La criatura de la Laguna Negra

POR The Economist
Ben Chapman nunca recibió el crédito por encarnar al último de los monstruos solitarios de Universal Studios, pero para el actor las siete semanas de filmación de la cinta fueron las mejores de su vida

Los monstruos creados por la mano de Universal Studios en la primera mitad del siglo XX destacan por su moda involutiva. En los años 20, el Homo erectus se distorsionó un poco y comenzó a rondar por torres de iglesias o a balancearse en candelabros como el Fantasma de la Ópera y el Jorobado de Notre Dame.

Una década más tarde, los colmillos y el pelo crecieron, así como los rostros calcáreos, preparando el camino para la llegada de Drácula y Frankenstein. Los años 40 trajeron pieles (El Hombre Lobo) o revestimientos (La Momia), la forma humanoide regresó a la animal o algo peor. Entonces, en 1954, una bestia que era mitad hombre y mitad pez se arrastró fuera del mar.

“¡La ciencia no puede explicarlo!”, clamaba el trailer de La Criatura de la Laguna Negra. “¡Pero ahí estaba, vivo!” Sus huellas palmeadas fueron vistas en las orillas de lo más recóndito del Amazonas; una garra fosilizada fue encontrada por los científicos. Este hombre branquia, como los peces, evidentemente podía respirar tanto en tierra como en agua. Era una reliquia del devónico, de hace uno y medio millones de años. Universal podía dar fe de que la sangre de la criatura era 35 por ciento glóbulos blancos, como la de un anfibio; que comía pescado cuando los equipos de filmación no estaban disponibles y que debajo de su capa exterior de escamas de color verde oscuro –como la de un lagarto— su piel era de un suave rosa como la de los mamíferos.
Un disfraz de 18 mil dólares
Debajo de esa capa exterior, también, sudando como un soldado en un grueso disfraz de goma espuma, estaba Ben Chapman. Detrás de los ojos saltones, los suyos se movían, excepto cuando las tapas se caían y tenía que ser guiado hacia abajo por un buzo con una antorcha. El aleteo verdaderamente repugnante de las branquias se logró con la ayuda de otro hombre, fuera de cámara, que bombeaba aire a través de un tubo en la vejiga en la aleta dorsal del señor Chapman. Él se movía como podía, poco a poco y a mitad de plano, mientras que los platillos y las trompetas anunciaban su presencia, porque él tenía diez libras de peso en cada uno de sus pies palmeados. Su carrera como bailarín tahitiano de fuertes extremidades en los clubes nocturnos de Los Ángeles no lo había preparado del todo para esto.
Su traje de monstruo costó 18 mil dólares y pasó a través de 76 diseños. Dos o tres horas eran necesarias para ponerle el disfraz y un tiempo similar para quitárselo. Cabeza, brazos, piernas, torso delantero y torso trasero habían sido moldeados en yeso de París por separado en torno a su cuerpo y ahora se lo instalaban también pieza por pieza, como la armadura de un caballero. Sólo la cabeza y las manos eran fácilmente extraíbles, y en este traje (con el que no podía sentarse) comía sus bocadillos a la hora del almuerzo.
Durante gran parte del día, sin embargo, por sentir tanto calor, se escondía en la piscina verde del solar posterior a los Universal Studios. En medio del agua se sumergía hasta que sólo sus ojos de hombre branquia y la nariz asomaban por encima de la superficie. Ahí esperaba, conteniendo la respiración el tiempo que pudiera resistir. Cuando Rock Hudson pasó por delante de la piscina con un grupo de visitantes de edad avanzada, Ben Chapman emergió, alzó los brazos, abrió su boca de pescado y gruñó ¡Roar!
En los pasos de Karloff
Chapman no fue el único hombre que interpretó a la criatura. El nado en profundidad fue hecho por Ricou Browning en las aguas relativamente prístinas de Florida. Pero Chapman fue el único actor contratado, por 300 dólares a la semana, para adentrarse en la mente de la criatura. Por lo tanto, sabía que, como en el caso del jorobado de Víctor Hugo y del monstruo de Mary Shelley, una gran tristeza había ahí. Jack Arnold, el director (también de Tarántula y Vinieron del espacio exterior), insistió en que, cuando lo contrató, no fue para que hiciera dibujos animados. Chapman, sin decir una sola palabra, utilizó el lenguaje de su cuerpo de bailarín para mostrar la comunicación de la criatura.
En la película, los científicos invaden el reino pacífico del prodigio, de modo que, naturalmente, los quiere fuera. En la cinta, también se enamora de Kay Lawrence (Julia Adams), una científica joven y hermosa en traje de baño blanco, que el señor Chapman disfrutó mucho cargando en sus brazos musculosos y escamosos. La urgencia de la criatura por una compañera era comprensible. Él era el último sobreviviente de los hombres-pez, al igual que el señor Chapman resultó ser el último de una línea de actores que encarnaron monstruos tristes, línea que se extendió a través de Bela Lugosi y Boris Karloff, antes de que especies más crueles y mecanizadas llegaran a Hollywood.
Actor sin crédito
En los años previos a la actuación, Chapman había sido un camarero y un valiente marino en Corea; en los años siguientes trabajó en una planta embotelladora de Seven-Up. En su vejez, gentil y sonriente, fue un accesorio de las firmas de las celebridades del cine. Ningún otro trabajo, dijo, se comparaba con las seis o siete semanas que pasó filmando, cuando conducía entusiasmado por las colinas de Hollywood para vestir otra vez el traje asfixiante.
Chapman nunca recibió el crédito por la caracterización de la criatura, el departamento de publicidad no quiso que el público pensara que sólo se trataba de un hombre con un disfraz. (Anteriormente, Boris Karloff tampoco había sido acreditado por la interpretación del monstruo de Frankenstein). Chapman dijo que dudaba que el público fuera tan estúpido. Decía: “Se sorprenderían de lo que la gente puede llegar a creer”. Como cuando sube al barco de los científicos, fuera del agua oscura, con el ardor en los ojos ante la visión de un trasero femenino en pantalones cortos, él representó a toda la humanidad en sus orígenes marinos, surgida de las profundidades.
Tomado de: The Economist. Marzo 6, 2008.