Poesía

POR Óscar Garduño Nájera
 Para Alejandro Espinosa Gaona
Norma abre la puerta de cristal de la estética y entra D. Lo primero que pregunta, incluso antes de averiguar por el corte de cabello, es que si él también escribe, pues últimamente son más los que lo hacen y eso, en cierta forma, le fastidia. D primero se sorprende (nadie espera una pregunta así), luego tarda en responder que no. Escribió hace algunos años para una revista de la cual no recuerda el nombre, aun cuando sabe que aparecía un cisne o una garza, pero ahora ya está grandecito para andar haciendo sus pininos, aunque, viéndolo bien, en el fondo D sueña con sacar esas hojas amarillentas de la caja de cartón oculta debajo de su cama, unos cuantos poemitas y publicarlos (se los imagina en una elegante tipografía y con letras negritas) en otra revista, claro, quizás y hasta meterlos a un concurso literario de los que hoy abundan, uno nunca sabe.
Norma guarda silencio tras preguntar ahora a sí por el corte de cabello y D alcanza a contemplar cómo pierde la mirada en una puerta de aluminio que se encuentra al lado de los espejos.

Se escucha el sonido de la pistola de aire, el sonido que hace al aire cuando se estrella en los cabellos prisioneros de un peine morado y el sonido certero de las tijeras que se abren y se cierran.

Norma apaga la pistola de aire, la deja sobre una vitrina y, con excesiva solemnidad, dice que ella estuvo casada, bueno, casada no es la palabra exacta, con uno que quería ser escritor, pero que no escribía; o sí, pero lo hacía muy mal y no le daba vergüenza repartir sus poemas a cuanta persona encontrara en la calle (ah, ¿entonces era poeta?) con un orgullo propio de quien sí escribe y bien, lo cual, repito, no era su caso, y me tiene que creer, dice Norma tijeras en mano.

D es respetuoso y sabe que pedirle a una mujer que se calle es una grosería; además de que cualquier distracción, por mínima o verbal que sea, podría causar un mal tijeretazo, una cortadita en la oreja (se imagina llegando a casa con la oreja tapizada de curitas o frente a sus amigos con un ridículo cortecito).

Norma continúa.

Dice que lo conoció en un taller y que no recuerda si era de poesía o de teatro; sí recuerda, en cambio, que se impartía en un parque, frente a las resbaladillas, a las diez de la mañana, que se leían textos, tampoco recuerda si poemas u obras de teatro, y que uno de tantos sábados apareció este hombre por en medio de los columpios. Cuando llegó frente al grupo no dijo su nombre, qué va, dijo: un poeta para servir a ustedes, y nos dimos cuenta que apestaba a alcohol; y si bien no venía borracho, muchos en el taller se alarmaron porque a las diez de la mañana es muy temprano para beber, ¿no cree? D piensa en una Oda que hizo hace mucho al alcohol.
Norma detiene las tijeras en el aire, mete los dedos de la otra mano entre la cabellera de D y su mirada nuevamente se pierde en la puerta de aluminio, como si de un momento a otro alguien fuese a aparecer por ahí, haciendo una entrada triunfal. D empieza a temer por un asalto mientras Norma cambia las tijeras normales por otras más pequeñas con la punta achatada. Quizás poner de pretexto una llamada al celular y salir corriendo. Quizás decir que regresa otro día. Ignora por qué esa mujer le cuenta tales cosas. Incluso piensa decirle que esa historia, la del poeta, no le importa. Sin embargo, recuerda lo de la oreja y el cortecito ridículo frente a las carcajadas de los amigos.

Norma dice: nuestro poeta, porque enseguida que se presentó ya era nuestro, o al menos ya era mío, nos repartió copias de sus poemas y todos nos quedamos sorprendidos, con las hojas amarillentas en nuestras manos, sin atrevernos a leer, espantados por su apeste aun cuando santos, santos, pues no somos, ¿verdad?, menos yo, por supuesto… ¡si le contara!, pero en el taller se nos inculcaban dos principios básicos: disciplina para escribir y ser abstemios, o aparentar serlo; además, aunque usted no lo crea, desde que mi anterior marido me ponía unas golpizas cada que estaba ebrio, odio a los borrachos, los aborrezco, incluso podría ahogarlos a todos en alcohol.

A partir de ese sábado mi poeta no se despegaba de mí. Pronto llegó con copias de poemas que había escrito en honor a mi belleza. ¿Usted cree que soy guapa? (da dos vueltas, como bailarina dentro de una estética), y me hizo sentir halagada, algo que cualquier mujer valora.

D está al borde del colapso. Siente el frío metal rozando su lóbulo y vuelve por un momento a sus poemas dentro de la caja de cartón, a su Oda al alcohol, y decide, en un instante de iluminación frente al espejo con recortes de revistas de espectáculos en las orillas, que al día siguiente se dará a la tarea de publicarlos; piensa en un libro de poemas, piensa en el título y se sorprende cuando en este aparece la palabra garza (algo así como Incipientes poemas de la Garza desnuda). Sonríe y su sonrisa se refleja en el espejo. Está decidido: compartirá su proyecto con esa mujer. Dirá que mintió, que él también es poeta, y que dentro de unos meses un libro suyo saldrá a la venta (duda que los poemas de la caja alcancen, pero de eso ya se ocupará más tarde). Sin embargo, todo se esfuma cuando Norma confiesa:
Desde entonces lo tengo encerrado en un cuartito que está atrás del local, al fondo del patio;  lo amarré con varias cadenas y lazos y ahí de vez en cuando le doy un poco de comida (¡ni gota de alcohol!) y agua, mucha agua, donde también le echo las mismas pastillitas con las que dormía a mi marido.
D siente que las tijeras tiemblan y ahora decide callar por seguridad. Norma cambia el tono de voz, mientras con una toalla limpia las orejas de D.

Desde entonces lo obligo a que me escriba un poema diario durante los pocos minutos que le dejo los brazos y las manos libres. D sabe que está en manos de una loca y se arrepiente de haber elegido esa estética, ¿se la habían recomendado? Piensa en salir, escapar, pedir ayuda, pero desiste en sus intentos en cuanto ve el reflejo de Norma con las tijeras en sus manos y hablando de los encantos de su poeta: no se crea, a veces los poemas son malos… ya casi termino, eh… un poco del flequito, ¿cómo lo va a querer de atrás? D responde, casi en automático: cuadrado. Norma dice que se ha vuelto experta en poesía gracias a él; ahora reconozco versillos de arte menor (como los que hoy en día hace cualquiera que se nombre poeta) y señores versos de arte mayor (como los que hoy en día nadie hace). Me gusta más la poesía de Sabines que la de Paz porque de él no entiendo gran cosa (intenta hablar de la tradición de los sonetos y Lope de Vega, pero se arrepiente). Pronto morirá, lo sé, y para serle franca es lo que menos me importa. Si se tratara de un buen poeta (cita aquí unos versos de Sabines acerca de los buenos poetas) quizás me apenaría, pero… aún no sé si pedirle que escriba su epitafio, o si de plano aventarme y escribirlo yo, ¿cómo ve?

D toma una decisión: jamás publicará esos poemas. Es más: si logra salir con vida de la estética, los aventará a un bote con gasolina o petróleo, encenderá un cerillo y ya… jamás volverá a escribir ni un cuento, ni un poema, nada… y repudiará a todo aquel que venga a hablarle de literatura.

Norma concluye. Antes de poner un espejo pequeñito en la nuca de D y preguntar, ¿qué tal, eh?, se ve guapo, y acomodar las tijeras en un estuche con al menos otras cinco, dice: no creo necesario advertir sobre la discreción de mi poeta, ¿verdad? No hay problema, no hay problema, comenta, tartamudeando, D.

Norma cobra lo del corte de cabello y D sale por fin a la calle, dispuesto a llegar lo más pronto posible a su casa y enterrar, de una buena vez por todas, a la maldita poesía.