Nietzsche: ¿ateo o reformador religioso?

POR Jonathan Rée
 El nietzscheanismo radical fue probablemente el primer movimiento filosófico en enorgullecerse a sí mismo de la extravagancia de los jóvenes, en lugar de la sabiduría madura de la experiencia
Para quienes lo conocieron en su mejor momento, Friedrich Nietzsche parecía un hombre de letras al viejo estilo: un licenciado apuesto, tranquilo, mundano, amable con los niños y cortés en extremo. Pero para aquellos que seguían su prodigiosa producción de libros sabían que bajo el hombre de modales suaves se ocultaba una ambición incandescente. Al profesor gentil le gustaba pensar en sí mismo como una bestia salvaje al ataque, un terrorista intelectual que iba a “dividir a la historia en dos mitades”. Su misión: destruir los últimos vestigios del cristianismo mediante una “filosofía del futuro” de espíritu libre, una valiente filosofía neopagana anunciando un valiente mundo neopagano. “No soy un hombre”, advirtió. “Soy dinamita”.

Uno de los libros en el que Nietzsche puso sus esperanzas fue Crepúsculo de los ídolos, un manifiesto inmoral respaldado por el “instinto de vida” en su lucha contra los preceptos morales enfermos. “No existe un hecho moral”, escribió Nietzsche. “El sentimiento moral tiene algo en común con el sentimiento religioso: cree en realidades que no existen”. Pero el pensador tenía la intención de hacer olas aún más grandes con Así hablaba Zaratustra, una rapsodia pseudobíblica acerca de un predicador mesiánico oriental que vaga por la tierra con un águila y una serpiente, predicando la “muerte de Dios”. Dios ha muerto, nos dice, por un exceso de “piedad”, y su destino es advertirnos a todos nosotros. Debemos “tener cuidado con la compasión”, dice Zaratustra, y nunca olvidar que nuestro primer deber no es con los otros, sino con nosotros mismos. También debemos aprender a pensar en el presente como el preludio de una nueva época feliz, una edad liberada no sólo por la muerte de Dios, sino también por el fin de la humanidad como la conocemos, y su transfiguración en el superhombre, es decir, algo post-humano, sobrehumano o mejor que lo humano. Y si encontramos esos oráculos desconcertantes o repulsivos, no son ellos sino nuestros propios prejuicios humanos, demasiado humanos: así habló Zaratustra.
Locura serena
Cuando Así hablaba Zaratustra y Crepúsculo de los ídolos aparecieron por primera vez despertaron poco interés y el nombre de Nietzsche permaneció en la oscuridad. En la década de 1890, sin embargo, captó la imaginación del público y Nietzsche se convirtió en la celebridad de la literatura universal que siempre había querido ser. Él no era admirado como un filósofo venerable en la gran tradición de Platón o Kant, sino como un enemigo acérrimo e irreconciliable de la religión y la moral, especialmente cuando éstas se disfrazaban bajo los trajes de la razón filosófica. Para ese entonces, sin embargo, no estaba en condiciones de disfrutar su éxito: retrocediendo a diciembre de 1888, a los 44 años, se había colapsado en una plaza de Turín, y los restantes 12 años de su vida los pasaría en un estado sereno de la locura.
La calamidad de la locura no hizo daño a la creciente reputación de Nietzsche: alcanzó la fama como el filósofo que, al denunciar las exigencias de la razón tan efectivamente, perdió la suya. Crepúsculo de los ídolos podía ser visto ahora como un presagio del eclipse de un intelecto de tal poder que nadie podía soportar, incluso él mismo, y Así hablaba Zaratustra se convirtió en un registro de introspecciones muy profundas para ser expresadas con el discurso ordinario de la razón: de hecho lo inspiró a dos de los compositores jóvenes más aventureros de los años 1890 –Richard Strauss y Frederick Delius— a que incorporaran el evangelio de la muerte de Dios en partituras de sonido futurista.
Jóvenes radicales
  Yeats
Los primeros nietzscheanos autoproclamados en el mundo de habla inglesa fueron escritores de vanguardia como W.B. Yeats, Jack London, J.M. Synge, James Joyce, D.H. Lawrence y Edwin Muir: rebeldes radicales, sin lugar a dudas “modernos” y autoconscientes. El nietzscheanismo, para ellos, significaba el llamado de lo salvaje. Adoraban el Crepúsculo de los ídolos –que apareció traducido en 1895— no sólo por su aire general de braggadocio [jactancia] (el subtítulo es Cómo filosofar con un martillo), sino también por su ferocidad contra las generaciones anteriores de los radicales ingleses. “Inglaterra”, para Nietzsche, era la tierra donde “por una pequeña emancipación de la divinidad, la gente tiene que readquirir respetabilidad al convertirse en fanáticos de la moral”, o donde el típico ateo “aspira al honor de no ser uno”. El pensador menospreció a Darwin por ser un optimista complaciente amante de la paz, y condenó a Carlyle por combinar un “anhelo de una creencia fuerte” con “la sensación de incapacidad para ello”. Desinhibido por el conocimiento directo (nunca visitó Gran Bretaña, por no hablar de Irlanda o Estados Unidos, y no podía leer en inglés), Nietzsche fue capaz de burlarse de John Stuart Mill, por su “transparencia ofensiva”, al tiempo que subestimaba a George Eliot como una esas “chicas éticas” que, “habiéndose deshecho del Dios cristiano… se ven obligados a aferrarse más firmemente que nunca a la moral cristiana”.
“Fósforo sobre azufre”
 Elizabeth Förster Nietzsche
El joven Nietzsche sabía que sus maestros habían despreciado su socialismo y anarquismo, por no hablar de su feminismo, y muchos de ellos eran conscientes de que, de vuelta en Alemania, un culto muy diferente del superhombre estaba siendo promovido por la ultraconservadora hermana del filósofo: Elizabeth. Pero estaban entusiasmados por la sentencia altamente citable de Nietzsche “Nichts ist wahr: Alles ist erlaubt” (Nada es verdad: todo está permitido). Fueron inspirados por su ética de magnificente autonomía, la “moralidad magistral” de la orgullosa bestia rubia frente a la esclavitud moral aguafiestas cristiana. Encontraron glamur en el extremismo de Nietzsche, y estaban más interesados en el entusiasmo y en la inspiración que en la guía o la interpretación exactas. “Nietzsche es algo más que impactante”, como el inconmovible George Bernard Shaw escribió, envidiosamente, “es simplemente terrible –sus epigramas están escritos con fósforo sobre azufre”. Y la gloriosa Isadora Duncan –autodenominada “la bailarina del futuro”— compartía mucho de la opinión anterior: “¿Cómo saber”, preguntó, “que lo que para nosotros parece locura no era una visión de verdad trascendental?”
“Religión de odio”
 Richard Strauss
Los jóvenes nietzcheanos no dudaron en identificar al propio Nietzsche como el Übermensch –o el “superhombre”, como lo apuntó el primer traductor de Así hablaba Zaratustra— y soñaban con el día en que ellos también podrían ser aclamados como pioneros de la post-humanidad. El vehículo principal de su proyecto era una pequeña revista llamada El Águila y la Serpiente: Revista de Filosofía Egoísta, iniciada en 1898 por un joven londinense llamado John Erwin McCall. Su política se resume en dos frases desafiantes: “Una raza de altruistas es necesariamente una raza de esclavos” y “una raza de hombres libres es necesariamente una raza de egoístas”, y el primer número llamaba a la creación de una red de “Camarillas egoístas” para servir como centros de resistencia a todo tipo de religión, o más bien a todos, excepto a los nuevos feligreses al credo de McCall, conocida como “La religión de odio”.
McCall y sus compañeros sentían pasión por el cambio social, pero no querían tener nada que ver con la política progresista del pasado. Su objetivo no era la justicia social, sino la autoemancipación, y “la realización de un tipo más elevado de ser humano… un ser tan superior al hombre como el hombre es superior al mono”. Pero donde Nietzsche pudo haber esperado que la dictadura del superhombre fuera el trabajo de una aristocracia cultural, sus seguidores de El Águila y la Serpiente parecían conformar un movimiento obrero revolucionario basado en lo que llamaron “la conciencia de clase” o “el egoísmo de clase”. También modificaron la posición de Nietzsche hacia Darwin, afirmando que la “moralidad maestra” del futuro era un “sinónimo de… la doctrina moderna de la evolución”. Pero a pesar de sus llamados a los movimientos de masas y las ciencias naturales, los simpatizantes se condujeron como una secta exclusiva. Los principios del Übermensch “no eran para niños, ni para mujeres viejas, ni para soñadores”, declararon: “Son éticas para hombres adultos plenos, para nobles, fuertes, bien despiertos, que conducen el destino del mundo”.
Individualismo de altura
George Bernard Shaw
El nietzscheanismo radical fue probablemente el primer movimiento filosófico en enorgullecerse a sí mismo de la extravagancia de los jóvenes en lugar de la sabiduría madura de la experiencia. Bernard Shaw, en ese entonces en sus cuarenta, encontró que ya se sentía viejo, pero ofreció su apoyo a los adolescentes egoístas, con la esperanza de volver a vigorizar el movimiento socialista, “al colocar al individualismo de nuevo en un plano más alto”. También propuso la traducción de Übermensch con el neologismo “superhombre”.
En 1900, El águila y la Serpiente fue tomada por Charles Watts, incansable impresor y editor de la Asociación de Prensa Racionalista. Pero ese acuerdo –que lo convirtió en un precursor y compañero estable del Nuevo Humanismo— no duró mucho. A pesar de abandonar su hostilidad explícita hacia el altruismo y cambiar el subtítulo “revista de ingenio, sabiduría y la maldad” a “revista para los espíritus libres”, se mantuvo como una publicación excéntrica e imprevisible, y en 1902, después de 18 números, expiró.
El nietzscheanismo avant-garde perdió fuerza durante la Gran Guerra, cuando el radicalismo y la germanofilia extraviaron su encanto y su suerte no mejoró cuando Hitler y Mussolini lo reconocieron como encarnación del Übermensch. Pero la estrella de Nietzsche ha ido en aumento desde los años 50: su vida y obra se han beneficiado de los enormes esfuerzos de los académicos, de la traducción e interpretación, y de los eminentes filósofos profesionales, quienes han tomado algunos de los aspectos exóticos de Así hablaba Zaratustra –los asaltos a la verdad, la moral y la filosofía— para añadirles guiones y alumbrar su armario intelectual de otra manera sombrío. Después de todo este entusiasmo, dos nuevos libros de Julian Young arriban como una refrescante sorpresa.
Frenesí embriagador
En la filosofía de la religión de Nietzsche, Young presenta una versión escandalosamente tranquila del autor que soñaba con dividir la historia del mundo en dos. Políticamente, el Nietzsche de Young no fue ni un protoanarquista ni un protonazi, sino la corriente principal de un país conservador que –sin mucha democracia de por medio— habría favorecido algo así como “la social-democracia escandinava del siglo XX”. Y en materia de fe, Nietzsche “nunca” fue un ateo, si no es que era un cristiano, “que debe considerarse como un reformador religioso, en lugar de un enemigo de la religión”.
Young apoya su lectura revisionista con un estudio cronológico de las observaciones de Nietzsche sobre la religión, encontrando continuidades importantes entre el análisis relativamente disciplinado y razonable de los años 70 del siglo XIX y las diatribas histriónicas de estilo tardío. Pone especial énfasis en El origen de la tragedia, que se publicó en 1872, cuando Nietzsche era un prometedor profesor de griego en la Universidad de Basilea, Suiza. El propósito principal del libro era desafiar las idealizaciones de la Grecia clásica que existían en el siglo XIX: la tragedia antigua –Nietzsche sostenía— estaba animada no por el orden y un decoro tranquilo, sino por un frenesí embriagador de la música, la danza y la enormidad jovial. Luego llegó Sócrates, y Sócrates, trastornado por la filosofía, asesinó a la tragedia.
Metaforización de las opiniones
  Richard Wagner
Pero había razones para la esperanza: con un poco de suerte, el amigo y mentor de Nietzsche, Richard Wagner, pronto podría revivir el espíritu bullicioso de la Grecia presocrática después de 2 mil años perdidos. Y si Young está en lo correcto, Nietzsche esperaba que “la música del futuro” de Wagner encabezara no sólo la reanimación de la ópera y el teatro, sino que también restaurara la “la festividad de la religión colectiva”. El joven Nietzsche, en otras palabras, era un aficionado del “comunitarismo religioso”, y se había comprometido a la necesidad social de la religión a lo largo de su vida productiva. A pesar de sus bravatas sobre la muerte de Dios, por lo tanto, no era antirreligioso en absoluto, y si hablaba con dureza del cristianismo no es porque fuera demasiado religioso para él, sino porque no era lo suficientemente religioso.
Young es un autor pragmático, que le gusta, como él dice, “descifrar” las “metáforas” en las que Nietzsche tiende a ocultar sus opiniones, y “llamar a las cosas por su nombre”. Nietzsche puede, de hecho, ser paradójico: ¿cómo podía ser de otra manera cuando él consideraba a la verdad una forma de error y a la moral inmoral?
Young cita la hermosa observación, en Crepúsculo de los ídolos: “Todavía no estamos para deshacernos de Dios, porque todavía creemos en la gramática”. Pero los fundamentalistas nietzscheanos no quedarán impresionados por el destello de esta sentencia. Young cree que Nietzsche nos reprochaba por suponer que Dios debe existir porque tenemos una palabra para él, y cada palabra tiene que representar algo. Pero si ese era su argumento, ¿habría esperado que mantuviéramos la fe no sólo en Dios sino en todo lo demás que podemos nombrar, desde los miasmas hasta el movimiento perpetuo de la reina Mab y el hombre en la luna? Y de cualquier forma, ¿por qué arrastró la gramática en dicha sentencia? Como profesor de griego, el debía saber más de gramática de lo que quería recordar: todas esas reglas sin vida que los alumnos deben seguir para armar frases en un idioma extranjero. Cuando él hablaba de “creer en la gramática”, sólo pudo haberse referido a la exaltación de las fórmulas pedantes de los libros de texto sobre el instinto poético, e imaginar que cuando no estamos seguros de cómo nos expresamos debemos resolver la cuestión refiriéndonos a algunos fúnebres libros de gramática, como los serviles moralistas que esperan que sigamos la orientación de los textos sagrados cuando no estamos seguros de cómo se comportan. Creemos en Dios, en definitiva, porque no podemos soportar la idea de que no existe ninguna autoridad ajena que trace una línea divisoria para nosotros, separando el bien del mal.
Un dios todopoderoso en agonía
Es imposible tomar completamente en serio a Young cuando afirma que Nietzsche no era un ateo: cuando dice que Nietzsche “era, por encima de todo, un pensador religioso”, debió invocar la idea de una religión sin Dios. La noción de religión atea no es particularmente exagerada: a menudo se ha aplicado al budismo, y, más cerca de nosotros, es la propuesta fundamental de las religiones de la humanidad del siglo XIX, antepasada de los diversos humanismos contemporáneos.
Pero incluso si estamos de acuerdo con Young en el tratamiento a Nietzsche como un defensor de la religión atea, es difícil seguirlo cuando afirma que “lo que Nietzsche quiere es… un renacimiento que sustituya al antihumanismo del cristianismo por el humanismo ‘noble’ de la religión griega”. La idea del Übermensch no es fácil de desentrañar, pero ciertamente estaba destinada a colocar una bomba en el humanismo en todas sus formas: para Nietzsche, la “humanidad” venerada por los humanistas no era más que el residuo fantasmal de un difunto Dios todopoderoso. Una religión nietzscheana, si pudiera haber tal cosa, tendría que renunciar no sólo a Dios sino también al hombre, probando con un superhombre, aunque falta discernir qué tan interesante podría ser.
Sólo un profesor
Young ahora ha ampliado su recuento ortodoxo de la religiosidad de Nietzsche en una biografía voluminosa. Friedrich Nietzsche es más la obra de un filósofo que la de un historiador –Young se limita a fuentes familiares ya publicadas—, pero su obra ha sido acogido con razón como la más completa y equilibrada de su clase: legible, con buen ritmo, y –además de algunos pasos en falso— precisa y acertada. También es, a su manera, sorprendentemente generosa. “El análisis técnico-filosófico”, admite Young, “no era el fuerte de Nietzsche”, pero sus errores ocasionales en el “razonamiento serio” deben ser perdonados a causa de su falta de “formación filosófica”. Young lo hace mejor al enmendar las cosas en nombre de Nietzsche, y por la interpolación racional de los resúmenes escritos de Nietzsche con los recuentos detallados de los eventos de su vida se las arregla, mediante una especie de triangulación, para hacer conjeturas plausibles sobre sus opiniones filosóficas subyacentes.
¿Pero si –como los simpatizantes radicales de Nietzsche de hace un siglo— preferimos el extremismo y la extravagancia que se encuentran en la superficie de los escritos del pensador a las opiniones sensatas que puedan estar enterradas debajo de ellos? “Quitad la paradoja del filósofo”, Søren Kierkegaard dijo una vez, “y lo único que queda es un profesor”. ¿Qué tal si el mensaje está dañado? “Uno quiere ser comprendido cuando uno escribe”, Nietzsche lo confesó. Pero “también uno quiere –y esto es muy cierto— no ser comprendido”. Si el argumento parece áspero y oscuro, quizá ser mejor dejarlo así; si los intérpretes lo pulen hasta que se vean las caras en él, pueden estar haciendo un flaco favor al autor. “Esta podría haber sido la intención del autor”, Nietzsche continúa: “Tal vez él no quería ser comprendido por ‘cualquier persona’”. Él no estaba muy interesado en el tipo de verdades en las que tenemos que sentarnos como gallinas, con la esperanza de empollar el huevo: él prefería a los que bailan en la luz del sol y luego desaparecen, “verdades de una timidez y un cosquilleo peculiares”, como él mismo dijo, “verdades que deben ser tomadas por sorpresa”.
Julian Young. Nietzsche’s Philosophy of Religion y Friedrich Nietzsche: a Philosophical Biography. Cambridge University Press.
Tomado de: New Humanist. Ideas For Godless People. Volumen 125, Número 6. Noviembre/Diciembre 2010.
Traducción y edición: José Luis Durán King.