Fenomenología del amor

POR Mariana Molina
El amor no puede ser siempre honesto, mentir u omitir una que otra cosita es como una regla tácita de los jugadores del amor, sobre todo de los alternos, que no tienen ni una mano pero apuestan todo a que perderás antes de echar las cartas sobre la mesa
En el orden de las emociones se encuentra el camino hacia los sentimientos emparentados sin lazos de sangre. Las canciones no son budistas ni vegetarianas, han vuelto cansadas de estrategias cristianas, pero el amor siempre será carne de cañón. Ser amigos de la cama es necesidad de dormir queriendo ser queridos, cansarse de no estar acompañados, es infidelidad solitaria, amarnos los unos a los otros es el miedo a ser odiados como sólo uno se puede odiar en otro.

A los veintitantos años tuve mi primer novio “formal”; entendido en mi educación matriarcal significaba que ya no era de manita sudada sin “compromiso”, inocencia o ingenuidad; podría ser un potencial compañero para marido. Hasta entonces no me atrevía a llevar a ningún novio a casa; antes de que salieran huyendo, los alejaba con historias raras sobre mi familia. Hasta que llegó el amor de mi vida, “mi primer amor”, ése que quieres presumir con todo el mundo, pasear de la mano románticamente por los parques, besándonos en los atardeceres haciendo planes para el futuro (ja…).
Un día llegó muy molesto, pues decía atormentadamente que yo no quería a su madre, a lo que le respondí: “¡Claro que no la quiero, es tu madre, no la mía, confórmate con que la soporte!” Su querida y amada madre era una mujer insufrible, no le agradaba yo para futura esposa y posible madre de sus nietos, me veía “menos” para su hijo y me hacía la vida imposible, así que, ante mi inminente respuesta, aquel novio y yo terminamos. Entonces aprendí que el amor no puede ser siempre honesto, que mentir u omitir una que otra cosita es como una regla tácita de los jugadores del amor, sobre todo de los alternos, esos que no tienen ni una mano pero apuestan todo a que perderás antes de echar las cartas sobre la mesa.
Ese novio “mamitón” y yo no quedamos resentidos ni llenos de odio. Con los años me enteré que hizo su vida amorosa, se casó con la mujer que su madre deseaba y era muy feliz; con él no tengo ningún hueco ni herida abierta, pero entendí que en los hombres la figura materna es más fuerte que un superhéroe, un juego de futbol y hasta que una orgía. Por cierto, sigo odiando a su madre, problema no resuelto de mi primer amor “eterno”.

Mi segundo amor fue un hombre revolucionario, pertenecía al comité de solidaridad por Cuba, un hombre mucho mayor que yo, divorciado, con dos hijos adolescentes y profesor de la Facultad de Economía en la UNAM; me atrapó su rebeldía, arrojo, fuerza, madurez, convicciones e ideales, todo un icono del hombre de mis sueños, pues además ya no tenía madre, había fallecido unos cuantos años antes de conocerlo. ¡Pero tenía ex esposa! Todo el tiempo llamaba por teléfono para avisarle sobre las nuevas gracias del perro, para pedirle la pensión de sus nietas y recordarle que ella lo había dejado por un hombre de verdad, ¿de verdad?
Siempre le pregunté a qué se refería su ex mujer. Él se quejaba de las cuentas, de las peleas, de los insultos, pero sobre todo de las veces que cansado no podía responderle sexualmente a su mujer y finalmente lo dejó. Entonces aprendí que hasta el hombre más inteligente, luchador social, teórico de las grandes economías y émulo del Che Guevara, es un niño indefenso ante los fantasmas del “abandono” femenino; la enorme carga que conlleva el desempeño sexual en sus vidas, la creencia de que si una mujer más joven  no “los cura” chance y son gays; los miedos a no poder ser viriles o protectores a cierta edad invalidaban sus logros académicos, económicos y humanos; al lado de esas tragedias cualquier cosa valía tres pepinos cuando al señor no se le “paraba” con una mujer desnuda. Cuando terminamos, la relación amorosa quedó tan afectada que entró a terapia psicológica, pues sus problemas no eran físicos, fueron causa del  “trauma” que le dejaron las insinuaciones de su ex esposa sobre su sexualidad.
Ese segundo amor y yo no dejamos mas fracturas ni heridas que sus cicatrices y mi frustración emocional. Por cierto, hasta el día de hoy la excesiva necesidad y preocupación de un hombre por su desempeño sexual y no su calidad afectiva es uno de los problemas no resueltos en mis amores eternos.
Entonces vinieron los desamores de mi vida. No todos los hombres que aparecen en el camino son el amor; instintivamente lo aprendemos, sabemos que eso que llaman amor no es meramente atracción física, sexual o idealización confusa, así que empezamos el famoso proceso de “ensayo y error” con las parejas; con esa teoría me había consolado después de haber creído que si aquellos hombres que “amé” no me habían amado lo suficiente como para superar sus problemas, entonces no eran el amor.
Teoría bastante equívoca, pero que servía para parchar, como lo hace un curita, el hasta ese momento pequeño agujero negro en mi corazón.
Las lecciones del amor son vastas, esconden toda una novela en miniatura para contar historias o mínimo escribir canciones dignas de un José Alfredo, algún bolero y muchos tangos.
Había hombres que eran como un imán, atraían todo de mí con un pestañeo; me vertía en un segundo ante sus palabras; entonces dejaban de tener interés por mí; así de sencillo supe que el mito de “recházalos y los tendrás comiendo de tu mano” no era sólo un remedio casero. Supongo que de ahí comienzan los disimulos, aprender a tener paciencia, suspirar con la mirada, coquetear mordiéndose los labios y cualquier artilugio del ritual de los enamorados.
Unas veces conseguía salir con los chicos que me interesaban, pero había códigos indescifrables en ellos; así que, usara el artilugio que usara, también descubrí que “a fuerzas ni los zapatos entran”, que hay hombres que usan antifaz para seducir, pero que en realidad esconden timidez, inseguridad, torpeza y miedo hacia una mujer que les atrae.
Los simulacros de novios que tuve me hicieron un enorme favor con respecto al lenguaje masculino. Muchos intentaban reinventar las historias de sus relaciones pasadas, no les interesaba conocer nuevas formas de adaptarse a una persona sino que exigían que uno lo hiciera a su manera, después de todo para ellos era segura, pues les había funcionado, le temían al riesgo fuera de su zona de confort; otros se mostraban estresados hablando de su pasado amoroso, poseían una enorme ternura, pero su rigidez física no les permitía expresar sus emociones, la mayoría tenia historias difíciles sobre su niñez; aprendí que aunque alguien no te exprese el cariño como tú quieres no significa que no te quieran, todos damos lo que recibimos, muchos podemos traspasar barreras y desarrollar mecanismos para aprender a dar lo que no nos dieron, pero en el caso de los varones es muy difícil si está muy arraigado en su historia familiar; enojarnos, reclamar, chantajear o manipular no funciona.
Entender a la otra persona no es fácil, aun comprendiendo que no todos actúan como esperamos o como nosotros actuaríamos; pero existen hombres que son verdaderamente ecuaciones matemáticas: por más que despejes el área, jamás encuentras un resultado. Es como meter un DVD región cuatro en una I-pod. Crear expectativas en una relación no es malo; de hecho, es algo sano para ir uniendo intereses, afinidades y objetivos personales, pero imaginarte en el altar y hasta con la mascota en la segunda cita, eso ya es obsesión y necesidad. La vez que un chico me invitó al cine poco después de conocernos me preguntó cómo serian nuestros hijos; puse cara de estar en coma y sin decir nada desaparecí de su vida para siempre.
No podemos amar desde la necesidad ni la desesperación. Se dice que los hombres son inaccesibles, que no les gusta el compromiso y que sólo quieren sexo, pero yo no estaría tan segura, hay muchos hombres que quieren una pareja para formar una familia, un proyecto de vida y un futuro juntos; pero cuando lo que uno quiere no es lo que desea el otro hay que establecer límites y ser francos. Aprendí que cuando alguna pareja iba en dirección contraria a la mía o estaba enamorándose más de lo que yo podía sentir tenía que cortar la relación; no es válido quedarte con alguien porque te ama y quizá nadie más lo hará como él, te da todo lo que deseas, hace hasta lo imposible por ti o llena algún vacío.
Sin darme cuenta muchas veces lastimé a los hombres que no quise, los terminaba de una manera que yo consideraba tajante, pero que en realidad fue cruel. Cuando me lastimaban hacía todo un drama y me contaba la historia de víctima en el amor, pero con las despedidas comprendí que debes tener mucho cuidado en cómo terminas con alguien que aún te ama, que debes ser sincero pero no duro ni cruel, que decir no te amo es mejor que dejar una esperanza que no existe; nunca sabes qué tanto puedes herir, hasta dónde puede llegar el daño. Hay hombres que cuando se despiden firman el adiós y jamás regresan, otros aparecen 10 años después sólo para reclamarte lo mucho que los lastimaste. Sin embargo, tampoco debes esperar a nadie en el amor, la vida continúa y muchas veces perdemos la mitad de la vida esperando algo que no existe más que en nuestra memoria y fantasía.
 En aquellas “pretensiones” de relaciones amorosas fallidas aprendí que los lazos emocionales más fuertes con las figuras masculinas, es decir, de quien me enamoraba y de quien no marcaba ciertos senderos no azarosos donde encuentras prototipos muy parecidos a los primeros moldes, cada uno arte-objeto cargado de su muy peculiar firma.
El miedo al compromiso, al rechazo, a la figura materna dominante, infidelidad o cualquier fobia era el común denominador en las relaciones de mi vida, desde el primitivo ”los hombres no lloran”, “mujer joven y viejo maduro=cuerno seguro”, ”conocí primero madre y después novia”, “ya soy un hombre adulto para regalar cartitas o dedicar canciones”, miedo al rechazo, al ridículo, a la soledad y “al qué dirán” son más frecuentes en los hombres hoy día de lo que se podría pensar.
Mientras yo vagaba y me quejaba de Cupido con la vida, mis amigos me llamaban ahogados de borrachos en la madrugada para contarme que sus mujeres les eran infieles, que los habían dejado por otro o que tenían dudas sobre su sexualidad después de excitarse con la imagen de un hombre. En las terapias que abríamos en la facultad encontré hombres que sufrían de anorexia, otros que eran brutalmente golpeados y maltratados verbal y emocionalmente por sus parejas, pero minimizaban o negaban la gravedad de sus problemas; la mayoría no tenía ápice de autoestima por su casi nula economía, belleza física o estrato social, y eran adictos a las depresiones, el aislamiento, los medicamentos, tabaco y otras drogas. Sus valores deformados les impedías acercarse a mujeres “sanas” que los pudieran contener en una relación amorosa igualitaria, cayendo en situaciones marcadas por el sufrimiento, silencio, sacrificio y un inconmensurable dolor. Ninguno terminaba las terapias o asistían de vez en cuando, otros tenían pánico de ser reconocidos o encontrarse con algún conocido; muchos más sólo iban a la primera sesión, se desahogaban y no sabias nunca más de ellos o siquiera su verdadero nombre; una gran parte contaba que asistía por ayudar a “un amigo” y que sólo necesitaba saber si tenían una solución. Pero como no me interesaban amorosamente, no me detuve en esos momentos a mirar lo que también eran los hombres de mi vida, amigos, familiares o pacientes, y ésas también son relaciones amorosas.
Entonces entendí que hay tatuajes que dañan más la piel masculina, que las mujeres tenemos una visión muy débil de la epidermis emocional de los varones, que el machismo y la misoginia se dan en muchas derivaciones, donde somos castradoras ambas partes, y que un tercer amor en mi vida necesitaba de un replanteamiento de los hombres y de sus vidas para no seguir escribiendo fenomenologías del amor eternamente no resueltas.
Así que conocí al tercer amor de mi vida, pero de éste aprendí que ni sabiéndome el manual de fenomenologías amorosas puedo evitar que el amor siga siendo un medicamento milagroso que te da vida aun cuando te mata, que quita la sed del alma, que agudiza la vista del conocimiento, descifra sin pretender el corazón y mueve la conciencia de cualquier fenomenología.

2 thoughts on “Fenomenología del amor

  1. Más que ‘Fenomenología del Amor’, podría llamarse ‘Las Vivencias del Amor’… En una forma amena y divertida, Mariana Molina nos narra, lo que supongo son sus experiencias por los caminos del Amor, y disecciona a aquellos hombres que se han cruzado en su camino, verdaderamente pasé un buen rato con su lectura, imaginándome a Mariana y sus Amores…
    La realidad, es que este tipo de relaciones en muchos sentidos se convierten en tormentosos lugares comunes, no exentos de lo que la propia autora afirma, sobre un “…machismo y la misoginia se dan en muchas derivaciones donde somos castradoras ambas partes…”, ese es para mí el aspecto central del articulo de Mariana, la necesidad de madurar como sociedad, resolviendo los estereotipos culturales que nos atan en las relaciones amorosas, el aprender a entregarse mutuamente sin conflictos y sin reservas…
    Eduardo Martínez Rosas.

  2. La anustia por encontrar el ‘Amor’, es algo que tan solo una mujer puede entender. Las presiones que desde niñas recibimos, por formar una ‘familia’, se inician con los inocentes juegos de muñecas y casitas. Sigue con la presión por encontrar al novio perfecto, que se convierta en el marido perfecto, el padre perfecto, el etcétera perfecto. Y para ello tu tendrás que ser la mujer perfecta, la esposa perfecta, la amante perfecta, la madre perfecta.
    Pero resulta que no somos perfectos, y esa búsqueda de los estereotipados papeles que nos asigna una estereotipada y muy imperfecta sociedad, usualmente termina en fracaso, en el fracaso cotidiano de nuestra vida.
    Ese romance perfecto, entre seres imperfectos, siempre terminara cargado de frustraciones y dolor. Pero lo mas grave, es la presión que sobre nosotras las mujeres se ejerce, para que tengamos novio, para que nos casemos, para tener hijos, todo de acuerdo a lo que la sociedad y la familia exija… Es terrible…
    Tan solo una mujer puede entenderlo, y no todas…
    Gracias Mariama, por demostrar que no estoy sola, y darme cuenta que por ahí hay alguien que piensa con coherencia.
    Sandra Luz Hernández.

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