Instrucciones para una erótica carta

POR Óscar Garduño Nájera
 Una carta erótica lo podrá llevar a esa fama que siempre anheló, pues hoy en día nada perturba más que lo dicho con todas sus sílabas


¿Cartas de puño y letra hoy en día? ¿Alguien se acuerda de ellas más allá de su espíritu enamoradizo colegial? Velozmente una mano hace actos de aparición por cualquier bolsillo para volver con una hoja de papel cuidadosamente doblada. Luego la bronca era dejarla, tras su lectura, igual; y si la caligrafía era mortalmente incomprensible, nos dábamos a la tarea de interpretar atrás del texto, y quizás este fue uno de los principios de la hermenéutica aún no reconocido por sesudos analistas, pero sí por los practicantes epistolares.

Los demás dirán que usted es el rey coronado de los anacrónicos y que su manifestación, y necedad, consiste en redactar cartas ahora que hasta los mensajes de texto de los celulares son mejor remedio para expresar lo que se desea (si es que se puede expresar). No se preocupe: la tecnología ganará el maratón sin gota de sudor y pronto ellos también se verán en las mismas filas, mientras empujan con una luminosa flechita un letrero que dice enviar sobre una pantalla cada vez más pequeña.
Una vez que usted haga memoria entre sus trapos viejos y recuerde lo que es una carta, comprenderá, también, que hay de cartas a cartas, y que son muchos hombres los que se emocionan con una hoja pegada con un imán en el refrigerador cuando lo que les han dejado es la lista de compras del mercado, o lo que es peor, la lista de las cuentas por pagar. Tampoco se engañe: una carta estará dirigida siempre a usted, o a cualquiera de sus apodos, de tal suerte que si no lo siente así, lo más seguro es que todas esas palabras no le importen; haga caso omiso a la carta y cerciórese de que el amante en turno al menos tenga buena ortografía.
Si ya está manos a la obra con el género epistolar, recuerde usted que una carta erótica lo podrá llevar a esa fama que siempre anheló, pues hoy en día nada perturba más que lo dicho con todas sus sílabas, y si le leen “piernas, nalgas, húmedos sexos y cosquilleos en el trapecio del cuello”, seguramente lo tomarán a usted por pervertido, famoso, sí, pero pervertido.
Como una buena pieza musical (ahora escucho Blind Man, Blind Man de Herbie Hancock), comience por describir un pasaje lento, de suaves cadencias, y recuerde esos momentos previos al contacto sexual. Aquí caben esas pulsadas previas a una generosa erección, o si lo prefiere, los tumbos en el corazón y en el estómago minutos antes del anhelado encuentro.
Una aclaración: ya lo dijo don Renato Leduc, sucede que entre nosotros llegamos a confundir las sensaciones meramente amorosas (e incluso hasta cursis) con las meramente sexuales, y si usted consigue meterlas en distintos cajones tendrá un pasito más adelante para encontrar inspiración a la hora de escribir. No se preocupe: llegará el momento en que las dos sensaciones caminen de la mano; no obstante, lo anterior no es recomendable a la hora de escribir su tan anhelada carta erótica.
Preciso es imitar a los maestros, por supuesto, pues desde Aristóteles hasta Stevenson, muchos son los autores que confían en la mímesis poética. Eso sí: tenga cuidado a la hora de elegirlos, pues nunca será lo mismo gozar con la lectura de las cartas eróticas entre Henry Miller y Anaïs Nin, que con los tarros llenos de miel entre Juan Rulfo y su adorada Clara, Clarita. Si usted se decide por Jaime Sabines en lugar de Publio Ovidio o Tomás Segovia, considérese no apto para el género epistolar erótico, pero sí bastante útil para ir repitiendo por ahí versos mal memorizados de los choteados amorosos en reuniones familiares, frente a los invitados, ya medio borrachos, o ante la mirada impávida de la novia o esposa, quien seguramente lo verá a usted como habitante de otro planeta (y usted presumirá que es el planeta de la poesía).
Vaya por el cuerpo con libertad y no se censure ante las sorpresas. Si hace referencia al semen, dígalo con todas sus letras y ahórrese metáforas o comparaciones, que en la mayoría de los casos resultan por demás ridículas y asquerosas; si va por los pezones, haga lo mismo, pues le aseguro que ella o él necesitarán un traductor en cuanto usted se refiera a la dureza de “las manzanas en ese árbol marchito”.
Vamos a la parte de lo que usted desea y no lo dice por esa timidez que bien se encargaron de inculcarle en la escuela. Entienda que una carta erótica crea un vínculo demasiado íntimo entre usted y su pareja, y que por lo mismo nada podrá ser calificado de prohibido. También puede pensar usted en lo que dirán los demás de sus palabras y solicitar a quien la reciba que corra a las puertas de cualquier editorial famosa (si es que queda alguna) para dar a conocer al mundo entero su caudal de obscenidades.
Otro buen recurso es el de ver previamente, quizás bolígrafo en mano, cualquier película pornográfica y suponer que en esos momentos usted es algo así como el guionista. Describa escena por escena y recurra a la segunda persona del singular; posteriormente sustituya el pronombre personal por el nombre o apodo de su pareja y ya está: su pareja quedará admirada no sólo de su candente prosa, sino de su recién iniciado segundo trabajo.
Déjese de tonterías: no importa aquí la edad y usted es el que se siente al borde del apocalipsis, el que se queja hasta porque cantan los grillos, no los demás, no su pareja, así que no los achaque con sus discursos póstumos y sus epitafios octosilábicos y antes bien escriba una de las mejores cartas eróticas, pues en cuanto lo haga volverá a vibrar algo dentro de usted (quizás eso que ya daba por apagado).
Ahora bien, si usted es incapaz de seguir al pie de la letra estos breves consejos, o reprobó y se quedó con el Clara, Clarita y “los amorosos son los que callan”, siempre podrá recurrir a un seguro servidor, que no dudará en escribir una carta erótica en cuanto conozca a la mujer a la que va dirigida.