Marzo 19, 1933. Roth en Newark


El 19 de marzo de 1933, hace 78 años, nació Philip Roth. En The Facts, la memoria de sus años mozos como escritor, Roth dice que sus primeros cuentos demostraron sólo qué tan ciego era con respecto al material que más tarde lo hizo famoso. Mientras que felizmente obsequiaba a sus amigos historias “del crecer siendo judío… del tío de alguien que era corredor de apuestas y de que el hijo de Sharpie era bongosero en la esquina de alguna calle, y de los cómics Stinky y Shorty…”, la idea de narrar ese mundo en el página nunca se le ocurrió:

“Las historias que escribí no llevaban a ningún lado, eran cosas tristes sobre jóvenes sensibles aplastados por la vida El judío no estaba a la vista, no había judíos en las historias, no de Newark, y ni un asomo de comedia –la última cosa que quería era hacer reír a alguien en la literatura… No me daba cuenta de que esas anécdotas y observaciones podían hacerse en la literatura; sin embargo, la ficción ya se había convertido en narración. La explotación de Asheville por Thomas Wolfe o de Dublín por Joyce no sugería nada acerca de enfocar esa necesidad de escribir de mi propia experiencia. ¿Cómo el arte podía estar arraigado en un parroquial barrio judío de Newark que no tiene nada que ver con el enigma del tiempo y del espacio o con el bien y el mal o con la apariencia de la realidad?”
Después el shekel se redujo y Portnoy’s Complaint (1969) se convirtió en un bestseller, aunque, como The Facts lo deja en claro, la educación atormentada de Portnoy no era la de Roth. Como si vivieran un episodio de Happy Days, Roth y sus amigos de Newark trabajaban y caían al Syd, el restaurante local que estaba cerca de su escuela primaria, al lado de su escuela secundaria y cerca del centro de su universo:
“Fue el campo donde jugué futbol y béisbol, donde mi hermano había competido en la pista de la escuela, donde papaba moscas por horas en compañía de alguien, donde mis amigos y yo llegábamos los domingos por la mañana, mirando entretenidos cuando nuestros padres –plomeros, electricistas, comerciantes— cortaban camino para su juego semanal de softbol. Si alguna vez me hubieran pedido expresar mi amor por mi barrio en un solo acto reverencial, no podría haber hecho mejor que ponerme de rodillas y besar ese campo detrás de mi hogar.”