¿Quién demonios es Jean-Paul Sartre?

POR Óscar Garduño Nájera
El presentador dice que la semana entrante se presentará el libro acerca de Sartre, cuyo autor es ese profesor francés tan controvertido por sus puntos de vista acerca de la filosofía clásica
Julio Cortázar
Tras un largo proceso burocrático, Sofía consigue una beca para estudiar en Francia, se va por tres años, regresa, concluye su tesis, se titula con menciones honoríficas que otorgan todos los profesores, bueno, menos una que imparte literatura mexicana del siglo XIX, pero las razones que expone no son del todo convincentes. Dice que la tesis de Sofía es defectuosa (lo remarca como si de un televisor descompuesto se tratara) en cuanto a las referencias bibliográficas. Por otro lado, mientras expone estos argumentos, la profesora piensa que el peinado de estética y ese vestidito no le vienen bien a Sofía, y mucho menos le viene bien llegar a su examen y presumir que conoció la cafetería a donde iba Julio Cortázar, o que entró a la librería donde iba un mentado Jean-Paul Sartre, a quien por cierto la profesora sólo conoce de oídos.

Cuando Sofía se acerca para agradecer sus críticas, la profesora la ignora:
—Es mi trabajo.
Pasan varios meses y Sofía, como era de esperarse, no consigue trabajo. En una de tantas entrevistas conoce a Fernando, jefe de recursos humanos en una fábrica de jaulas para tortolitas, y tras dos citas, tres cafés y una cena espantosa de comida china, inicia un romance con él, quien, tras conocer los gustos de Sofía, se dice lector número uno de todo lo que tenga que ver con la filosofía francesa.
  
Ignacio Manuel Altamirano
La profesora imparte clases los martes de siete a ocho de la noche y amenaza, borrador en mano, a los estudiantes con reprobarlos si no muestran más interés por la literatura mexicana del siglo XIX. Para estas alturas, ya olvidó el incidente con Sofía y únicamente la llega a recordar cuando da por casualidad con un libro acerca del dichoso Jean-Paul Sartre: un ensayo escrito por un profesor francés muy de moda por su irreverencia en torno a la filosofía clásica.
Al final de una de tantas clases se presenta un joven que dice admirar a muerte a Ignacio Manuel Altamirano.
—¡He leído todo de él!
Grita frente a una profesora anonadada; luego baja el tono de voz y dice, casi en secreto, que él cursaba la materia con otro profesor (da la estatura, calvo, de lentes redonditos), pero decidió cambiar de grupo.
—¡No me digas!, pues de hecho yo tengo material inédito de Ignacio Manuel Altamirano.
El joven abre la boca en forma de O.
—¿En serio?
—Sí, pertenecía a la biblioteca de un tío que vive en Guanajuato, bueno, vivía (remarca la palabra). Al fallecer me la dejó como herencia. El material no es la gran cosa, eh, pero se deja leer y creo que te podría servir para tu trabajo final.
Sigue la forma de O.
El joven acepta ir a la casa de la profesora para el sábado siguiente.
Lo que la profesora ignora es que el alumno mintió. De hecho, si se presentó a la clase es porque en toda la universidad se rumora lo fácil que es aprobar con ella, algo que ya le urge, pues es requisito para presentar su proyecto para la maestría en filosofía del siglo XX, donde al fin podrá dedicarse de lleno a su tan laureado Jean-Paul Sartre.
La profesora abre la puerta (viste una grandísima playera de los Pumas, bermudas verdes con la palabra Acapulco estampada a los lados y calcetas blancas dentro de unos huaraches de cuero) y saluda.
—¡Desde ayer por la noche estoy buscando el material!
En cuanto el joven entra a la casa queda boquiabierto: más libros que muebles; ropa hecha bola sobre sillas de mimbre; una que otra revista de moda femenina y latas de atún a medio comer. Colgados en las paredes encuentra fotografías en sepia enmarcadas. Con esfuerzos alcanza a reconocer a Guillermo Prieto y a Mariano Azuela; los demás son unos completos desconocidos para él.
Jean-Paul Sartre
Sofía invita a Fernando a una conferencia titulada “El porvenir de la filosofía”, y se da la aburrida de su vida durante dos horas, escuchando a un viejo que balbucea con voz de ultratumba y cita cada diez minutos de un grueso tomo en un francés que él confunde con inglés y alemán. Al finalizar, el presentador dice que la semana entrante se presentará el libro acerca de Jean-Paul Sartre, cuyo autor es ese profesor francés tan controvertido por sus puntos de vista acerca de la filosofía clásica. Sofía se emociona e invita otra vez a Fernando, quien a regañadientes acepta, no sin antes maldecir (en pensamientos, claro) al tan mentado no sé qué Sartre.
Cuando la profesora respira atrás del joven, él intenta alejarse un poco; discretamente, ella lo sigue, tambaleante, por momentos incluso parece que disfruta de una borrachera. Él llega hasta la orilla de un maltratado escritorio y la profesora aparece, como por arte de magia, detrás.
—Altamirano puede esperar, ¿no crees?
Él está nervioso, su rostro brilla por las perlas de sudor y no atina más que a tartamudear los títulos de los libros que salen a su paso:
Los bandidos de Río Frío
El Zarco
El águila y la
La profesora suaviza la voz mientras recarga sus tetas aguadas en la espalda de él.
—¿Sabes?, eres casi tan atractivo como Ignacio Manuel Altamirano… y tienes la mirada de Azuela.
Nuevamente él intenta alejarse, choca contra una silla de mimbre y cae de sentón sobre blusas y pantalones de mezclilla. Llega la profesora y él le confiesa la verdad.
La mujer llora. Él no sabe qué hacer y, luego de repetir en voz alta un aforismo de Jean-Paul Sartre (acerca del amor en la vejez), sale de la casa.
—Lo siento: se me va a dificultar llegar. Hay sobreproducción de jaulas y pocas tortolitas, lo cual representa una crisis y convocaron a junta urgente.
Sofía se sienta hasta enfrente.
Al finalizar la presentación, se da paso a una ronda de preguntas por parte del público. Un joven al lado de Sofía hace la mejor pregunta y en un francés admirable, luego remata con un comentario sobre la vejez de Jean-Paul Sartre.
Tras varias citas en librerías, congresos y clases, se vuelven amantes, hasta que despiden a Fernando por la escasez de tortolitas y corta con Sofía.
Pasan los años, tienen su primer hijo y, sin dudarlo, tras agradecer a la filosofía su unión, le ponen por nombre Jean-Paul.