De metal y ágata (Cuento)

POR Alfredo C. Villeda

Nada emula mejor el llanto de un bebé que los maullidos de un par de gatos en celo o en los escarceos guerreros. Por eso cada noche, luego de escucharlos sin cesar mientras la vigilia disponía, soñaba con bebés angustiados, cuyos gritos eran extinguidos por el fuego que abrasaba un hogar abandonado. La referencia se debía, sin duda, al predio contiguo a mi casa, terrain vague como dicen con elegancia los sociólogos en otros contextos. Era ese lugar el escenario cotidiano de los desencuentros felinos y el terreno arrasado por las llamas en mis no menos calurosas inmersiones oníricas.

Cierto es que tuve la inquietud de deshacerme de esas mascotas descuidadas, pero siempre encontraba un pretexto irrefutable para cejar en mi empeño, desde la venganza del “monstruo” de místicas pupilas en un célebre relato, hasta los ojos revueltos de metal y ágata de unos versos simbolistas. Y si bien el timbre de estos gatos no era tierno y discreto, como en el animal de Baudelaire, sí eran voces que motivaban su encanto y su secreto. Fue Manguito quien defendió con mayor firmeza a los estridentes caminantes nocturnos. Ella jamás había escuchado sus maullidos, pero una noche en que me visitó, despertó cuando yo trataba de observar desde la ventana el espectáculo.
—¿Estará enfermo? —preguntó Manguito, consternada, mientras cubría con una bata su cálido cuerpo.
—Pues ya se habría muerto, si consideras que este concierto de maullidos no tiene fin.
—Me refiero al bebé —aclaró Manguito, dejando escapar una sonrisa involuntaria.
—Dudo que sean bebés. Estos animales deben estar en celo, disputando hembras —respondí, seguro de que nuestra conversación compartía un contexto exclusivamente felino. Manguito me tomó por la cintura, me volvió hacia ella y exclamó:
—¡Dios mío!, yo me preocupo por el sufrimiento de un bebé y tú no puedes dejar de pensar en tus gatos.
—Amor, los que te despertaron son gatos, no bebés —la tranquilicé.
Apenada, al día siguiente Manguito compró comida para los felinos. Aunque no eran sus animales predilectos, se compadeció por el descuido en que yo los tenía.
—¿Cómo sabes que son tus gatos? —me preguntó Manguito, como tantas veces lo hacía, sin esperar una respuesta, porque de inmediato hilaba otra plática, otro tema.
—Porque siempre sueño a los mismos bebés —argumenté.
Ella ya no me escuchaba.

Manguito no vivía conmigo, pero era mi pareja y a menudo me visitaba. Sabía de mi afición por los felinos, sobre todo por los grandes gatos, desde los legendarios y extintos Smilodon y Barbourofelis, llamados dientes de sable, hasta los leones y guepardos de nuestros días. Nunca vio un gato en mi casa, pero estaba en lo cierto cuando especulaba que yo tenía al menos un par de ellos. No recuerdo si yo mismo le hablé de la existencia de mis dos mascotas, Caronte y Cerbero, pero el hecho es que ya no acudían a casa y yo me contenté, primero, con escucharlos en su cantar nocturno, suponiendo que eran ellos, y después me desesperé por sus maullidos.
Fue una videocinta el detonador del entusiasmo de Manguito por esa especie. Se trata de las dos hipótesis acerca de su evolución: una de las líneas plantea que el más grande, agresivo y mejor dotado está por venir, dadas las características de sus antepasados, mientras la otra asegura que el máximo representante de estos cazadores ya está aquí y ahora. El primer experto basa su tesis en los cráneos y esqueletos fosilizados de decenas de estos animales que vivieron en diversos periodos, que demuestran una evolución. Su detractor sostiene que las múltiples habilidades de cada uno de los grandes gatos actuales los hace insuperables. Y fue así como Manguito se convirtió en defensora de los felinos, en especial de los presuntos Caronte y Cerbero, ahora residentes nocturnos de un terreno baldío ideal para sus desencuentros y sede de mis crueles sueños.

Las lenguas del fuego que consumía la madera y el seco pastizal del terreno baldío las imaginábamos amarillas jaguar. Cuando Manguito me hizo notar que quizá la tonalidad se acercaba más al atuendo de un tigre siberiano supe que esta vez el incendio no era soñado. Por alguna inhumana razón ninguno de nosotros intentó acudir a salvar a Caronte y Cerbero, aunque yo siempre confié en su desarrollado instinto de supervivencia. Un ser de esa estirpe, con esa agilidad, sólo paralítico sería presa de las llamas, que a su paso dejaban una estela con matiz pantera. Creí oportuno ese momento para hablarle a Manguito de mis pesadillas en las que niños recién nacidos eran víctimas de la conflagración justo en ese predio, mientras fuera del sueño, eran los maullidos de un par de pequeñas fieras los que constituían la pista sonora de mis fantasías.
Esta vez los siniestros coros nocturnos desaparecieron y sólo el humo teñido de un gris ocelote coronaba el dorado y ebullidor espectáculo. Manguito y yo sabíamos que todo esfuerzo para la salvación sería inútil dada la tardanza de nuestra decisión. ¿Por qué jugábamos a filosofar mientras se consumían dos seres vivos? ¿Acaso bien predijo el poeta que los gatos sólo buscan el silencio y el horror de las tinieblas? Cómo saberlo si nosotros, al igual que el leopardo de Borges, despertamos con una oscura resignación, una valerosa ignorancia, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de una fiera… y de los hombres.
—¿Estarán graves? —preguntó al fin Manguito, luego de horas en que le fue imposible hablar debido al sollozo.
—Habrá que investigar quiénes son los padres y acompañarlos al velorio —respondí entre dientes.
—Hablo de Caronte y Cerbero, no de los bebés —dijo Manguito antes de tomar su suéter para salir a caminar. No la escuché más. Jamás volvió.
Desde entonces los papeles han cambiado. Pegado a la ventana intento adivinar en la oscuridad la presencia de mis estridentes vecinos, que levantaron su hogar sobre las cenizas de Caronte y Cerbero, nobles carniceros con ojos de metal y ágata, y recuerdo que nada hay más parecido al maullido de gato que el llanto de un bebé. Cada noche sueño cómo abrasa el fuego a mis dos angustiadas criaturas, mientras un niño recién nacido aporta desde la realidad sus lágrimas para la cinta sonora de mi nueva fantasía en la que Manguito intenta sin éxito salvar a los gatos y consolar al infante en desgracia.
*Este texto data de junio de 2000.