El gen del suicidio

POR Alfredo C. Villeda
 Hay muchas causas del suicidio, pero raramente ocurre, sin excluir del todo la hipótesis, por una reflexión. Lo que desencadena la crisis es casi siempre incontrolable
El debate sobre el suicidio ha llegado con resultados concretos a los laboratorios. Después de siglos de reflexión en diversos campos, desde la filosofía a la literatura, y a partir del siglo XIX en la sociología, investigadores de la Universidad Johns Hopkins han descubierto una pequeña región en el cromosoma dos que está ligada a las tendencias suicidas de las personas.

En su estudio sobre el absurdo, El mito de Sísifo, Albert Camus asegura que no hay problema filosófico más serio en verdad que el suicidio, porque juzgar que la vida vale la pena vivirla o no es responder a la cuestión fundamental de la filosofía. “El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o 12 categorías, eso va a la zaga”.
Camus se plantea así el dilema. Mucha gente muere porque considera que no vale la pena vivir. Otros se entregan paradójicamente a la muerte por las ideas o ilusiones que les dan su razón de vida. Pero jamás, decía el autor en 1942, con menos de 30 años de edad, jamás se ha tratado el suicidio como un fenómeno social. Y ya va siendo tiempo de ligarlo con el pensamiento individual.
Hay muchas causas del suicidio, pero raramente ocurre, sin excluir del todo la hipótesis, por una reflexión. Lo que desencadena la crisis es casi siempre incontrolable. Los periódicos, dice Camus, suelen hablar de “decepciones pasionales” o “enfermedades incurables”, y si bien son explicaciones válidas, es necesario saber si el día preciso del suceso un amigo del desesperado no le ha hablado con un tono diferente. Porque ahí puede estar el origen que precipitó todos los rencores incubados.
Por supuesto, aclara el Nobel francés, el suicidio puede remitirse a consideraciones mucho “más honorables”, como los de disidentes políticos. Pero resulta difícil fijar el momento preciso en que el espíritu ha apostado por la muerte. Matarse, en un sentido como el melodrama, es reconocer. Es aceptar que uno ha sido rebasado por la vida o que no se le comprende. Es, resume Camus, admitir que no vale la pena vivir.
Medio siglo antes, el también francés Émile Durkheim escribió que se llama suicidio toda muerte que resulta, mediata o inmediatamente, de un acto, positivo o negativo, realizado por la víctima misma, aunque esa definición es incompleta, porque no distingue dos especies de muerte muy diferente. “No es posible incluir en la misma categoría, ni tratar de la misma manera, la muerte de un alienado, que se precipita desde una ventana elevada, porque la cree en el mismo plano del suelo, que la del hombre sano de espíritu que se mata sabiendo lo que hace”.
Las causas de la muerte, escribe, en su mayor número están fuera de nosotros más que en nosotros, y no nos afectan hasta que nos aventuramos a invadir su esfera de acción. Y aclara que se refiere al suicidio humano antes de recordar a Aristóteles, quien cita el caso de un caballo que, al descubrir que se le había separado de su madre, sin que se apercibieran y después de muchas tentativas, se precipitó intencionalmente desde lo alto de una roca.
El hallazgo de los investigadores de Hopkins, por eso, cobra especial relevancia. Sin echar abajo todavía ninguna hipótesis, teoría o máxima, eleva el debate sobre el suicidio y sobre sus causas, pero ahora desde el laboratorio, más allá de la filosofía y las ciencias sociales. Si el gen predispone, habrá que revisar su estatus en comunidades como la japonesa o la china, donde el sacrificio cobra un sentido de honor y acarrea siglos de tradición. Y también implicaría que, a diferencia de la fórmula de Durkheim, no viene de afuera, sino en la mismísima interioridad del cromosoma dos. Al final de cuentas, la tendencia suicida no es un factor propio de personas con trastorno bipolar ni todos los que la presentan pueden tomar litio para estabilizar su estado de ánimo.
Quizá no haya más respuestas a partir del estudio del gen del suicidio para los casos de Mishima y Kawabata, pero sin duda surgirán datos invaluables para acercarse a otras muertes, como la del escritor iraní Sadeq Hedayat o la del músico australiano Michael Hutchence, líder de INXS.