no tuviera validez para un tipo oficial de recomendación, pero dijo que mi trabajo hablaba por sí solo; necesitaba perfeccionar la técnica y dar vuelo a mi creatividad, pero tenía futuro.
Futuro, esa palabra me resulta ahora más que nunca un sinónimo de vacío; no hay nada en el futuro, porque el futuro es una trampa mental que en la realidad no existe. Así como el tiempo con el tiempo se vuelve un instante, finalmente en el momento de decidir mi futuro elegí la carrera de psicología. Me apasionaba la mente humana, sus misterios, sinrazones casi inexplicables de la conducta y los fines de su actuar; pero no fue ese el motivo por el que decliné de mi sueño. Tuve una conversación con mi familia, que desde tiempo atrás decía que esa no era una profesión y, si lo era, era para “burgueses mediocres” que no sabían qué hacer con su vida. Escuché por años que nunca ganaría nada, que de eso no se vive. Evadía sus argumentos ante mi ilusión por pintar. No pretendo culpar a mis familiares, ellos apenas y conocían un museo, no asistirían a un concierto de música clásica por su cuenta ni sabían de libros o películas de culto. Fue mi temor a fracasar, que finalmente sucediera lo que me decían; me escudé ante el “tengo miedo de no saber qué decir”; primero estudiare psicología y después retomare la pintura. Efectivamente, también había tenido inclinación por aquello, pero el sentimiento de cobardía, arrepentimiento y culpa me siguieron durante mucho tiempo.
Se dice que el pasado nos persigue y un día inexorablemente nos alcanzara. Todos tenemos una carga de información vivencial, que para los teóricos de la psicología infantil, sobre todo la emocional, recibida durante los primeros seis años de nuestra vida nos definirá a lo largo de nuestras experiencias, y nos hará actuar o reaccionar en determinadas maneras preestablecidas por el acondicionamiento del carácter genético y ambiental.
No todos respondemos a los estímulos de igual forma. Llevamos una cajita de pandora guardada en nuestro interior con la que luchamos constantemente en la vida, pues se va abriendo imperceptiblemente a nuestros sentidos; otra es la parte genética que heredamos; ambas interfieren con nuestras emociones e identidad, `por eso es que aun sin haber conocido o vivido con uno o ambos padres nos parecemos en la forma de pensar, creer, en el carácter, temple, gustos, manías o hasta expresiones corporales, o no encontramos identificación alguna con ninguno de los dos.
Estos factores, sumados a las experiencias epistemológicas, nos abren o cierran expectativas ante el mundo que nos rodea y del que esperamos encontrar lo que algunos llaman destino genético y otros destino conductual al azar o acondicionamiento libre del ser por resistencia ambiental, es decir, por el ambiente en el que “nos vayamos encontrando por casualidad” no planeado, pero que nos va definiendo. Así es como hay personas que después de ser secuestradas cambian no sólo su conducta , generan enfermedades emocionales a las que ya se les ha dado nombres, sino que también cambian su información genética; o por el contrario, las que sin haber sido expuestas a vivencias extremas, cumplen casi meticulosamente su “proyecto” de vida, y un día deciden suicidarse, pues alguno de sus padres se suicidó de la misma forma, heredándole la tendencia depresiva crónica neuronal, la que aparece ante un detonante estresante sin importancia pero que se activa como enfermedad en el cerebro, afectando los umbrales de las emociones, que no caben en una problemática existencial. Esta información es sumamente interesante, ya que no se trata sólo de repetir los patrones que vimos de niños, casarnos con nuestras figuras paternas o maternas, vivir tratando de cumplir las expectativas elevadas o muy bajas de las figuras de autoridad, tomar las decisiones por medio del criterio que creemos no puede ser influido por la herencia genética; estamos hablando de un proceso de evolución mental y emocional que supera las bases de Freud, Darwin, sobre todo de un nivel del ser instintivo abstracto en la mentalidad del ser humano, que tampoco lo define en sí.
Existen muchas teorías para explicar el por qué de los obstáculos o conflictos no planeados, que superan el instinto de seguridad ante lo desconocido. Sabemos, junto con las experiencias que vamos acumulando, que las cosas cambian, los planes, sueños, personas y modos de vida; creemos que sucederán cosas no previstas y hasta inconmensurables a nuestra imaginación o expectativas, pero tenemos que confiar en que todo estará bien, en que los estados de angustia, desesperación o limites en los que tengamos que enfrentarnos a decisiones de vida o muerte podrán ser superados. Lo que no existía era esta nueva forma de hacer aún más complejo el ser para revelar que podemos cambiar información genética, lo que implicaría crear seres tipo película de ficción, donde inyectando tal ADN crearíamos a un asesino o un psicópata, un superdotado. Sin embargo, lo cierto es que todos creamos más que elegir cosas en que creer para continuar; a pesar de lo que construimos como futuro hay quienes creen en un plan divino que está trazado para cada quien. Otros creen en la misión que el universo nos encomienda desde antes de nacer, que elegimos nuestro sexo, país y personas a las que conoceremos para vivir experiencias dolorosas o intensas, que nos harán ser quienes somos. Muchos más optan por el “no existen casualidades sino causalidades”, no creen en la suerte ni en la fortuna, asumiendo un pesimismo ante el porvenir o una autosuficiencia demasiado exigente de sí mismos ante la vida, pero todos creemos en algo, que quizá intelectualmente sabemos que no es real, como quien espera al amor de su vida después de muchos fracasos, o quienes compran la lotería porque puede ser que tengan un golpe de suerte, los que tienen una fe ciega en que ocurrirá un milagro al enfermar, los que aman lo que no se ve, la fraternidad, solidaridad, confianza, lealtad, pero todos nos aferramos a pequeñas o grandes cosas, que tomen significado para hacer de la vida un lugar habitable por nosotros mismos; un cigarrillo, un viaje o un beso que nos ilusione pueden ser suficientes, por que vale más lo bueno, pese a que lo peor sea más frecuente.
No soy pintora, terminé la carrera de psicología y, cuando se suponía que iría tras mi sueño, se me cruzaron “cosas del destino” y terminé estudiando filosofía, la carrera que me ha hecho la mujer más plena y satisfecha de mis capacidades intelectuales. Amo el conocimiento infinito de los procesos por la búsqueda del ser humano y las maravillosas complejidades que lo rodean, eso a pesar de los sinsabores, fracasos, sueños rotos, tiempo robado, autocastigos o injusticias. Es lo que me ha hecho continuar. Decidí que me gusta creer que ese fue mi poético destino.

2 thoughts on “Destino

  1. “En los ojos de los jóvenes
    vemos llamas, pero es en los ojos
    de los mayores donde vemos la luz”
    Víctor Hugo

    Tienes razón, el hombre busca su camino y la búsqueda del hombre es el camino… en eso empeña su vida, en eso empeñamos nuestras vidas.
    Un maestro mío, decía que una de las características de la inteligencia, era el sentido de anticipación, el prever lo que sucederá, y que de ahí se deriva nuestra capacidad de ‘tratar’ de planear el futuro… anticipación y planeación, sobre un futuro que nunca será como lo imaginamos…
    Una de las características de la juventud, de los espíritus jóvenes, es la actitud, la actitud de ‘tomar riesgos’, conforme la vida avanza nuestro espíritu es golpeado y poco a poco se doblega, y dejamos de tomar esos riesgos, básicamente por el miedo al fracaso y por las ataduras que poco a poco anudamos, y sí, los fantasmas del pasado nos comienzan a perseguir, es esa la naturaleza humana…
    Es cierto, existe una carga emocional, que ‘heredamos’ genética o socialmente, de nuestra familia, de nuestro medio, esa nos condiciona y frecuentemente nos limita, tendiendo a repetir e incluso a copiar los errores o aciertos de nuestros padres… esto nos mueve a cuestionarnos, en qué medida somos libres al tomar nuestras decisiones, y en qué medida estamos determinados por nuestros karmas y fantasmas ancestrales, o en qué medida nos escondemos detrás de estos karmas y fantasmas, para justificar nuestros miedos y limitaciones, y finalmente está la presencia de nuestras angustias y miedos a lo desconocido… por eso muchas veces atribuimos nuestra realidad a las “cosas del destino” confiando en la suerte, la divinidad, el destino, o los horóscopos… pensando que este mundo mágico e irreal, nos transformará para bien, nuestra vida…
    Magnifico escrito de Mariana Molina, sobre estas dudas de la existencia, que todos tenemos y pocos nos confesamos…
    Goethe escribió Fausto a los 82 años…
    El Tiziano pintó muchas de sus obras maestras a los 98…
    Toscanini dirigía orquestas a los 87…
    Edison trabajaba en su laboratorio a los 83…
    Benjamín Franklin participo con sus ideas y redacción, en la Constitución de los Estados Unidos a los 81…

    ¿Cumplieron así su Destino?

    Mariana, ¿Cuándo comienzas a pintar?…

    Eduardo Martínez Rosas.

  2. El Destino nos marca indudablemente, pero ¿seremos unicamente sus juguetes…?? o el Destino ¿es nuestro juego….??

    Magnífico Articulo…

    SABDRA LUZ HERNÁNDEZ

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