Marzo 4, 1952. El viejo de Hemingway


El 4 de marzo de 1952, hace 59 años, Ernest Hemingway terminó su novela El viejo y el mar. Ese día le envió un mensaje a su editor describiendo su libro como “lo mejor que he escrito en toda mi vida”. En una carta de seguimiento, tres días después, explicó que la historia representaba “un epílogo para todos mis escritos y lo que he aprendido, o tratado de aprender, al escribir y tratar de vivir”.

Dada su confianza en el libro, y su sensibilidad para ver la obra que apenas había concluido –las críticas a su anterior novela, Al otro lado del río y entre los árboles, fueron de pobres a desdeñosas—, Hemingway añadió en su carta: “Se va a destruir la escuela de la crítica, que dice que no puedo escribir nada excepto sobre mí mismo y mis propias experiencias”.

Mirando hacia atrás una década después del suicidio de Hemingway, Mary Welsh Hemingway aduce que vio los primeros indicios de una “desintegración general de la personalidad de Ernest”, cuando él estaba comenzando El viejo y el mar. Cabe destacar que, entre las señales de advertencia que Mary Welsh sentía, estaba la joven rusa Adriana Ivancich, quien había sido el modelo para Renata en Al otro lado del río y entre los árboles, y con la que estaba teniendo una aventura:
“Cuando él estaba trabajando una mañana, rompí la regla de que nunca debía interrumpirlo, sin importar qué fuera. ‘Haz el favor de venir a mi habitación? Tengo algunas cosas que decirte’.
“Tranquilamente cruzó la sala y se paró al lado de mi escritorio.
“Voy a ser breve, pero escucha con atención. Creo que entiendo tus sentimientos por esa joven. Tus insultos e insolencia me hacen daño, como seguramente sabes. A pesar de eso te quiero, y me encanta este lugar, y amo nuestra vida aquí.
“Ernest asintió con la cabeza. Me estaba escuchando.
“No importa lo que digas o hagas, me voy a quedar aquí y llevar tu casa hasta el día en que vengas a mí, sobrio, en la mañana, y me digas verdadera y directamente que quieres que me vaya. Espero que me hayas escuchado.”
Ernest permaneció en su lugar, con el rostro pensativo.
“Sí, te he oído”, dijo, y volvió a su habitación a trabajar.
Cuando salió traía consigo El viejo y el mar y ocho semanas de trabajo de mil palabras al día, el doble de su ritmo habitual. Cualquiera que haya sido la situación de su matrimonio y de su romance –en sus memorias escritas en 1980 (tres años antes de que Adriana Ivancich se suicidara), ésta dice, “me enorgullece recordar que lo impulsé a escribir El viejo y el mar—, el comité del Nobel de 1954 convino en que era la “verdadera obra maestra” de Hemingway.