Joseph Briggen: carne humana para los cerdos

POR José Luis Durán King

En 1902, un trabajador acudió a la policía a denunciar un macabro hallazgo en un rancho de California; las autoridades encontraron, además de unos magníficos ejemplares porcinos, restos de una docena de personas
En el libro Los carniceros. Una antología de crímenes macabros e investigación forense, el autor, Brian Lane, señala: “El asesinato es un acto realmente fácil de realizar. Cualquiera puede cometer un asesinato, y los que se atreven a hacerlo se convierten en asesinos. La parte más difícil, como descubren inevitablemente todos ellos, es deshacerse del cadáver. Resolver este problema, que equivale a conseguir el asesinato perfecto, ha estimulado la imaginación humana hasta llegar a límites de crueldad casi inconcebibles”.

Es cierto, la fase de deshacerse de los cadáveres incómodos ha inspirado incluso películas. En Snatch (Cerdos y diamantes), por ejemplo, el actor Alan Ford caracteriza a Brick Top, un tipo brutal que recomienda a todo aquel que lo escucha a deshacerse de cualquier vestigio humano con un método que, de acuerdo con él, resulta infalible: arrojar los problemas a un chiquero con cerdos hambrientos. En cuestión de horas, dice, el conflicto desaparece literalmente.
Es posible que Guy Ritchie, director y guionista se haya basado en el caso del estadounidense Joseph Briggen, quien a finales del siglo XIX decidió llevar el negocio familiar, la crianza de cerdos, a niveles incluso de concurso, donde obtuvo los máximos galardones en los certámenes de la época con los ejemplares de su rancho en Sierra Morena, al norte de California.
Briggen pertenecía a una familia pobre, por lo que su labor de criador de cerdos fue encomiable para sus conocidos, quienes no se explicaban cómo había logrado obtener, prácticamente de la noche a la mañana, tan bellos ejemplares, capaces de alcanzar los máximos honores en ferias tan importantes como la anual de Sacramento. El secreto, como una vez lo declaró el propio Briggen, estaba en los cuidados y en la alimentación, sobre todo la alimentación, de los chanchos.
Sobreviviente
A principios de 1902, un hombre llamado Steven Konrad acudió a la policía con un relato extraño. Él había sido contratado, junto con otros individuos, por Joseph Briggen para trabajar en la crianza de los cerdos del rancho Sierra Morena. En el transcurso de las semanas algunos de sus compañeros ya no acudieron a sus labores cotidianas. Briggen dijo que les había pagado y que habían regresado a sus lugares de origen. Nadie puso en duda el argumento del contratista. Sin embargo, una noche, al acomodar su cama, Konrad encontró varios dedos humanos en el piso. Fingió que dormía y, en la madrugada, acudió a las autoridades a notificar su hallazgo.
Los agentes acudieron al rancho de Joseph Briggen. Paulatinamente, los obreros desenterraron restos humanos en diversos puntos del terreno. No fue hallado un cuerpo completo, sólo pedacería humana correspondiente a una docena de personas. Sin embargo, las autoridades tenían motivos de sobra para sospechar que el número de víctimas era conservador.
Briggen fue interrogado y, ya bajo el resguardo de la policía, confesó que el éxito de sus cerdos “estaba en la alimentación”. Señaló que los granos con que intentaba engordar a sus animales eran de mala calidad, por lo que se le ocurrió un plan para resolver ese pequeño inconveniente. Por años, el hombre viajó a San Francisco, específicamente a Embarcadero, un distrito miserable habitado por decenas de vagabundos. Ahí contrataba a sus trabajadores, a los que ofrecía techo y comida. Los empleados duraban en el rancho algunas semanas, hasta que exhaustos por las labores, exigían un pago en efectivo para marcharse. Briggen nunca desembolsó un solo centavo a sus obreros. Por la noche, simplemente llamaba a alguno de los hombres, lo asesinaba, convertía el cadáver en trozos y los daba de comer a los cerdos. La “dieta Briggen”, él estaba seguro de eso, era la llave del éxito en la crianza de sus excelentes bestias y, por lo mismo, nunca estuvo dispuesto a cambiar su sistema.

Pese a las sospechas de la policía en cuanto a que Briggen había asesinado a más de una docena de personas, éste se mantuvo sereno y no amplió la información. Pero con lo que las autoridades tenían en las manos fue suficiente para culpar al hombre de asesinato y condenarlo a cadena perpetua. Lejos de los cerdos y de su rancho, que eran su pasión, Joseph Briggen no soportó el encierro y murió meses después en las instalaciones de la prisión de San Quintín. Los periódicos de la época no especifican las causas de la muerte de este peculiar criador de cerdos.