Hedy Lamarr: mucho más que una cara bonita

POR Jonathan Laxamana
 Considerada alguna vez la mujer más bella del mundo, esta actriz también fue una brillante inventora, conocido como “sistema de comunicación secreta”, el cual fue donado a las fuerzas aliadas
Hedy Lamarr alguna una vez fue considerada “la mujer más bella del mundo”. La legendaria actriz apareció en más de 30 películas junto a artistas de renombre como Spencer Tracy, Judy Garland, Lana Turner, y otras decenas de personalidades célebres de los días de gloria de Hollywood. Al momento de su muerte, el 19 de enero de 2000, era más recordada como la clásica sirena del cine.

Pero fueron muy pocos los que supieron que Lamarr fue también una brillante inventora, cuya herencia tecnológica mantiene su impacto hasta el día de hoy. En 1942 Lamarr y el compositor de música avant-garde George Antheil recibieron la patente de un dispositivo conocido como “sistema de comunicación secreta”, el cual fue donado a los esfuerzos a los aliados. En ese momento nadie podía prever que ese invento sería tan importante que sus efectos transformarían el panorama tecnológico del mundo hasta bien entrado el siglo XXI o que las ideas que evolucionaron a partir de los conceptos originales generarían una industria de mil millones de dólares.
La mujer más hermosa del mundo
Hedwig Eva Maria Kiesler (Hedy Lamarr) nació el 9 de noviembre de 1914, en Viena, Austria, hija de Emil y Kiesler Gertrud. Recibió una educación privada y aprendió varios idiomas, entre ellos húngaro, italiano e inglés. Su carrera en ciernes en el cine dio un giro en 1932 cuando protagonizó Ecstasy, una película checoslovaca dirigida por Gustav Machaty. Aunque varios críticos reconocieron el intento artístico del filme, era lo suficientemente crudo para ser condenado por el Papa Pío XI y causar una controversia internacional.
Su nueva fama atrajo la atención de Friedrich Mandl, un traficante de municiones austríaco que la introdujo a una vida de riqueza y lujo. La pareja se casó el 10 de agosto de 1933. Mandl se movía en algunos de los círculos más poderosos de Europa. Era un hombre de negocios sin escrúpulos, conocido por vender armas a una amplia gama de clientes, a menudo violando el Tratado de Versalles. A pesar de su reputación, Mandl era un miembro prominente de la sociedad vienesa, y Lamarr y su marido acogían huéspedes que incluían aristócratas, industriales, artistas y prominentes políticos y militares como Benito Mussolini. Mientras atendía a estos invitados, Lamarr escuchaba muchas conversaciones sobre el estado de la tecnología de armas de última generación.
Desde el comienzo de su matrimonio, Lamarr comprendió que Mandl era un marido celoso y posesivo. Cuando viajaba por negocios, él la dejaba prácticamente bajo arresto domiciliario. Lamarr se convirtió en una presa en la amplia finca de su marido y, si salía de la casa, los espías de Mandl le informaban de cada uno de sus movimientos. Después de cuatro años de prisión, la mujer se cansó del control de su marido, y estaba más preocupada por el oscurecimiento de Austria a causa del ascenso de Hitler al poder. Mientras su marido estaba fuera, Lamarr se disfrazó de sirvienta y escapó a París, para luego viajar a Londres. Allí conoció a Louis B. Mayer, de la MGM, quien más adelante le ofrecería un contrato de siete años. Lamarr había caído en los brazos de Hollywood y del estrellato.
Hedy Lamarr apareció en películas como Argel (1938), Ziegfeld Girl (1941), Tortilla Flat (1942), y Sansón y Dalila (1949). Aunque sus papeles y películas fueron memorables, lo cierto es que Lamarr fue más famosa que las películas que protagonizó. La memoria de Hollywood de su imagen icónica, sensual y su belleza legendaria han sobrevivido a la popularidad de sus contribuciones cinematográficas.
A pesar de su éxito en Hollywood, alguna vez Lamarr señaló: “Cualquier chica puede ser glamorosa. Todo lo que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”. Ella consideraba su belleza una carga, la fuente de todos sus problemas. Lamarr aceptó voluntariamente trabajar con el gobierno de Estados Unidos durante la guerra en el desarrollo de tecnologías y ofreciendo su inteligencia basada en la amplia experiencia adquirida durante su matrimonio con Mandl, aunque se le recomendó vender bonos de guerra para recaudar dinero. Estuvo de acuerdo en hacerlo y ayudó a vender más de 7 millones de dólares en bonos, aunque siempre estaba buscando una oportunidad para contribuir con su capacidad intelectual, que muchas veces fue ignorada. Cuando conoció al compositor George Antheil en el verano de 1940, Lamarr se dio cuenta que la oportunidad que buscaba había llegado.
Chico malo
A pesar de que fue un compositor de formación clásica, George Antheil era apodado “El chico malo de la música” por su estilo de vanguardismo “ultramoderno”. Vivió en París en los años 20, y sus contemporáneos incluyen a Ernest Hemingway, James Joyce y T.S. Eliot.
Su obra, que Antheil describió como “frialdad mecanicista”, fue considerada por algunos como un intento de interpretar la edad moderna, industrial. De hecho, sus composiciones revelan una clara inclinación tecnológica. Su composición más famosa, Le Ballet Mécanique, fue presentada por vez primera en 1926 e incorporaba timbres eléctricos, hélices de avión, bocinas de automóviles, y hasta 16 pianolas sincronizadas.
Como compositor, Antheil se adelantó a su tiempo por varias décadas; el advenimiento de las computadoras y más tarde de la música electrónica inspirarían nuevas exploraciones en este rubro. Sin embargo, si Le Ballet Mécanique de Antheil era una obra de arte vista desde la perspectiva de la tecnología, después de conocer a Lamarr la introduciría a la interpretación del artista de la tecnología.
Reunión de genios
Años después de su estancia en París, Antheil se encontraba en Hollywood, componiendo partituras para películas. Fue columnista de la revista Esquire y se consideraba un experto aficionado en la dudosa ciencia de la “criminología endocrina” (incluso escribió un libro sobre el tema). Después de reunirse con Antheil, Lamarr creía que había encontrado a la persona perfecta para ayudarla a dar forma a sus ideas; la admiración era mutua. En su autobiografía, Bad Boy of Music, Antheil atribuye el concepto fundamental de la invención a Lamarr: “En comparación con la mayoría de actrices de Hollywood que conocemos, Hedy es una gigante intelectual”. Sin embargo, la capacidad de Antheil para utilizar la tecnología en nuevos derroteros fue tan vital en su sociedad como lo fue el conocimiento de Lamarr del armamento militar.
Durante su primer matrimonio, Lamarr se enteró de que los alemanes consideraban que la inexactitud de los torpedos era uno de los problemas más acuciantes en la guerra naval. Las fuertes corrientes oceánicas hacían difícil predecir la trayectoria del torpedo, por lo que contemplaron varias soluciones. Un cable desde un barco podía corregir la trayectoria del torpedo, pero en algunos casos el cable tendría que ser de casi un kilómetro de largo. Asimismo, se podía establecer una comunicación por radio entre el buque y el torpedo, pero la señal podía estar sujeta a interferencias de otras transmisiones, o peor aún, la señal podía ser fácilmente rastreada y manipulada.
Si Alemania e Italia codiciaban esa tecnología por descubrir, Lamarr adivinó que para los aliados era aún más vital. En un artículo de 1945 en The Stars and Stripes, Hedy afirmó: “Los aviadores británicos estaban en territorio hostil en cuanto cruzaban el canal, pero los aviadores alemanes estaban sobre territorio amigo la mayor parte del camino a Inglaterra… se me ocurrió la idea de mi invención cuando pensé que debía haber alguna forma para que los británicos equilibraran la balanza. Un torpedo controlado por radio pensé que lo haría”.
Saltos de frecuencia
Lamarr tenía la teoría de que si una señal de radio fuera capaz de pasar de una frecuencia a otra, la señal en su conjunto sería indetectable, y por lo tanto, imposible de obstruirse; y si un enemigo trataba de captar la señal, sólo detectarían pequeños trozos fuera de la secuencia completa. La señal también sería capaz de soportar el ruido aleatorio o de interferencia. Lamarr tenía la respuesta, pero con un problema: ¿cómo hacer que el receptor (el torpedo) utilizara el mismo patrón de “salto de frecuencia” como remitente?
Afortunadamente, Antheil era la elección perfecta para la colaboración. Décadas antes de que los circuitos electrónicos permitieran a las máquinas “recordar” instrucciones específicas, Antheil ya había concebido una técnica que permitía la coincidencia de dos máquinas separadas para su excéntrica sinfonía Le Ballet Mécanique, que sincronizaba 16 pianolas. En la sinfonía, los instrumentos podían tocar una secuencia particular mediante la lectura de patrones idénticos pinchados en un rollo de papel.
Aplicando estos conceptos directamente a la idea de Lamarr, un torpedo radiocontrolado utilizaría un sistema similar para sincronizar una secuencia de saltos de frecuencia con una estación de control de aire con base en un avión volando. La estación de control transmitiría las instrucciones al torpedo, pero en lugar de enviar la señal a través de una sola frecuencia, lo haría con una secuencia aparentemente al azar de las frecuencias cambiantes. Para un observador externo que supervisara una frecuencia única, estas comunicaciones aparecerían como ruido, pero el torpedo estaría equipado para recibir la señal del mismo modelo complejo de los interruptores de frecuencia. Aunque la patente especifica que sólo ocho frecuencias diferentes serían suficientes, el rollo de Antheil adaptaría 88 frecuencias portadoras diferentes, lo que coincide con el número de teclas de un piano.
Después de muchas horas de refinamiento y consulta con un ingeniero eléctrico, Lamarr y Antheil estaban dispuestos a solicitar una patente. En 1942, la Oficina de Patentes de Estados Unidos les otorgó la licencia No. 2.292.387: Sistema de Comunicación Secreto.
La patente
La patente era más que un tratamiento de los conceptos clave; era sorprendentemente detallada y minuciosa. Sin embargo, cuando Lamarr y Antheil pasaron la patente al gobierno, la licencia no se utilizaría, por lo menos no durante la guerra. Ha habido mucha especulación acerca de por qué el invento no fue reconocido. Obviamente, muchos están listos para concluir que un militar se mostró reacio a adoptar una tecnología que había sido desarrollada por un par de celebridades de Hollywood, sobre todo por un símbolo sexual de película. Algunos funcionarios de la Naval explicaron que la invención era demasiado complicada para un torpedo, a pesar de la insistencia de Antheil de que el dispositivo podría ser tan pequeño como un reloj de pulsera. Lamarr y Antheil especulaban que la mención de los cilindros de una pianola en la patente pudo haber herido las posibilidades de que su invención se incorporara a la producción. Si así fuera el caso, habría sido una valoración trágicamente sesgada, ya que las tarjetas perforadas operaban lo mismo maquinaria que pianolas desde el siglo XIX.
Los esquemas elaborados por Antheil detallaban componentes y estructuras de forma específica, así como un prototipo de trabajo que pudo haber sido construido a partir de ellos o por lo menos sobre la base de los diagramas. Sin embargo, el sistema, como había sido concebido en su momento, estaba muy lejos de ser práctico para aplicarse, por lo que no fue visto como una tecnología en la que los militares debieran centrar sus esfuerzos para desarrollarla en tiempos de guerra. Llevar aquel concepto a un uso general no sería posible sino hasta el advenimiento de la electrónica transistorizada. En 1962 un sistema de comunicaciones con una variación electrónica de este diseño fue desarrollado por Sylvania y empleado por los buques navales alineados en bloque durante la crisis de los misiles cubanos.
Por desgracia para Lamarr y Antheil, su patente expiró en 1959; su periodo de 17 años había transcurrido justo unos meses después de la muerte de Antheil. Debido a que la pareja, de buena fe, había donado su diseño para el gobierno y no pidió alguna retribución económica, no buscó una mayor participación en la patente. Si hubieran intentado patentar las modificaciones adicionales al invento, posiblemente habrían extendido el lapso en el que tenían derechos de la tecnología.
Quizá su acto de buena voluntad era ingenuo; buscar la producción comercial pudo incrementar las posibilidades de que su diseño se hubiera desarrollado. Pero más que nada, Lamarr y Antheil habían quedado a la cabeza en una tendencia creciente en el desarrollo tecnológico. La invención ya no ocurría en talleres individuales, los días de Thomas Alva Edison, Alexander Graham Bell y los hermanos Wright habían quedado atrás. De hecho, el éxito de Edison es a menudo atribuido a su habilidad en los negocios y a su capacidad para operar en el mundo comercial, aunque también a su genio.
La invención se había convertido en dominio de las grandes jerarquías comerciales o institucionales, como lo demuestra el desarrollo de la energía atómica, la aviación, la industria automotriz y muchos otros campos. El desarrollo tecnológico dentro del ejército hacía mucho que había evolucionado hasta convertirse en una vasta estructura burocrática en la que las voces individuales de Lamarr y Antheil se perdieron fácilmente. Su filosofía fue la del de patriotismo y la filantropía; irónicamente, si su motivación hubiera sido empresarial, su invento pudo haber visto la luz del día tal vez a tiempo para ayudar en la guerra a la que habían buscado aportar de manera ferviente.
Sin embargo, su diseño es reconocido como la “patente genérica”, y desde ese primer desarrollo muchas otras tecnologías emergieron. El diseño de Lamarr y Antheil más adelante sería visto como la primera instancia de las comunicaciones de espectro amplio: la “dispersión” de una señal de radio a través de un gran ancho de banda con el fin de evitar la detección y bloqueo. En consecuencia, las nociones originales de Lamarr y Antheil se han vuelto tan importantes que incluso hoy los efectos sorprendentes de su tecnología aún no se han completado plenamente.
El espectro ensanchado
En 1997, más de medio siglo después de la patente original, la comunidad tecnológica finalmente se puso al día con Lamarr y Antheil. La Fundación Electrónica Frontier, una organización en línea especializada en derechos y privacidad, honró al par con el premio Pioneer, un galardón que reconoce a las personas por su labor en “expandir el conocimiento, la libertad, la eficiencia y la utilidad”. También en 1997 la tecnología estaba comenzando a ganar impulso. Fue un ex galardonado, David Hughes, quien recomendó a Lamarr y a Antheil para el premio. En su carta de nominación, Hughes expresó su asombro de que Lamarr, “sin operar en un centro de investigación o en alguna universidad, comprenda y articule las nuevas ideas técnicas subyacentes del espectro ensanchado”, y señaló que aun en 1997 muy pocas personas comprendían el espectro de difusión.
Cuando Lamarr murió de causas naturales en su casa en Orlando, Florida, muchos reflexionaron sobre su belleza impactante, su encanto y personalidad, así como en su presencia seductora en la pantalla de plata. Pero pocos recordaron su contribución al mundo de la tecnología. A pesar de que fue idolatrada como “la mujer más bella del mundo”, ella habría cambiado sin chistar su parafernalia de estrella de Hollywood por el papel que jugó en la vida real: inventora genial.
Tomado de: Britannica.com.
Traducción y edición: José Luis Durán King.