John Lennon: el misántropo implacable

POR Giles Harvey
 A partir de un encuentro fallido que sostuvieron los Beatles con Elvis Presley en 1965, el autor elabora un retrato desconocido del líder del Cuarteto de Liverpool. El resultado no es muy agradable para los simpatizantes del artista muerto prematuramente
Cuando los Beatles recibieron a Elvis [Presley] en su mansión alquilada en Bel Air, en agosto de 1965, las probabilidades de una agradable velada eran grandes. Los Fab Four [Los Fabulosos Cuatro], con cinco álbumes en el número uno detrás de ellos, estaban en el mediodía de su potencial creativo, mientras que Elvis había pasado los cinco años recientes malgastando su talento prodigioso en películas horribles y ahora, con tan sólo 30 años, parecía estar en un eclipse permanente.

Así, después de tomar asiento al lado de un bronceado Elvis –donde, como cualquier otra noche, veía televisión al tiempo que escuchaba música—, John, Paul, George y Ringo se encontraron de repente con nada que decir. “Si sólo van a sentarse allí a observarme”, dijo Presley, por fin, “me voy a la cama…”

La noche parecía doblar esquina, sin embargo, cuando Elvis propuso una jam session y convocó a las guitarras. “Este ritmo ahí va, ¿no?”, dijo John Lennon, una vez que la música estaba en marcha y parecía como si se llevaran bien después de todo. Más tarde, no obstante, Lennon comenzó a preguntar a Elvis por qué había abandonado el rock ‘n ‘roll por Hollywood. La estrella de Tickle Me y Kissin ‘Cousins se puso a la defensiva: “Hago películas en un millón de dólares y una de ellas –no diré cuál— tardó tan sólo 15 días en completarse”.
“Bueno, tenemos una hora libre ahora”, dijo Lennon. “Vamos a hacer algo épico juntos”. Elvis no tomó la fanfarronada muy bien y las cosas aparentemente se disolvieron en ese momento. De acuerdo con el periodista Chris Hutchins, quien estuvo presente en la reunión, cuando los Beatles finalmente se fueron a las 2 de la mañana, Lennon dijo a su anfitrión, con acento del Inspector Clouseau, que había estado deslizándose dentro y fuera toda la noche: “Gracias por la música, Elvis. ¡Viva el Rey!” Los dos dioses del Olimpo del rock ‘n ‘roll nunca volverían a encontrarse.
En las celebraciones del cumpleaños 70 de Lennon (9 de octubre de 2010) y a 30 años de que fue asesinado afuera de su casa en el Dakota en Central Park West (8 de diciembre), esta anécdota de Lennon –una especie de tonto shakespeareano que disfruta burlándose de la decadencia absoluta del rey— estuvo ausente en la reciente ola de información que nos mostró a Lennon como el rebelde adolescente incorregible, el ardiente activista por la paz, el padre de familia, pero no al misántropo implacable. Lennon era un personaje con un temperamento impredecible, pero podemos estar seguros de que él hubiera visto la reciente serie de homenajes con los ojos húmedos, con una mezcla de impaciencia y desprecio. Su impulso era profanar a los ídolos, no postrarse ante ellos.
Retrato intrascendente
Nowhere Boy, una película biográfica sobre el joven Lennon, dirigida por el fotógrafo y artista conceptual británico Sam Taylor-Wood, arroja un poco de luz en los rincones oscuros del alma del músico, pero es en última instancia intrascendente por su determinación de hacerla agradable. Con un compendio de ironías fáciles, la película nos presenta por turnos a una serie de adultos afirmando que el joven rebelde (interpretado por Aaron Johnson) nunca llegará a nada, a la amiga de una antigua novia que llama “perdedor” a Lennon momentos después de que a él le ha sido negado el acceso al Cavern Club (donde los Beatles pronto serían descubiertos por su futuro manager, Brian Epstein); a Lennon maldiciendo a Dios por no hacerlo como Elvis. Todo esto se entremezcla con flashbacks melodramáticos al día en que el niño de cinco años John se vio obligado a elegir entre su madre emocionalmente inestable y su en gran parte padre ausente (un marino mercante que estaba entonces a punto de salir de Inglaterra de forma permanente para Nueva Zelanda).
El resultado es un tedioso juego psicológico de una-los-puntos y la unidad se muestra como una consecuencia directa del pasado turbulento de Lennon.
Sin embargo, emerge el que pudo haber sido el comienzo de la carrera de los Beatles, la maldad, la malicia y una inclinación por el mal gobierno, que fueron los ingredientes principales del genio de Lennon. Brian Epstein, su manejador de clase media-alta, gerente de capacitación de RADA, escuchó al cuarteto tocar en el Cavern Club en 1961, los limpió un poco (trajes, corbatas, ropa combinada) y los puso en su camino, pero la vitalidad caótica e irreverente en el núcleo de la banda nunca estuvo tan lejos de la superficie más brillante. “Para nuestro último número, me gustaría pedir su ayuda”, dijo Lennon en un celebrado momento de 1963 en el Royal Variety Performance a una audiencia que incluía a la Reina Isabel y a la Reina Madre. “¿La gente de los asientos más baratos aplauda. Y el resto de ustedes puede cascabelear sus joyas”.
“Los Beatles llegaron primero”
Fue la manía de cocer a fuego lento y la angustia de Lennon lo que hizo que los primeros álbumes fueran tan emocionantes. Escuche su estridente aullido en la versión psicótica de la banda de “Money (That’s What I Want)” de With The Beatles (1963), o la forma en la que el manso verso de “I’m A Loser” de Beatles For Sale (1964) irrumpe en el coro sorprendentemente salvaje. Después de Revolver (1966), con la ayuda de grandes cantidades de LSD, sus manías y angustias alcanzan el hervor y Lennon escribió sus más grandes canciones, “A Day In the Life,” “Strawberry Fields Forever”, “I Am the Walrus”, “All You Need Is Love”, “I’m So Tired”, “Yer Blues”, “Happiness Is a Warm Gun”, “Don’t Let Me Down”. Para alguien como yo, nacido varios años después del asesinato de Lennon, es difícil creer que hubo un momento en que estas canciones no existían: parece como si fueran parte de la naturaleza. Los Beatles “llegaron primero”, dijo Brian Wilson de los Beach Boys después de escuchar “Strawberry Fields Forever” en el radio de su carro, una experiencia, dice, que lo impulsó a que abandonara a la legendaria Pet Sounds.
Otra de las glorias de los Beatles de su última época es la manera alegre con la que Lennon vandalizó las baratijas en varias pistas de McCartney. Para el coro de “Getting Better” –“Está mejorando todo el tiempo”—, Lennon agrega el coro de apoyo, demente agudo y característico por completo, “No puede ir peor”. En la alegre “Ob-La-Di Ob-La-Da” (a la que Lennon llamó “mierda de la abuela de Paul”) aporta una gran cantidad de risas burlonas y siniestras, y en 2:34, después de que McCartney canta la línea “Molly, deja que los niños te echen una mano”, se escucha en tono quejumbroso “¡pie!”
Toro en tienda de porcelana
La convencional Lennon NYC (dirigida por Michael Epstein) no es mucho mejor que Nowhere Boy. Un documental sobre los años de posteriores a los Beatles que Lennon vivió en Nueva York desde 1971 hasta su muerte en 1980 (así como el llamado Fin de semana que pasó en Los Ángeles en 1973), la película nos ofrece el acostumbrado empalme de imágenes de archivo y arrugadas cabezas parlantes, ninguna de las cuales dice algo remotamente inesperado. En general alaban los álbumes de los 70 que hizo en solitario (“Se proyectaba a sí mismo, proyectaba su interior”, etcétera), que fue de hecho una de sus grandes limitaciones. “Mother” (a partir de los años 70 John Lennon/ Plastic Ono Band), escrita bajo la influencia de la terapia del grito primario, es siempre una tarea, nunca un placer escucharla: el grito al final, sin embargo repelente, es superficial en comparación con los aullidos y gritos espontáneos que se escuchan en todo el catálogo de los Beatles.
Sin McCartney, Epstein, o su brillante imagen pública anterior, furiosa y subversiva, Lennon era como un toro en busca de una tienda de porcelana. Lo único grande que se encontró fue oponerse a la Guerra de Vietnam. Esto, sin embargo, le significó perder calidad en aras de un panfletarismo fatal (Lennon NYC contiene un concierto altamente irritante de “Give Peace a Chance”, en el que Lennon y Yoko desafinadamente gritan los coros a través de un megáfono). Su activismo contra la guerra también desembocó en los años de vigilancia por parte del FBI y los esfuerzos de la Administración de Nixon para que lo deportaran. Uno de los momentos más memorables de Lennon NYC ocurre cuando el músico acude a un juzgado de Nueva York en 1975 que finalmente le concede su green card. Cuando la prensa le pregunta si tiene un rencor contra Nixon y compañía por el mal trato que había recibido, él sonríe y, sin perder el ritmo, dice en el clásico estilo Lennon: “El tiempo cura los talones”.
Tomado de: The New York Review of Books. Noviembre 30, 2010.
Traducción: José Luis Durán King.